Tres viajes guiados por el conocimiento (Tercera Parte)

Mediatizados por un artículo de 1915, que reseñó las páginas dedicadas a Córdoba por tres viajeros ilustrados a mediados del siglo XIX, cerramos la serie refiriendo el paso de Hermann Burmeister por nuestra ciudad.

Por Víctor Ramés
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Ilustración de Adolf Methfessel tomada de un libro de H. Burmeister, 1880

El autor de la reseña que estamos leyendo, con sus iniciales V. D. (el fisiólogo italiano Virgilio Ducceschi), nos guía por su último tramo, que refiere las esmeradas anotaciones de Hermann Burmeister durante su estadía en Córdoba en el año 1859

Como es sabido, el prusiano Hermann Burmeister se reinventó a sí mismo como un científico argentino, cuando llegó al país con 55 años de edad y una carrera brillante detrás como paleontólogo y zoólogo. Fue tal vez el más importante de los científicos que se radicaron en la Argentina en los años de Mitre y Sarmiento. Burmeister permaneció aquí, realizó y publicó unos trescientos trabajos especializados de gran interés y murió en Buenos Aires en 1892.

Esto recoge en su reseña V. D. del libro de Burmeister Viaje por los estados del Plata, iniciando su lectura:
“Hermann Burmeister partió de Santa Fe e1 12 de junio de 1859, y utilizando un servicio de mensajerías (que tenía 4 salidas mensuales), llegó a Córdoba el día 20 del mismo mes al anochecer, por el camino de Rio Segundo; la aparición repentina de la ciudad con sus cúpulas y campanarios desde la altura de las barrancas, constituyó para el viajero un panorama sorprendente, atenuándose al atravesar el barrio de las rancherías, que entonces como hoy constituyen un marco para la urbe, que ciertamente no sobresale por su magnificencia. Pero esta última impresión fue a su vez pronto borrada por la entrada clamorosa de la mensajería en la calle ancha, entrada que Burmeister bosqueja pintorescamente como triunfal, en largo galope, entre nubes de tierra y con acompañamiento de toques de clarín, de latigazos y de los gritos de alegría de los vecinos.”

Dando el marco a la ciudad que visitaba Burmeister, comenta V. D. que en esa época “contaba la Provincia con I37.000 habitantes y la ciudad y los alrededores, con 40.000 habitantes, ocupando esta ultima una extensión de once a doce cuadras de Este a Oeste, y catorce o quince cuadras de Norte a Sud”.

El reseñista se siente inspirado por la descripción que ofrece el naturalista prusiano de la catedral de Córdoba, a la que considera la iglesia más importante de las que conoce en todo el país, y pese a ser más chica que las de Montevideo y Buenos Aires, es “superior por la originalidad y elegancia de construcción”. La observación y descripción de Burmeister del principal templo cordobés no está hecha de paso, sino que le dedica un estudio prolijo, que V.D. halla sorprendente en un naturalista. En el siguiente pasaje se dejan oír las palabras de Burmeister:

Sobre las torres hay ocho elegantes tambores, que sostienen una esbelta linterna. Detrás del cuerpo central del frente se levanta el tambor de la nave media de la iglesia, que sube hasta la altura de las torres y está coronada por una arcada que termina con una decoración en forma de palmera. Dominando el conjunto aparece la cúpula central, elevada, de aspecto imponente, acompañada en cada ángulo por una pequeña torre octogonal, que termina con una diminuta cúpula redonda. La cúpula principal posee 16 costillas sobresalientes, decoradas, y su linterna está circundada por una corona de arcos; a la linterna la remata una bóveda chata, en forma de campana, cuya extremidad termina con una gran insignia de fierro que representa la Pasión. Los ocho robustos pilares que sostienen las linternas poseen una elegante corona. La decoración arquitectónica del interior es muy sencilla, pero lo mismo de muy buen gusto, con marcos y rosetas en las bóvedas, bien concebida en sus proporciones y llena de sentimiento artístico. El conjunto de la obra constituye una unidad admirable que se corresponde en todas sus partes y se fusiona en una impresión de armoniosa belleza que repetidas veces he contemplado con íntimo placer.”

Una importancia menor les asigna el sabio germano a las otras iglesias que recorre: la de Santa Catalina, la pequeña capilla de Santa Teresa, San Francisco, La Merced y Santo Domingo. Sí atrajo su admiración la iglesia de los Jesuitas. El científico paró en Córdoba diez días en un hotel próximo a Santa Teresa, y sobre esto comenta el articulista:
“Burmeister se alojaba en la misma cuadra del convento, en un hotel instalado en una propiedad de las hermanas y situado en la esquina de la plaza; este hotel era al mismo tiempo el sitio de reunión de los aficionados al juego. Así observa Burmeister, molestado tal vez por el ruido de los trasnochadores, ‘el infierno tenía su asilo en propiedad santa’. En compensación, en otro lado de la cuadra había un importante colegio con internado para señoritas.”

Dos momentos de los estudiantes cordobeses aporta también el naturalista, de su visita a la iglesia de la Compañía de Jesús:
“El piso alto estaba casi abandonado, con las ventanas y puertas destrozadas y con los vidrios rotos; aquí vio Burmeister en acción la clase de dibujo, que elogia por el buen método y por el provecho de los alumnos. Después del claustro del colegio de San Carlos, pasa Burmeister a describir el segundo, más sencillo, del colegio de Monserrat, que en ese entonces se estaba refaccionando. Encontró el claustro lleno de alumnos, muchos de los cuales vio, maravillado, que fumaban.”

Las últimas cucharadas al relato del científico prusiano aportan lindos cuadros.
“El 29 de junio, festividad de San Pedro, asistió Burmeister a la procesión alrededor de la plaza, ornada de altares, ceremonia que él describe pintorescamente: en su pompa solemne, con el gran concurso de beatas, de músicos y la multitud de fieles. Entre los alrededores de Córdoba enumera el autor el paseo Sobremonte, dejando además un boceto de los Altos con sus rancherías y sus interesantes panoramas de la ciudad y de un paseo en el río, que en ese entonces carecía todavía de puentes. Al salir de la ciudad, Burmeister siguió camino de las sierras hasta pasar a la provincia de Tucumán, volviendo después a Catamarca para trasponer la Cordillera por Copacabana y Copiapó, viajando después por Chile y Perú hasta Lima.”