La asombrosa y deprimente vida del Sr. Argentina

¿Y si Argentina fuese un hombre?¿Cómo habría sido su vida?

Por Javier Boher

Hay un conocido texto de Hernán Casciari en el que se pregunta por la edad de los países. Si para saber cuántos años tiene un perro hay que multiplicar por siete, el autor entiende que a la de cada nación hay que dividirla por 14.

Aunque ese número es caprichoso, le ayuda a desarrollar magistralmente su idea. Bajo la misma premisa -la de sostener un hilo convincente y medianamente entretenido- vamos a decretar que la edad de Argentina debe dividirse por tres para entender su desarrollo.

Ya desde el parto lo de Argentina fue complicado. España rompió bolsa en 1810, pero recién dio a luz en 1816. Era algo deforme y bastante raquítico, pero más o menos la bancó. Eso sí, la cabezota en Buenos Aires no la perdió nunca.

Fue una infancia difícil, tanto que pasó por varios estadios emocionales, rozando la esquizofrenia. Recién cuando estaba terminando el jardíncito encontró un primer indicio de orden, sometiendo con la fuerza a la razón. Eran los tiempos de Rosas. La primaria siguió así, con ocasionales brotes que lo retrasaron en sus aprendizajes.

Terminando la primaria, a los 12, se centró un poco. Aunque se debatía en sus adentros, la sanción de la Constitución lo ayudó bastante. Ahora sabía qué quería ser cuando fuera grande: una República representativa y federal.

Recién a los 15, la edad del ciclo orientado de la secundaria, lo encontramos más o menos bien parado. Había callado bastante las voces que le dividían la personalidad, a las que fue domando con una terapia de liberalismo, cortesía de la Generación del ’37. A los 18 terminó la secundaria, justo bajo el mandato de Sarmiento.

A los 21 consiguió trabajo en el campo, abriendo la etapa del modelo agroexportador y organizando plenamente su vida. Pudo ir juntando alguna moneda para llegar a la movilidad y comprarse un tren. También consiguió comprar algo de tierra en la Patagonia y el norte.

Todo andaba bárbaro, pero a los 38 empezó a mostrar que se acercaba la crisis de los 40: golpe a Yrigoyen y arrancamos con los problemas. Cumplidos los 40 entramos en los vicios, creando el Banco Central. Nuestro protagonista no se había entregado aún a los excesos.

Entre los 40 y los 55 volvió la esquizofrenia. Militares, peronistas proscriptos, radicales divididos, inflación, estallidos sociales, torturas y desapariciones. Las voces decían “seamos Estados Unidos” o “seamos Cuba”, “apostemos al campo” o “seamos industrializadas”. Tanto avanzaron las voces que Argentina llegó al borde de la autodestrucción.

A los 55 se hizo religioso: descubrió el credo democrático y lo abrazó con fuerza. Pero eso no le evitó retomar el vicio. A los 57 recayó en emisión e inflación. Subió la pobreza y no bajó más. Después de ese episodio cardíaco le pidieron que suspenda las grasas. Por eso entró a los 60 con la Convertibilidad, cuidándose de no engordar y recortando lo que sobraba. Tanto se cuidó que se pasó para el otro lado. Shock anoréxico a los 61, internación y otro pico de pobreza. Los médicos no podían creer que zafara, aunque quedó bastante bobo.

Después de eso se sintió con otra vida. Vivió, gastó y disfrutó. Se juntó con una señora de la que ya le habían advertido que se cansa por conveniencia. Le llegó la jubilación y redobló la apuesta: en 2011 se casó y empezó a convivir.

Hoy ya tiene 68. Otra vez volvió a los vicios. No controla su vida y nadie sabe muy bien cómo hace para seguir de pie, aunque llegaron algunos sobrinos que dicen que lo van a ayudar a hacerlo. Mientras tanto, le congelaron la jubilación y no le dejan comprar unos dólares para mandarle a los nietos.

Acá la esperanza de vida para los hombres es de 72 años. Convirtiendo ese tiempo de países a tiempos humanos, eso nos daría que en 2032 se le acabaría el recorrido. Son solo doce años. Tres elecciones presidenciales más y al cajón. Como decía mí tío para los que habían vivido así su vida: “ese fútbol está muy pateado”.