Tres viajes guiados por el conocimiento (Segunda Parte)

La nota recoge datos de segunda mano sobre tres viajeros europeos que exploraron Córdoba hace más de un siglo y medio. La información nos la provee un relato intermedio: una reseña publicada en 1915 en la Revista de la Universidad.

Por Víctor Ramés
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Ilustración tomada del libro de Johann J. von Tchsudi: La posta de Los Pozos, 1860.

Al proseguir revisando la reseña que apareció en la Revista de la Universidad Nacional de Córdoba en 1915, firmada con las iniciales “V. D.”-que hemos atribuido al profesor de Psicología Experimental, Virgilio Ducceschi- retomamos las referencias sobre tres viajeros europeos que, dotados de un sólido conocimiento científico, realizaron exploraciones y descripciones de Córdoba entre 1857 y 1859.

El reseñista enumera, para empezar, algunos elementos de interés que se pueden encontrar en los tomos del libro de Martin de Moussy, Descripción Geográfica y Estadística de la Confederación Argentina. Apunta:

Alrededor de treinta páginas del último tomo (Cap. VI) están dedicadas a la ciudad y provincia de Córdoba, cuya descripción da nuestro autor en la forma ordenada y metódica que es habitual en él. (…) Quien deseara conocer el estado de la provincia de Córdoba en esta época (1852), encuentra en el libro de de Moussy un acopio verdaderamente abundante de datos.”

Asimismo, el profesor universitario se interesa por la información que da de Moussy sobre el Colegio Monserrat, unos sesenta años antes:
“En el capítulo dedicado a la instrucción pública -indica V. D.- se detiene el autor sobre el colegio de Monserrat, refiriendo varias noticias sacadas de una memoria del doctor Eusebio Bedoya al gobierno nacional, de la cual se deduce, entre otros datos, que sus rentas consistían, en esa época; en una estancia de catorce leguas conteniendo mil cabezas de ganado, unas 120 hectáreas de campo alfalfado bajo riego, dos molinos y algunas casas, más propiedades en la ciudad por el valor de 20 000 pesos fuertes, crédito en la Municipalidad por 25.000 pesos, y el valor correspondiente a setenta becas del gobierno nacional.

Y concluye comentando el estilo de Moussy, así como la evocación de un vergel perdido:
“La descripción de la ciudad, breve reseña de los edificios importantes, con noticias sobre el origen y la marcha de las principales instituciones, no contiene impresiones personales artísticas o sociales como las que se encuentran en las relaciones de viaje que analizaremos luego. Un aspecto de la ciudad, hoy perdido y que impresionó gratamente a de Moussy, fue el de la zona de las quintas adyacentes al paseo Sobremonte, que empezaba en la orilla de la Cañada. La población de la capital se estimaba en ese entonces en 30.000 almas.”

A continuación, el autor de la reseña pasa a considerar la mirada del médico y naturalista suizo, barón Johann Jakob von Tschudi, quien exploró entre 1858 y 1845 el Perú; y desde 1857 hasta 1859 visitó el Brasil, los Estados del Plata, Chile y Bolivia. Sus trayectos constan en el libro en varios tomos Viajes a través de la América del Sud, publicado en Leipzig entre 1866 y 1869.

Esto cita nuestro Virgilio Ducceschi de la obra de von Tschudi:
“Después de anotar algunos datos sobre la posición topográfica y la fundación de la ciudad, consigna desde luego la impresión de que encuentra Córdoba superior a las demás capitales de provincia por sus importantes edificios. Su atención se vuelve en seguida a la catedral, que declara la iglesia más interesante artísticamente del lado este de Sud América. El padre Primoli, que la levantó, dio también los planos del colegio de San Carlos y bajo su dirección se construyeron las iglesias de San Francisco y La Merced de Buenos Aires y otras menores de los Estados del Plata. De la Catedral nos da von Tschudi una descripción bastante detallada -advierte V. D.-pero no tan completa y técnica como la que referiremos de Burmeister.”

En el párrafo siguiente señala la versión que von Tschudi componía a base de datos obtenidos, entre otros de Sarmiento, sobre el carácter de la mentalidad cordobesa:
“Durante la dominación española, Córdoba fue, según el autor, Ia Atenas de Sud América, con un marcado tinte teológico; la ciudad, como otras similares de Europa, tuvo un carácter universitario, de cultura y espiritualidad, que se reflejaba en la existencia de todos sus habitantes. Cita a este propósito von Tschudi varios pasajes de las obras de Sarmiento, que pintan el misticismo intelectual de la antigua Córdoba, circundada de la barbarie aborigen y aislada del mundo por la inmensidad de la pampa despoblada.”

Y cita también V. D., en breves referencias, una sucesión de temas tocados por el sabio suizo sobre su estadía en la ciudad: un rincón verde, las industrias y artesanías, uno que otro detalle pintoresco, apuntes médicos, mención a los diarios:
“Una de las maravillas de la Córdoba de esa época era el Paseo Sobremonte, con su cenador y sus botes de ruedas que transportaban una concurrencia elegante, amenizándose el paseo con música. Se ocupa von Tschudi del comercio y de las industrias de Córdoba; estas últimas las constituían en aquel tiempo, la curtiembre, los tejidos y la cal. Anota el autor el pormenor de que la Municipalidad había dictado en ese entonces una ordenanza, por la cual multaba con 4 pesos a todo gaucho que llevara botas de potro, por el daño que para proveerse de ellas se estaba produciendo en la hacienda. Muy admirado quedó von Tschudi de los tejidos, y especialmente de las alfombras, muy artísticas y de buen gusto, hiladas por las mujeres serranas, alfombras que se vendían hasta por 200 pesos y más. No omite el suizo algunas noticias sobre las condiciones sanitarias de la ciudad; anota el gran número de individuos con cicatrices de viruela, la difusión tomada por la sifilis y la frecuencia de las afecciones cardiacas. Se publicaba en esa época en Córdoba el “Imparcial” cotidiano, y el “Fiel Social” y la “Bandera católica” periódicamente.”

La última cita sobre Jakob Johann von Tschudi lo pinta como un jinete que se alejaba de la Docta:
“De Córdoba se dirigió el autor a Catamarca, recorriendo el trayecto a caballo con un arriero. Se necesitaba en ese tiempo un pasaporte para transitar de una a otra provincia y se pagaba, además, un impuesto de viaje, que era de un real por legua para los coches, y de medio real para los jinetes y las cargas.”