El negocio de premiar

Los Gardel, al igual que la mayoría de las distinciones que se entregan dentro del mercado del entretenimiento, ya se refieran a la música, al cine o a la televisión, deben ser interpretados como la opinión de la industria con respecto a los productos que elaboran sus factorías.

Por J.C. Maraddón

Como ya hemos señalado otras veces desde esta columna, la mayoría de las premiaciones que se realizan dentro del marco del negocio del entretenimiento, ya se refieran a la música, al cine o a la televisión, deben ser interpretadas como la opinión de la industria con respecto a los productos que elaboran sus factorías. Confundir estas distinciones con una compulsa sobre los méritos artísticos de aquello que resulta galardonado y hablar de justicia o injusticia en cuanto a estas decisiones, sólo conduce a un laberinto de disquisiciones donde, además, interviene la subjetividad de quienes confrontan sus opiniones, que terminan así alimentando polémicas infructuosas.

Más allá de que la puesta en escena tuvo matices insólitos debido a la pandemia, la ceremonia de entrega de los premios Gardel que se desarrolló online el viernes pasado no ofreció demasiadas sorpresas en cuanto al palmarés, aunque lo visto y oído allí mostró detalles que merecen ser atendidos. Sobre todo, porque el evento es organizado desde el año 1999 por la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (Capif) y por esto mismo resulta representativo de la orientación que pretenden darle a su producción los que son responsables de los lanzamientos discográficos de los artistas argentinos.

Como sucede cada vez que se atraviesa una crisis en el sector (o en el mundo), priman los criterios más conservadores y se va a lo seguro, que generalmente es la promoción de los valores ya consagrados, a través de discos de grandes éxitos o reversiones de sus clásicos. Dentro de esta última variante, “Lebón & Co”, un álbum donde David Lebón recupera sus canciones más conocidas, registradas ahora como duetos, es el mejor ejemplo de ese tipo de obras que no falla en estos tiempos en que es difícil saber a qué aferrarse y, por eso, la inversión más lógica parece ser la de apostar por las figuras indiscutidas.

Que “Lebón & Co” haya cerrado la noche con seis estatuillas en su haber aparece como la confirmación de que las viejas fórmulas siguen dando resultado, aun en este presente en que las nuevas tecnologías se ciernen como una amenaza sobre aquellas estructuras heredadas del mundo analógico. Incluso ha funcionado a la perfección el trabajo del sobresaliente artista cordobés Gabriel Pedernera, quien fue destacado como productor del año por su tarea en el disco de Lebón, donde consiguió que temas de antigua data suenen como si fuesen el resultado de una composición reciente.

Pero, en el devenir de los videos exclusivos que ilustraron la velada, es importante mencionar que el criterio de Capif de eliminar discriminaciones de género no se limitó a dejar de lado las categorías que incluían palabras como “femenina” o “masculino”, cuyo uso ya pecaba de decrépito. También fueron derribados los prejuicios estilísticos que, si bien subsisten en los rubros, desaparecieron en esas arriesgadas apuestas audiovisuales que mezclaban nombres de muy diverso palo y que, en muchos casos, depararon momentos agradables. De esos tramos se extrae la conclusión de que existe una intención explícita de ponerle fichas al crossover.

En uno de esos videos, Los Caligaris y Sol Pereyra tuvieron la chance de reconciliar a la música cordobesa con ese nunca demasiado generoso factor de poder discográfico que el viernes también le dio su respaldo a otros créditos locales como José Luis Aguirre, Eruca Sativa, Zoe Gotusso o Juan Ingaramo, además de Ulises Bueno y La Konga entre los cuarteteros. Y hasta Paco Ferranti, quien pese a su empeño nunca pudo lograr que su banda Proceso a Ricutti obtuviera un reconocimiento pleno de la industria musical a fines de los ochenta, fue objeto de un homenaje post mortem al ser incluido entre los músicos fallecidos en los últimos doce meses. Una ironía emotivamente triste.