Rascando la olla: control a la importación de libros

La falta de dólares es tan grande que se vuelven a poner barreras al ingreso de libros importados como en tiempos de Guillermo Moreno.

Por Javier Boher
Aunque pueda llegar a ser compleja, algunas cuestiones de la economía son bastante simples. Aunque nuestros cráneos en la materia elijan debatir si la inflación es o no un fenómeno monetario, los comportamientos ante la misma son bastante previsibles.
Cuando una economía es inflacionaria y su moneda se deprecia constantemente, el razonamiento lógico (aunque mayormente instintivo) es el de tratar de proteger los propios ingresos. ¿De qué sirve ahorrar en pesos si el día 30 del mes voy a poder comprar menos que el día 1?.
Ante ese escenario, todos buscan cuidar los pocos pesos que ganan con su trabajo o que reciben con su plan. Desde que se anunció que el que apuesta al dólar, pierde, la gente no conoce más reserva de valor que la moneda extranjera.
Por supuesto que la compra puede ser directa, aunque también puede darse a través del consumo de bienes importados. Si además la divisa está subsidiada con un precio artificialmente regulado, los incentivos para tratar de escapar al dólar son muy superiores a los de permanecer con pesos en la mano. Más vale un dólar en mano que cien pesos volando.
Ante tal escenario, la fuga de divisas es tan grande que se ha tornado en una gran preocupación para la administración nacional. Con la emisión descontrolada (al punto de que se hayan puesto en circulación billetes mal confeccionados o importados desde otras latitudes), una cosecha de trigo que no sería tan buena como lo proyectado y una sequía esperada que amenaza la campaña de siembra estival, los dólares van a ser cada vez más escasos y -por ende- cada vez más codiciados.
A todas las restricciones existentes se les agregan cada vez más trabas para evitar la conversión de pesos inservibles a dólares o bienes perdurables. Ya fue el turno de los autos (incluso los que no son de lujo) y hace tiempo pasa con los bienes tecnológicos. Ahora le tocó el turno al más preciado de los bienes para un intelectual que se precie: los libros.
Como en las delirantes épocas de Guillermo Moreno, el gobierno ha decidido poner una barrera paraarancelaria bajo la excusa de que el gobierno debe buscar posible rastros de plomo en las tintas usadas para imprimir los libros.
En realidad, eso obedece al gran servicio que proveen las páginas extranjeras, que ofrecen productos que algunas veces están por debajo de un tercio del precio local. Los libros no tienen impuestos de importación (¿qué gobierno de científicos le pondría un sobreprecio al material de estudio?), pero también son una fuente de fuga de divisas. Por supuesto que la magnitud de las transferencias es insignificante, lo que deja a la vista a un gobierno que ya se estira con escobillón por abajo de la cama, buscando unas monedas que se le cayeron alguna vez.
Las trabas a la importación de libros hacen resonar aquel “alpargatas, sí; libros, no” del primer peronismo, que los marcó a fuego como adoradores de la incultura y el chauvinismo de que acá lo vamos a hacer mejor.
La decisión gubernamental de limitar la importación de libros desnuda una incapacidad creciente para resolver los problemas de la economía, recurriendo a viejas y perimidas recetas que ya se han probado insuficientes para arreglar el problema. No hace falta irse a amarillos y polvorientos libros de historia para verlo: nada de eso funcionó en el tercer mandato kirchnerista que culminó en 2015.
Quizás los beneficios de los funcionarios del gobierno representen una sangría mayor que la de un libro de 10 o 12 dólares con el que alguien puede disfrutar del placer de la lectura en papel. Pero a la hora de tocarlos ya sabemos que “no es un gasto significativo”.
La decisión es pésima e injustificable por donde se la mire. Se suma a las restricciones absurdas respecto a algunos medicamentos o equipamientos importados, que le mejorarían las condiciones de vida a miles de personas.
Tal vez en la frondosa imaginación de los políticos haya lugar para más tributos o barreras para la fuga de dólares. Siempre la solución estará del lado de lo absurdo y no del buen gobierno.
Mientras tanto, la sangría de dólares continúa, de a 200 dólares mensuales que a alguien le pueden representar un 30% más de consumo. Esos dólares que ayudaron a alguien a mejorar su estándar de vida después terminarán en las arcas de alguna cueva o financiera de las que cada tanto salen en los diarios en lugar de estar en las reservas del BCRA.
Con este tipo de medidas, ya sabemos que “libros, no”. Lo que la mayoría de los funcionarios no quiere decir es que, con este ritmo de fuga de dólares por la desconfianza en su capacidad de gestión, en un futuro no muy lejano vamos a poder agregar que “alpargatas, tampoco”. Y ahí sí, no le habrán sabido rendir honor ni hasta a lo criticable del peronismo.