La pandemia no se baila

Es inevitable que cierta música rítmica, con letras plagadas de invitaciones a aferrarse a la danza y a establecer contactos corporales, suene ahora un tanto desubicada en este panorama de distanciamientos protocolares y de impedimentos legales para cualquier atisbo fiestero.

Por J.C. Maraddón

Salvo raras excepciones, la música de baile siempre ha puesto el foco en el ritmo y se ha desentendido bastante de las letras, que suelen tener un contenido poco menos que pueril, con la sola exigencia de incentivar a la gente a que entre en movimiento. No importa el género del que estemos hablando, esas canciones fiesteras difícilmente cuenten con reflexiones profundas ni arengas comprometidas, porque se entiende que cuando alguien quiere divertirse no desea pensar. Y entonces existe un catálogo infinito de piezas danzantes que comparten este espíritu de frivolidad explícita y relegan para otra oportunidad las inquietudes más intelectuales.

En ese momento de jolgorio, se descuenta que nadie pretende enfrascarse en preocupaciones desmedidas sino, por el contrario, más bien lo que se busca es “olvidar las penas” y entrar en un frenesí que disipe las amarguras y permita que la mente se relaje para que el cuerpo sacuda su modorra. Una regla de oro no escrita de la industria discográfica señala este tipo de premisas, que en general son respetadas por quienes componen e interpretan un repertorio destinado a promover la alegría y a dejar atrás todas las ingratitudes y las vivencias dolorosas que nos depara la vida cotidiana.

Hasta el mes de marzo de este año, esa fórmula funcionó con gran suceso. Y cualquiera que se proponga inventariar cuáles han sido los temas bailables que marcaron su existencia, se encontrará con que muy pocos de ellos dicen algo más allá de lo obvio. Quien fuera contra esa corriente, se arriesgaba a chocar con la común necesidad de dispersión que acucia a aquel que asiste a un club, a una discoteca o a un salón de pueblo en procura de un esparcimiento que, por definición, está reñido con cualquier cosa que le recuerde las obligaciones y responsabilidades con las que debe lidiar todos los días.

Pero claro, desde hace casi seis meses ese tipo de recintos nocturnos están cerrados y, por lo tanto, la música que allí se escuchaba no tiene ya un lugar específico al cual deba animar. No hay bolas de espejos, ni luces estroboscópicas, ni guirnaldas ni globos que enmarquen esas reuniones tan habituales en la antigua normalidad y tan infrecuentes (por no decir prohibidas) en la nueva. Cabe entonces preguntarse qué pasa con el nuevo repertorio de los estilos más rítmicos, que parecen haber perdido la razón de ser al cerrarse los espacios donde eran requeridos.

Podría pensarse que, en razón de la melancolía reinante en medio del aislamiento social, hay un mercado dispuesto a evadirse del dolor mediante la escucha de hits que lo saquen del sopor noticioso impuesto por la pandemia. Y que, por eso mismo, tiene sentido seguir publicando esa clase de composiciones, más allá de que sólo sirvan para levantar el ánimo y apenas puedan ser danzadas en la privacidad del contexto hogareño. Su función sería así evocar un ritual que nos hizo felices y que sigue a la espera de poder volver a energizarnos ni bien la cuarentena finalice.

Pero es inevitable que esas letras plagadas de invitaciones a aferrarse al baile y a establecer contactos corporales, suenen un tanto desubicadas en este panorama de distanciamientos protocolares y de impedimentos para cualquier atisbo fiestero. Tal vez haya llegado el momento en que los artistas inclinados a esta tendencia empiecen a probar con otras rimas en sus líricas, más adecuadas a una realidad que no sabemos hasta cuando extenderá sus rigores. Porque a quienes mejor les ha ido es a los que han hecho volar su imaginación para adaptarse a las reglas vigentes que, entre sus exigencias, imponen también la de no dejarse abatir por las circunstancias.