Certezas que nos hicieron fuertes

En el limbo de la memoria individual y colectiva que remite a un tiempo sin redes sociales ni teléfonos celulares, se escenifican los textos íntimos que conforman “333”, una obra de Jorge Kasparian (también autor de “Luisito”) publicada hace pocas semanas por Rayosan Libros.

Por J.C. Maraddón

Cuando en abril de 1982 sobrevino la Guerra de Malvinas y algunos sospecharon que la información oficial que se brindaba caía en un triunfalismo delirante, la única opción era sintonizar en onda larga la señal de Radio Colonia o en onda corta la BBC, como dice Charly García en “No bombardeen Buenos Aires”. Así de alejada estaba aquella humanidad de la globalización que después fue multiplicando las voces y acortando distancias, hasta desembocar en esta actualidad en la que es mucho más fácil enterarse de los acontecimientos internacionales que de lo que les pasa a los vecinos que viven en la misma cuadra que nosotros.

Inmersos como estamos en esa realidad virtual que ha transformado el mundo en un pañuelo, nos cuesta retrotraernos a aquel tiempo en que los contactos se debían dar cara a cara, porque hasta los teléfonos eran privativos de una elite de usuarios. Peor aún, quienes no habían nacido o eran muy pequeños en esa época y por lo tanto carecen de recuerdos de cuando las computadoras sólo aparecían en las películas de ciencia ficción o se manifestaban de modo material en esas tarjetas que el agenciero perforaba cuando decidíamos poner a prueba nuestra (mala) suerte jugando al Prode.

Unos por haber olvidado y otros por no poder recordar, quizás la mayoría de nosotros estamos hoy en condiciones de leer como si fueran ficción los relatos que narran aventuras verdaderas ambientadas en aquel tiempo en que lo analógico todavía ejercía su monopolio. Porque el solo hecho de imaginar una existencia en la que no sean omnipresentes los teléfonos celulares ni las redes sociales, representa un desafío que nos obliga a ceder ante la fantasía de que todo ese andamiaje tecnológico del que ahora nos valemos alguna vez no fue un servicio esencial ni resultó imprescindible para comunicarse.

En esa dimensión del pasado, el barrio era un continente que daba cobijo y los amigos no compartían fotos sino vivencias cotidianas. Los intercambios no eran remotos porque todo inducía a los encuentros personales; y para saber si alguien estaba o no disponible, había que golpear la puerta o tocar el timbre, en vez de asomarse a su perfil de WhatsApp. Ni mejor ni peor, era un contexto completamente distinto, que propiciaba otro tipo de vínculos y actitudes, cuya visión a lo lejos puede evidenciarlos como más brutales, pero que también, al ser directos, gozaban de una mayor autenticidad.

En ese limbo de la memoria individual y colectiva se escenifican los textos íntimos que conforman “333”, la obra de Jorge Kasparian publicada hace pocas semanas por Rayosan Libros. A la manera de un anecdotario que repasa detalles antológicos de sus años mozos, el autor va desde el “trampero” del club Argentino Peñarol en Argüello hasta la Plaza Próspero Molina del Cosquín Rock 2001, y desde el Tango Bar de la avenida Castro Barros hasta el Vértice Musical de la peatonal 9 de Julio, sin moverse del Aleph de su taller de serigrafía en tela, cuya dirección da título a este volumen.

Las postales de paisajes tan entrañables como irrecuperables, las noches de borracheras cómplices y las amistades de eternidad perenne, desfilan en la entretenida prosa de Kasparian, que ya había acertado con aquellas entrevistas a la galaxia Spinetta compiladas en “Luisito”. Su nuevo título, que se consigue en Rayosan Express (Corrientes 161), en Rayosan (Martín García 333) y en La Librería (Lavalleja 35), también se deja atravesar por la nostalgia, aunque en este caso no por la ausencia del ídolo fallecido, sino por la pérdida de esas certezas que alguna vez nos hicieron fuertes, por muy equivocadas que puedan haber estado.