Estado de colapso

Por Javier Boher
La situación de tomas de tierras ha dejado al desnudo los límites de un Estado gigante pero inútil. El sector público se ha convertido en algo así como un enano obeso, que es importante en volumen pero inservible en sus funciones.
El fracaso del Estado en Argentina no puede ser subsanado, tampoco, con la ilusión del mercado, que no podría suplir las carencias estructurales que ha dejado el accionar estatal.
Las decenas de miles de burócratas y políticos que se acumulan en las dependencias públicas han confirmado un sistema críptico, imposible de desentrañar por aquellos que no pertenecen a esa lógica de arreglos y acomodos entre amigos y militantes
Los avances de organizaciones sociales y de codiciosos particulares sobre las tierras públicas y privadas del país dejan a la vista que hay un problema de fondo que nadie quiere resolver.
La falta de acceso a la tierra y a la vivienda tiene que ver no solo con los bajos sueldos de los trabajadores en general, sino también con las mafias y burocracias vinculadas a los registros de propiedad y al papeleo que conlleva hacerse con un lote para edificar un futuro.
En las sierras los lotes con papeles son la excepción. Cada vez más las posesiones se imponen como el medio para que la gente acceda a comprar un terreno. ¿Para qué sirven todas las leyes y regulaciones, si después no existen ante la avasallante necesidad de la gente?. Ciudades dormitorio han multiplicado sus poblaciones dos, tres o cuatro veces en los últimos treinta años, mayormente de manera informal.
La falta de créditos privados obliga al Estado a financiar obras, pero solo para los que están en blanco. El resto de la gente, cada vez en mayor medida, cae en la precariedad de la autoconstrucción o en las prefabricadas en 120 cuotas. Nada tiene planos, ni habilitaciones. Tampoco servicios. Sin embargo, allí van creciendo, todavía sin freno.
Esto se ve en el empleo, donde cada vez más gente elige la informalidad para desempeñar sus tareas. La brecha entre la Argentina legal y la Argentina de lo posible se va ampliando cada vez más. Si alrededor de $50.000 va a ser considerado ganancia, ¿cuál es el incentivo para estar en blanco?. En negro se puede ganar lo mismo, más los beneficios que aporta el Estado de manera desigual.
Este colapso del Estado se ve en la regulación de la cuarentena, que se cayó a pedazos por el exceso de normativas imposibles de decodificar y cumplir. Solo en la atrofiada mente de los rollizos funcionarios políticos puede ser una gran idea el apostar por una solución absolutamente antinatural como lo es el encerrar a la gente durante casi seis meses.
El problema de los que piden más Estado es que no se dan cuenta de que este Estado fracasó en todos los planos posibles. Hace 30 años que la pobreza aumenta, aunque también lo haga el gasto social. Hace treinta años que no existen formas claras de acceso a la vivienda fuera de la dádiva. Hace años que el trabajo en negro aumenta, con las consecuencias negativas para el sistema previsional.
La voluntad regulatoria conspira contra las necesidades de la gente, que encuentra numerosos y poderosos incentivos para incumplir con todos los ordenamientos que se van apilando unos sobre otros.
La gente no va a dejar de vivir porque el Estado decida responder a los caprichos de una clase de gente enamorada de la idea de la socialdemocracia nórdica con una ética latinoamericana que inviabiliza todo. No se debe buscar un orden ideal, sino un orden posible. Porque la gente no va a frenar ante una ley, especialmente cuando es letra muerta en numerosos espacios.