Dividir a Buenos Aires es vencer al Minotauro

La inestabilidad política de la provincia más grande del país vuelve a poner en el centro de la escena a la división de la PBA, como una nueva federalización para relanzar la nación.

Por Javier Boher
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Cuenta la historia que este país debió pelear unos 70 años para organizarse. Una de las cuestiones más candentes, que llevó a que convivieran dos estados diferentes durante años, fue la federalización de Buenos Aires. Con el puerto -opulento, según el presidente- concentrando recursos, todo proyecto federal se tornaba inviable.
Esta tensión fue la que marcó las primeras décadas de la organización política nacional. Por la determinación política de Nicolás Avellaneda y la pericia militar de Julio Argentino Roca, finalmente las fuerzas nacionales le torcieron el brazo a las de Buenos Aires, logrando así un hito fundamental en el proceso de consolidación de un orden político perdurable.
Por supuesto que aquella empresa no hubiese sido posible sin el apoyo de las provincias, que conformando la Liga de Gobernadores le permitieron a Roca alcanzar la presidencia y desarrollar en la práctica lo que tantos otros habían estado pensando durante tanto tiempo para el beneficio del país. Gran parte de la prosperidad posterior radica en haber doblegado al monstruo que residía en la capital.

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Los sucesos de los últimos días que tienen como protagonistas a los policías de la provincia de Buenos Aires nos arrojan un escenario tan complejo como el de entonces. Un país asolado por los fantasmas de la anarquía y el descontrol es amenazado por fuerzas centrífugas que amenazan con disgregarlo. El orden político nacional está en riesgo, sin mayores incentivos para conservar la unidad.
En ese delicado contexto emerge un viejo proyecto que ya ha atravesado numerosas etapas a lo largo de la historia. Cerca de cumplirse 200 años desde que se planteara por primera vez (bajo la presidencia de Rivadavia), la división de la provincia de Buenos Aires asoma como un objetivo impostergable en el horizonte político argentino.
Con poco alrededor del 11% de la superficie del país, tiene un tercio de su población y el 38% del electorado. Tiene poca menos que el doble de la superficie de Córdoba, pero casi cinco veces su población.
Para peor de males, dos tercios de la población de la provincia residen en el conurbano bonaerense, una franja de menos de 30km que rodea a la capital nacional. En otras palabras, casi un tercio de la población total del país se encuentra a menos de 50km del puerto de Buenos Aires. Tal vez eso explique que sólo 4 de 32 funcionarios de rango ministerial sean del interior del país.
La división de la provincia de Buenos Aires no puede ser entendida como un proyecto que pueda ser definido solamente por la determinación política de la misma provincia. Es difícil pensar que esa decisión pueda ser tomada en solitario por algún gobernador bonaerense y su legislatura. Allí las provincias y quien ocupe la presidencia de la nación tienen mucho para decir.
La división de la provincia de Buenos Aires es necesaria para acercar el control de la política a los ciudadanos, pero también para hacer más justa y equitativa la carga en las cuentas públicas. Aunque la provincia sea la que recibe el grueso de los fondos nacionales, en el volumen de asignaciones per cápita se encuentra muy alejada de otros distritos, reforzando las desigualdades que la han convertido en un lastre para el desarrollo del resto del territorio nacional.
Los gobernadores de provincias como la nuestra deben entender que es condición fundamental para el éxito colectivo un nuevo orden político y un nuevo estatus legal para la Buenos Aires, porque ya hay sobrada evidencia de que la situación es insostenible para el bienestar colectivo.
Ese monstruo inviable (de realidades tan disímiles como el interior rural, despoblado y tranquilo contra un conurbano violento y de desintegración social producto del deterioro de la producción industrial) debe ser vencido por los gobernadores. Así como Teseo luchó contra el minotauro para salvar las vidas de los jóvenes que cada año eran ofrendados en sacrificio al ser mitológico, los gobernadores deben tratar de evitar que el monstruo bonaerense se siga cobrando la vida -y los recursos- de los inocentes del resto del país.