El mérito de la genuflexión

Como parte de su consignismo progre, el presidente cargó contra la idea del mérito, algo esperable en el país en el que los políticos llegan por el tongo y el acomodo.

Por Javier Boher
En la cuarta de sus acepciones, el mérito supone “actuar de tal modo que uno sea merecedor de algo”. Todos suponemos que si actuamos de ciertas maneras socialmente aceptadas vamos a obtener una recompensa por ello. Bajo esa premisa, no es lo mismo esforzarse que no hacerlo.
Pero, siempre hay que saber que estamos en la fallida República Argentina, hogar del corporativismo naturalizado y fría tumba del sentido común. Mis condolencias a aquellos que todavía creen ver algo del país en el que crecieron o de los valores que aprendieron.
Ayer, tras ser recibido por el gobernador de San Juan, Sergio Uñac, el presidente Fernández pronunció su discurso. “Lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligente de los pobres. Y entonces no es el mérito, es darle a todos las mismas oportunidades de crecimiento y desarrollo. Mientras eso no ocurra en la Argentina no podemos estar tranquilos con nuestras conciencias”.
Es difícil no coincidir con aquello de que todos merecen las mismas oportunidades. Para eso, por ejemplo, sirven las escuelas que hoy están cerradas. También sirve el trabajo en blanco, que se sigue achicando mientras más se estira la cuarentena que el mismo presidente ha violado tantas veces (para abrazarse con gobernadores o comer asado con sindicalistas).
Sin embargo, haber tenido más posibilidades no niega aquel postulado del mérito según el cual se recompensa distinto al que más se esfuerza. No puede dar lo mismo esforzarse que no hacerlo. Quizás por eso el país está como está.
No hay dudas de que los hijos de los ricos tienen más posibilidades. Sería absurdo negarlo. Néstor Kirchner, nieto de un comerciante rico y usurero, llegó a presidente. Pero también lo hizo su viuda, hija de un colectivero y una mamá luchona. El ex presidente Macri es máximo exponente de los sectores privilegiados, aunque el actual presidente -que se jacta de ser hijo de un juez- no pasó mayores necesidades durante su vida. Quizás antes de la presidencia puede haber estado en un mal momento, ya que vivía de prestado en Puerto Madero. Pobre hombre.
¿Qué mensaje es ese de que no será el mérito lo que garantice el éxito? ¿Cómo se motiva a la sociedad para que trabaje o estudie?. “No te gastes, siempre vas a ser pobre”. Ni la derecha que reivindica la patria, familia y propiedad es capaz de decir algo de un conservadurismo tan rancio. Capaz es por ser abogado hijo de un juez, típico producto de las ridículas charlas de tribunales, donde más se esfuerzan por matar el mérito y premiar el tongo.
¿Qué será lo que el presidente entiende por mérito? Decididamente, algo muy distinto a lo que es.
El presidente de su bancada de diputados llegó ahí por ser “hijo de”. Su primer trabajo en blanco fue como parlamentario, habiendo pasado largamente las tres décadas de vida. El presidente de su bancada de senadores lleva más de veinte años como legislador. ¿Hizo mérito suficiente como para ocupar ese lugar durante tanto tiempo?.
En el país de la Comunidad Organizada no existe el mérito, porque existe una dirección centralizada. No existen incentivos para progresar, porque solo progresan los del partido. No existen las mismas oportunidades, porque las guardan para ellos. El corporativismo y el estatismo son enemigos del mérito, aunque paradójicamente el Estado sea el único capaz de igualar el punto de partida.
Hace poco me crucé con un amigo que criticaba la idea de meritocracia desde Facebook, porque todo el mundo sabe que a los pobres les cuesta más. No sé si se dará cuenta, pero es bastante coherente: trabaja -y gana fortunas- en EPEC porque su padre trabajaba ahí, no por capacidad.
En este país, hasta la idea de meritocracia se está desvaneciendo. Es lógico: ninguno de los que decide ha hecho grandes méritos para tener el poder que tiene. Salvo que nos quedemos con la segunda acepción del término: “cualidades de una persona que la hacen digna de aprecio o alabanza”. Tal vez la obsecuencia del presidente sea muy apreciada por su vice, que por eso lo premió con tan distinguido puesto: el mérito de la genuflexión.