Gobierno unitario, vicepresidenta muda

La confrontación con Rodríguez Larreta era una de las instrucciones que Cristina Fernández había impartido a Alberto, habida cuenta que la imagen de concordia que transmitía la Casa Rosada favorecía más al hombre del PRO que al propio presidente

Por Pablo Esteban Dávila

Alberto Fernández ha querido evocar, al menos un par de veces, parte del recordado latiguillo de Domingo F. Sarmiento sobre aquello de ser el porteño más federal de todos. Lamentablemente, no se le nota.

La increíble algarada de gran parte de los efectivos de la policía bonaerense dejó en claro cuales son las prioridades del presidente, las que se reducen al Gran Buenos Aires. No le bastó anunciar un multimillonario plan de seguridad para el conurbano sino que, cuando las cosas se pusieron difíciles, le quitó un punto de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires para financiar el aumento de los sueldos de los uniformados de Axel Kicillof.

Este porcentaje -que equivale a más de 30 mil millones de pesos- fue asignado cuatro años atrás por Mauricio Macri para compensar a la ciudad por el traspaso de la Policía Federal, conforme lo dispone la Constitución Nacional. Fernández decidió desandar el camino y otorgárselo a Kicillof sin consultarlo con Horacio Rodríguez Larreta, el actual titular de esos fondos.

El jefe de gobierno porteño no mostró ninguna señal de comprensión. Por el contrario, anunció anoche que recurrirá a la Corte Suprema para reclamar por el atropello. El inicio del pleito lo distanciará del presidente, con quien mantenía una buena relación.

Es motivo de especulación saber si Fernández calibró adecuadamente las consecuencias del asunto y si, aun así, decidió ir para adelante. Aunque sostenga que ya lo había hablado con Larreta, su versión se antoja poco creíble toda vez que el anuncio fue realizado unilateralmente, sin otro preaviso que un “mensaje de texto” (sic) hacia el damnificado unos minutos antes de ser comunicado al país.

Uno de los efectos inmediatos del expolio será el alejamiento del mandamás porteño de la tríada de conducción de la cuarentena. Si algo le agradaba al presidente era mostrarlo a su lado, como una muestra de vocación por el diálogo y el consenso. Ahora deberá arreglárselas en exclusiva con sus científicos y con el devaluado Kicillof.

La confrontación con Rodríguez Larreta era una de las instrucciones que Cristina Fernández había impartido a Alberto, habida cuenta que la imagen de concordia que transmitía la Casa Rosada favorecía más al hombre del PRO que al propio presidente. El reclamo de la bonaerense hizo las veces de catalizador de aquella exigencia.

Lejos está de las intenciones de Cristina ayudar a su vicario con esta movida. Su preocupación consiste en que un eventual fortalecimiento del jefe de gobierno termine obliterando la continuidad del Frente de Todos en el poder y, con ello, su inmunidad política. La expresidenta pretende la completa rehabilitación pública de su figura y esto no sucederá -así lo sostiene- si Juntos por el Cambio reedita la victoria de 2015.

Este sesgo no solo es político, sino también geográfico. Cristina sólo confía en los votos del conurbano para mantener su preeminencia. Le ha delegado a Kicillof la misión de mantenerlos en el redil y preservarla de los distritos pretendidamente reaccionarios, tales como Córdoba, Mendoza o la ciudad de Buenos Aires. Pero el gobernador, por el momento, parece no tener uñas de guitarrero.

El diputado y presidente de la UCR, Alfredo Cornejo, describió el asunto con su característica agudeza. “Axel Kicillof le salió carísimo a la Argentina”, disparó a poco de conocerse la solución para los reclamos policiales. Está en lo cierto. Al gobernador no sólo no le alcanzan los recursos sino que también se encuentra desdibujado, como si el cargo le quedara grande. La sensación se hacía todavía más intensa al percibir que su ministro de Seguridad, Sergio Berni, parecía tener una agenda propia y absolutamente desligada de su jefe, al menos hasta la desautorización sufrida a manos de sus subordinados. Son inconsistencias que deben pagar el resto de los argentinos. Sin embargo, puede que el mendocino se haya quedado corto y que el problema consista en que cuesta muy caro mantener la inocencia de Cristina.

Efectivamente, el costo mayor es profundizar el sesgo unitario del gobierno al único efecto de blindar sus votos más fieles. El presidente gobierna exclusivamente para una porción minúscula del país (en términos de superficie) y cede fondos monumentales a una provincia que nunca parece tener suficiente. El resto de los gobernadores, incluso sus aliados del PJ, deben conformarse con préstamos del Tesoro Nacional, como si sus jurisdicciones fueran de segundo orden y no merecieran ninguna ayuda extraordinaria.

Sin embargo, y a pesar de esta inocultable asimetría, aquellos insisten en apoyar a Alberto. Horas antes del lamento de Rodríguez Larreta, diecinueve mandatarios firmaron una carta abierta (redactada por el gobierno) respaldando “la medida anunciada por el presidente para empezar a corregir los desequilibrios de un país concentrado” y “reducir desigualdades para un Argentina Federal”. En un país cuyo federalismo fiscal se cae a pedazos todos los días -una derivación estructural del histórico desprecio del kirchnerismo por el sistema consagrado por la Constitución- el pronunciamiento parece digno del realismo mágico.

A las previsibles ausencias de los gobernadores de Cambiemos (Mendoza, Corrientes y Jujuy) hubo de sumarse el faltazo de Juan Schiaretti, el único nexo partidario que Fernández podría tener con los votantes más refractarios al gobierno. Con su abstención, el cordobés envió un fuerte mensaje hacia el oficialismo y la opinión pública: que no admitirá discrecionalidades desde el poder central, de la misma manera que el distrito no las toleró cuando sus autoridades tuvieron que vérselas con los atropellos de CFK.

La síntesis de lo sucedido debería mover a preocupación. En apenas dos jornadas el presidente dinamitó su relación con Rodríguez Larreta y, probablemente, con Schiaretti. Ambos eran una coartada para diferenciarse de su vicepresidenta y exhibir sutiles diferencias con lo más duro de su espacio. La escenografía que Alberto pretendía construir alrededor de un estilo superador de las antinomias pasadas se cae inexorablemente. Y todo para salvar a Kicillof, que es lo mismo que preservar a su mentora.

Entretanto, la única que no habla es la propia Cristina. Mientras que el kirchnerismo exigía airadamente a la oposición que se pronunciase en contra de la sublevación de la bonaerense y Santiago Cafiero y Wado de Pedro operaban a los gobernadores para que se manifestaran a favor del despojo financiero consumado contra los porteños, la segunda autoridad de la República optaba por el silencio. Y, según parece, así permanecerá en adelante. Lamentablemente para sus verdaderas intenciones, aquí el que calla otorga: el mensaje -hacia Alberto, hacia todo el mundo- es que el verdadero poder lo tiene ella y que no lo desgastará para auxiliar a nadie.