A cada chancho le llega su San Martín

Con una semana muy movida, terminaron empujando a todos a un barro en el que no sé sabe muy bien cuál es cada chancho.

Por Javier Boher 

¡Qué semanita, amigo lector! Estuvo más movida que instantánea de fotógrafo con Parkinson. Lo único que nos faltó fue… creo que nada. Estuvo más completa que lomito premium.

Arrancamos la semana con la noticia de que se iba Falabella. Después parece que no se va, pero lo ponen en venta. Los oficialistas dicen que las cadenas minoristas están en crisis en todo el mundo. Los opositores, que del único lugar del que se quieren olvidar es de Argentina.

Déjeme decirle que es muy simpático ver cómo se tomaron el asunto los que quieren celebrarle al gobierno hasta cuando cambia una canilla de plástico. La primera fue la clásica “ahí compran los chetos”, tuiteado desde un iPhone que cuesta como seis meses de salario mínimo. Si el cheto va a Falabella es para comprar un regalo, no para vestirse, maestro.

La segunda, que es una empresa chilena y los chilenos son traidores por Malvinas. Después te piden solidaridad con el pueblo originario de vaya a saber dónde o te dicen que sos blanco, eurocéntrico y hegemónico porque te olvidaste el linaje tribal de un usurpador de tierras de la Patagonia. Increíble.

El martes llegó el turno de Fernández, le machirule (porque el progresismo le maquilla lo machista). Mientras relanzaba el ahora 12 se le ocurrió decir que las mujeres pueden cuotear la peluquería. No es un estereotipo, nada que ver.

Además es como si en el universo fernandista los hombres no fueran a la peluquería, aunque hasta Rodríguez Careta debe ir a que le poden los pelos de la nariz y las orejas, como a todo buen pelado.

Le soy sincero, estimado: ¿cómo puede ser que haya que endeudarse para cortarse el pelo? Si es así, la mano está más dura que el Congreso en sesión trasnoche. Pensar que lo mataban a Miauri porque el gas dejó de ser bimestral. ¡Qué tiempos aquellos!.

El miércoles, como para arreglar esa metida de pata, largaron el súper cepo al dólar. A esta altura ya le han metido más trabas que al Diego en el mundial del 90, como para que no se dispare. Eso sí, el gordo siempre se las rebuscaba para escaparse lo mismo, O’Higgins.

El que quedó más golpeado que Maradona después de una noche con Coppola fue el Chapito Guzmán, que pasó de ser el héroe por arreglar una prórroga de deuda a quedar como el chico de los mandados por haber puesto la cara para desmentir lo que pasó de todos modos. Es como el personaje de Jim Carrey en “Las locuras de Dick y Jame”.

Todo eso del dólar es algo muy loco. Cómo estará de débil Argentina que por comprar 200 dólares es como si estuviésemos complotándonos para favorecer una invasión extranjera. Ves Netflix, escuchas Spotify y alguna cosita más y sos casi un traidor a la patria al servicio de la CIA. Qué decadencia, por dios.

Mientras todos se pasaron el miércoles debatiendo sobre qué color era el mejor para el helicóptero de Fernández De la Rúa, la viuda del nestornauta no se aguantó y metió la cola. Armó la movida en el Senado como para remover a un par de jueces que la podían complicar.

Le digo, estimado: desde las formalidades, la discusión es muy técnica y el oficialismo tiene más fundamentos para justificar eso que para evitar que vuelvan las clases. Eso sí, hay que estar más susano que Vladimir como para mandarse una jugarreta tan turbia como el agua de Malena Massa. ¿Cómo es el dicho ese que empieza “a confesión de parte…”?.

Remataron el jueves con un allanamiento al expresidente por violar la cuarentena, pedido por los mismos que después la violan sistemáticamente cada vez que pueden. Profundizar la grieta no le dio resultado a Gatricio, ¿por qué habría de funcionarle al Filminas?.

Ay… “El filminas”, qué nostalgia… ¿Se acuerda de aquella época en la que había quince contagios por día y montaba una conferencia de prensa para hacerse el Charles De Gaulle? Ahora hay más positivos que en diálogo de policías y te mandan a avisar como de rebote que se estira la cuarentena, porque igual ya saben que nadie la cumple. Menos pasta de líder que el hijo del técnico.

Le digo, amigo lector, que la cosa no se ve muy bien al frente. Si siguen arrastrando a todo el mundo al barro por cualquier cosa que pase, va a terminar siendo imposible distinguir quién es cada uno. Ojo al piojo: cuando pasa eso, a cualquier chancho le puede llegar su San Martín.