Un reto a la lógica

Al traducir al indescifrable capricho del flujo de los pensamientos lo que parece ocurrirles a los personajes en la vida real, el director de la película “Pienso en el final”, Charlie Kaufman, aplica otra vez un raro procedimiento que antes ya había puesto en práctica como guionista.

Por J.C. Maraddón

Los desafíos a la fórmula clásica del relato lineal son casi tan antiguos como el propio arte cinematográfico, porque forman parte de la experimentación que se ha realizado dentro de ese medio de expresión desde sus comienzos. Así como la literatura y el teatro probaron diversas maneras de contar una historia que no se remitan a enunciar las cosas tal como sucedieron de principio al fin, también el cine se puso en la misma tarea, sobre todo durante ese periodo que arrancó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las nuevas olas y las vanguardias se atrevieron a faltarle el respeto al canon.

Por esos mismos años, los teóricos del séptimo arte descubrieron algunos de los secretos propios del lenguaje audiovisual, que se había ido construyendo a partir de la extensa filmografía conocida hasta entonces. Y uno de los principales artilugios revelados por esos estudiosos consiste en que el espectador tiende siempre a buscarle el sentido a la mera sucesión de imágenes en movimiento, por más que en apariencia se trate de una combinación absurda de escenas. Ante el caos de lo que pueda estar viendo, hasta el menos prevenido tratará de darle su propia ilación al argumento, de una manera que quizás no coincida con la voluntad del director del filme.

Para ordenar un poco este devaneo interpretativo, se fortaleció la figura del crítico, que era el encargado de sentar los parámetros sobre cómo debía ser leída la obra, para acotar en algo la absoluta subjetividad que esos múltiples significados promovían. Era imposible que no sobreviniera un deslizamiento hacia el dogmatismo que terminó coartando el disfrute de una película, si quien asistía a la proyección no era un avezado conocedor de la teoría cinematográfica, cuando en realidad se supone que toda realización fílmica debería permitir a cualquiera otorgarle una significancia a su antojo.

Como reacción a este esnobismo culturoso, se trazó una línea divisoria entre estos títulos de difícil digestión y el cine pochoclero, que fabrica en serie narraciones simples y directas, sin mayores exigencias para quien se sienta en una butaca con la sola perspectiva de entretenerse. Así, si un largometraje con pretensiones artísticas caía en uno de estos clichés, se lo castigaba por haber hecho concesiones a la industria. Y si un candidato a tanque de taquilla presentaba ciertas dificultades en su asimilación, también corría el riesgo de que le pasaran factura, en este caso por no respetar las reglas de oro hollywoodenses.

La terrible sacudida que sufrió la producción cinematográfica con el aislamiento social, no sólo ha modificado los hábitos de consumo de películas, sino que además ha fomentado una renovación conceptual en cuanto a esas leyes no escritas de lo que se dice “quiere ver la gente”, aunque en realidad quienes lo digitan son los departamentos de marketing. Y por esa brecha, se han colado en el streaming algunas propuestas que distan mucho de encajar en estructuras prestablecidas. Como, por ejemplo, “I’m Thinking of Ending Things” (Pienso en el final), que se cuenta entre los estrenos de septiembre de Netflix y que es una adaptación de Charlie Kaufman del relato de igual nombre de Ian Reid.

Al traducir al indescifrable capricho del flujo de los pensamientos lo que parece ocurrirles a los personajes en la vida real, Kaufman aplica aquí un procedimiento parecido al que puso en práctica como guionista en 1999 en “¿Quieres ser John Malkovich?”, de Spike Jonze, y en 2004 en “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, de Michel Gondry. Y conmina así al espectador a esforzarse para hallar una lógica en algo que no la tiene. El juego puede ser divertido… en tanto el usuario esté dispuesto a tomarse el trabajo de aceptar el reto.