Las ideas no se matan. Vuelven.

En un aniversario de la muerte de Sarmiento que nos agarra con las escuelas cerradas, hacernos bien en recuperar su legado.

Por Javier Boher
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Como cada 11 de septiembre de cada año, llega otra vez el tiempo de recordar a Domingo Sarmiento, el último prócer. Por supuesto que hubo numerosos líderes políticos desde entonces, pero el sanjuanino fue el último en alcanzar el bronce.

Resistido por la progresía contemporánea, supo ser un faro civilizatorio para el naciente país. Se le debe a Sarmiento el habernos enrolado en el mundo. Aunque los frutos de su esfuerzo se cosecharon años después, sin su simiente todo hubiese sido más difícil.

Como reza el himno en su honor, su mayor distinción en el sentir popular es la que lo considera el padre del aula. Aunque físicamente no alcanzó la inmortalidad, su legado educativo -con la convicción de que todos tienen el derecho a recibir educación pública sin importar su origen social- perdura entre los muros de las escuelas.

Pese a todos los reparos sanitarios, es muy difícil que se entienda la decisión gubernamental de mantener cerrados los edificios escolares, empujando a docentes y alumnos al desigual terreno de la virtualidad.

Si en la escuela los niños aprenden contenidos académicos y normas sociales, también aprenden a compartir, a manejar las frustraciones, a trabajar con otros, a respetar a las autoridades o a armar proyectos de vida a largo plazo. No menos importante, en la escuela los chicos reciben afecto y contención. Reciben un abrazo de una maestra o un maestro que se da cuenta de que algo no anda bien. Reciben el aliento de profesores que reconocen logros. Reciben sonrisas de sus compañeros, pero también sufren sus engaños o el rechazo. En la escuela, en el edificio, compartiendo con otros, nuestros chicos aprenden de la vida.

Ni hablar de aquellos que están en situaciones sociales más desfavorables. En la escuela van a ver si necesita asistencia social. Le van a dar los que quizás sean los únicos platos de comida del día. Les van a conseguir calzado o abrigo, porque los padres no pueden (o no quieren) comprarlos. La escuela, con todas sus deficiencias actuales, e incluso con una porción del 30% en menos privadas, nos iguala.

La negativa de los gremios a volver a trabajar hasta que no esté la vacuna para el coronavirus es incomprensible. La retención de tareas que proponían los docentes municipales -que cobran más del doble de un sueldo por igual tarea en el resto de la educación- para protestar contra la intendencia es de un egoísmo incompatible con la noble labor del maestro. La decisión del gobierno nacional de prolongar la suspensión de la asistencia escolar les da letra a los que declaman amar la educación pública, sin preguntarse por qué queremos para esa educación pública.

El regreso a las aulas debiera ser hoy prioridad para cualquier gobierno, pero a nadie parece importarle mucho. No hay certezas sobre cronogramas no formas. No se sabe cómo se trabajará efectivamente con aquellos que han desertado de la escuela en estos meses. Ningún político parece atar la educación deficiente e incompleta que están recibiendo hoy los niños con el futuro en el que deberán armar un proyecto de vida. Si no hay presente, ¿qué mañana les espera?.

Sarmiento murió en Paraguay, lejos de donde realizó el grueso de su obra. A lo largo de si vida fue periodista, escritor, militar, político, inspector de escuela y sereno en una mina. Marchó al exilio por pensar distinto, pero también recorrió el mundo como diplomático buscando saber cómo pensaban afuera. Pese a todas las vidas que le tocó vivir, para muchos de nosotros Sarmiento sigue siendo solamente un maestro, que nos enseñó el sagrado deber del inconformismo.

Desarrolló su vida en una Argentina anárquica, pero con su obra dejó un país sustancialmente mejor que aquel en el que nació y se crió, por el que peleó y del que lo echaron. Pese a todo, siempre eligió volver.

Desde la inmortalidad de sus ideas, siempre va a volver. Aunque todavía hoy insistan con echarlo.