Una manera de salir

Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de Jimi Hendrix y su leyenda parece estar por encima del propio rocanrol, que por estos días atraviesa una crisis existencial, en tanto que el mítico héroe de la guitarra no ha descendido ni un solo peldaño desde su pedestal de ícono.

Por J.C. Maraddón

Cuando el rock se estableció como la música de moda en el hemisferio norte, allá por mediados de los años cincuenta, compartía instrumentación con los géneros de los que había abrevado su influencia. Los pianos, las baterías y los contrabajos tan propios del jazz y el rhythm & blues convivían con las guitarras del folk y el country, en aquellos comienzos rockeros que el género aprovechó para encontrar una identidad sonora, a mitad de camino entre lo negro y lo blanco, que constituyó el gran atractivo para esa generación de jóvenes que precisaba con urgencia un lenguaje propio.

Al ingresar en la década del sesenta, ese ritmo desestructurado y esas letras que invitaban a bailar y divertirse, adquirieron una mayor densidad, sobre todo a instancias de ciertas figuras que, aunque no provenían estrictamente del rocanrol, estaban acopladas plenamente con la cultura rock. Un trovador urbano como Bob Dylan era candidato puesto a ejercer la comandancia de esa rebeldía juvenil a la que vehiculizaba a través de una lírica encendida y una musicalidad disonante. Hasta John Lennon confesó en aquel momento su admiración por este cantante y compositor que se atrevía a profetizar que los tiempos estaban cambiando.

Pero la electricidad que los propios Beatles y los Rolling Stones le imprimían al estilo resultaba tan cautivante que hasta el mismo Dylan resolvió realizar un drástico viraje en su formato creativo y abandonó sus espectáculos en solitario para hacerse acompañar por una banda. Polémica como pocas, esta decisión representó un nuevo norte para un movimiento que abrazaba así ambas vertientes en un solo grito primal: había que abordar cuestiones trascendentes y había que tocar a muy alto volumen, porque de esa combinación surgían los himnos que acompañaban los sueños de una humanidad mejor, que hiciera el amor y no la guerra.

No por casualidad, poco después de que Bob Dylan torciera el rumbo de su carrera, un proverbial guitarrista hizo su ingreso en la escena del rock anglosajón, como líder de una formación alistada como trío, tal cual empezó a ser la costumbre de la época para quienes se inscribían dentro del blues rock. Las cosas estaban que ardían y no podía ser más oportuna la irrupción de Jimi Hendrix, quien no sólo había compuesto una canción llamada “Fire”, sino que además acostumbraba prenderle fuego a su instrumento mientras la interpretaba en vivo, ante el delirio del público.

El mito del héroe de la guitarra se construyó a partir de él, como una especie de gladiador que era capaz de realizar cualquier proeza mediante su arma sonora y que, a través de ella, parecía llevarse todo por delante, de la misma manera que lo hacía Dylan con sus versos incandescentes. Tan poderoso se creyó Hendrix en esa pose valiente, que no midió las consecuencias de los excesos y se inmoló como una víctima sacrificial en el altar de ese género que había nacido bajo los auspicios de un sentimiento de esperanza y que prontamente se vio obligado a lidiar con la tragedia.

Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de ese guitar hero y su leyenda parece estar por encima del propio rocanrol, que por estos días atraviesa una crisis existencial, en tanto que Hendrix no ha descendido ni un solo peldaño desde su pedestal de ícono. No en vano en su disco “Electric Ladyland” de 1968 grabó una versión de “All Along The Watchtower”, un tema de Bob Dylan que empieza diciendo: “Debe haber alguna forma de salir de aquí”. Aferrado a su guitarra y mirando al cielo, Jimi Hendrix representa, más que nunca, el estereotipo de un tiempo que (dicen) fue hermoso.