¿Por qué Schiaretti debería haber suscripto la quita a CABA?

La incomprensión roza si no un problema de alfabetización política, al menos de notable falta de información. Porque Córdoba registra números, no señales, del destrato del gobierno nacional al distrito: en un ranking de aportes discrecionales del Tesoro Nacional a las 24 provincias, la administración Schiaretti figura, cómoda, en el puesto vigésimo cuarto en los favores presidenciales.

Por Gabriel Osman

El cierre del anillo de la Circunvalación se ejecutó con recursos propios y créditos que también cancelará la Provincia.

En Córdoba campea, con genuina sorpresa, una pregunta distinta a la que se formula el peronismo en Buenos Aires sobre la abstención de Juan Schiaretti de suscribir la solicitada adhiriendo a la exacción practicada por el presidente Fernández a la ciudad de Buenos Aires. En rigor, la pregunta es exactamente inversa: ¿por qué el gobernador debería haber suscripto la quita a CABA?

En primerísimo lugar, la relación entre el peronismo cordobés y nacional tiene como inmediato precedente, nada menos que electoral, el abstencionismo cordobés en la tenida presidencial cuando Schiaretti concurrió con boleta corta, sin sumar sus votos a la fórmula Fernández-Fernández. Era cuando el hoy presidente y entonces candidato prometía promediar la furia kirchnerista (una palabra paradoja porque El Furia, como le decían a Néstor, fue mucho más negociador que la temperamental Cristina).

En los 10 años de tenaces críticas a Cristina y aun en el que lleva de “neo cristinista”, AF pudo confundir con eficacia al electorado moderado y sumarle los votos que le faltaban para reponer a la ex presidenta en el poder. Pero las dudas ya están despejadas y se sabe que Alberto es Cristina. Córdoba lo dijo de manera clara e institucional: oposición a la estatización de Vicentín y a la reforma judicial, el primero ya abortado y el segundo todavía palpitante.

La incomprensión roza si no un problema de alfabetización política, al menos de notable falta de información. Porque Córdoba registra números, no señales, del destrato del gobierno nacional al distrito: en un ranking de aportes discrecionales del Tesoro Nacional a las 24 provincias, la administración Schiaretti figura, cómoda, en el puesto vigésimo cuarto en los favores presidenciales.

Sin mencionar en extensión cuando, en 2013, la Nación echó nafta sobre una rebelión policial similar a la que protagonizó ahora “la Bonaerense”, pide la Nación que la Provincia suscriba su cuota parte de apoyo a la quita a CABA sin ninguna contraprestación. Tal vez el kirchnerismo, con el lente gran angular con que observa los ’70, suponga como normal la patología del síndrome de Estocolmo.

Pero ni siquiera hace falta repasar la historia reciente. Ahora, en estos días, se acaba de hacer un balance del costo sobre la reposición de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, que le costaron en el primer semestre exacciones por 900 millones de dólares a la economía privada de Córdoba que, en esta reedición, ni siquiera están amortiguadas con el “fondo verde” (distribución entre las provincias y municipios del 10% de esa confiscación), derogado tras la supresión de las retenciones en el gobierno de Macri.

El colmo –no hay que descartarlo- se daría si adjudican al abtencionismo cordobés una postura filo Cambiemos y solidaridad con Rodríguez Larreta. No debería desecharse el perfeccionamiento del reproche en estos términos de este centralismo exacerbado por un poder político originado en los confines patagónicos del país. Porque, adicionalmente, le sería útil para que, en un enriquecimiento del “relato”, adoptara medidas sancionatorias adicionales para Córdoba.

El gobierno provincial tiene bien anotados y refresca el argumento con oportuna frecuencia, que la CABA y el Gran Buenos Aires se llevan casi el 50% de los subsidios al transporte; que Córdoba cruje para financiar su sistema jubilatorio y que los jubilados de CABA son financiados con recursos federales de la Anses; que todos los servicios, incluidos salud y justicia, son atendidos con recursos propios, mientras que el mayor y mejor centro pediátrico del país, el Hospital Garraham de la Capital Federal, es solventado también con fondos nacionales.

No esta administración, Córdoba ha exudado discursos antiportuarios durante 200 años, y ninguna provincia puede disputarse los derechos de autor de estos planteos políticos. Menos “el más federal de los porteños”, como se autodefine Alberto Fernández.

Más aún. Córdoba plantea una discusión debajo de la línea de distribución secundaria de la coparticipación. Apunta al reparto primario, a ese que determina que la Nación se lleve el 60%  de esa masa de recursos, malversados ya con una emisión desenfrenada, que no se distribuye en la escala que fija la Ley de Coparticipación y que sí reparte discrecionalmente la administración central, al igual que lo recaudado por retenciones.

En Buenos Aires algunos se hacen… el bocho, digamos, computando como generosidad macrista la restitución del 15% de la coparticipación que alegremente cedió Angeloz a la Nación, en 1995, para que desde allí compensen el desfasaje de la Caja de Jubilaciones. Lo devolvió Macri tras un fallo de la Corte Suprema que, con oportunismo, firmó horas después del balotaje que en 2015 el ex presidente le ganó a Daniel Scioli.

El cierre del anillo de circunvalación a la Capital provincial se hizo con recursos propios y créditos que ahora debe saldar también la Provincia. Este es otro de los presuntos “favores” de Macri que le imputan a Schiaretti. El ex presidente prometió financiar un tramo del tercer carril del anillo, que nunca canceló, aunque obtuvo renta electoral de esa promesa porque, en su campaña en Córdoba para su fallida reelección, hizo publicidad con la obra que ejecutó la Provincia.

Córdoba tiene comprometidas sus cuentas pero, tras el acuerdo con los bonistas, ha iniciado sus propias negociaciones y enfrentará, tras los acuerdos, una situación de relativa solvencia. Incluso le aumentó los sueldos a la Policía local en simultáneo con el reajuste a la de Buenos Aires cuando la Bonaerense golpeaba a las puertas de Axel Kicillof. Pero estas posturas son observadas desde Puerto Madero como altanería. Tal vez lo sea pero solo comparada con la postura servil del resto de las provincias peronistas.