Insensatez educativa contra la pandemia

Las recientes decisiones en materia educativa dejan en evidencia el rotundo fracaso de la gestión de la pandemia en dicho ámbito.

Por Javier Boher
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Finalmente se formalizó lo que tantos intuían: se unifican los ciclos lectivos 2020 y 2021 para que nadie repita. Para disfrazar el fracaso de su estrategia educativa, se baja la vara para que todo siga como si nada.

Es realmente impresionante. Pensemos en las consecuencias de esta decisión en distritos alejados de la realidad cordobesa, en los que las clases regulares distan de ser lo habitual.

 El primer grado de Chubut para el 2021 va a haber pasado más tiempo en su casa que en el jardín de infantes, por paros y pandemia, pasando de nivel sin que nadie piense si realmente están preparados para ello. Ni hablar de los alumnos que egresan del secundario, que deben encarar su proyecto de vida adulta a partir del año que viene. Nadie parece querer debatir, en serio, sobre las consecuencias de la falta de clases.

La decisión de avanzar con esas medidas es un reflejo del fracaso de las pesadas burocracias que regulan la actividad educativa, que están densamente imbricadas con el sindicalismo, que cada vez vela menos por los intereses de los involucrados en el proceso educativo para defender privilegios y negocios de castas políticas.

Los que reclamaban por el regreso de la paritaria nacional docente y armaban una escuela itinerante para reclamar por la educación hoy rechazan la posibilidad de volver a las aulas y celebran la injerencia del ministerio de educación de la nación en las decisiones que toman las provincias respecto al retorno de las clases presenciales. Aceptan que no haya aumentos o callan cuando las empresas educativas deciden corporativamente no pagar a sus docentes los aumentos acordados. Cínicos e hipócritas, verdaderos responsables de la catástrofe educativa de las últimas décadas.

Las decisiones que se han tomado desde marzo han sido siempre en detrimento de la labor docente, que se ha visto ninguneada por todos los eslabones de la cadena. ¿Cuántos padres y alumnos van a desertar de la escuela virtual, sabiendo que no hay incentivos para permanecer en el sistema? ¿Cuántos padres seguirán pagando las cuotas de las escuelas privadas, sabiendo que las clases no van a volver a ser normales hasta que no haya una vacuna?. Esto último no es un dato menor en una provincia donde alrededor de una de cada cuatro escuelas es privada.

Esta decisión marcará, otra vez, las profundas desigualdades sociales que hay en nuestro país, que parece regocijarse en la mendacidad de sus políticos, en la mediocridad de sus sindicalistas y en la mendicidad de sus ciudadanos.

Mientras hay provincias en las que el acceso a internet en los hogares alcanza a apenas el 30% de la población, otros distritos disponen de conexiones para casi todos su habitantes. Las personas con más recursos económicos pueden pensar en mandar a sus hijos de intercambio a países en los que la normalidad ya esté de vuelta, mientras otros deberán conformarse con ver por la TV pública a maestros escribir con errores de ortografía, hacer mal algunas multiplicaciones simples o traducir el Martín Fierro al inclusivo. Educación para todes, aprendizajes para nadie.

Pensemos por un momento en la remota, revolucionaria e ilegal posibilidad de armar grupos de alumnos que funcionen como escuelas clandestinas, sabiendo que nadie se va a quedar de año. Hagamos una cuenta rápida: en las escuelas sin subvención la cuota ronda los $20.000. Diez adultos que paguen eso pueden pagar dos sueldos docentes, alquiler y servicios para tener a sus hijos ocupados ocho horas, para que luego pasen de año en una escuela que no les cueste plata. Es tan ridículo que no parece imposible.

A esta altura, ya no importan el virus, la pandemia, la cuarentena ni la vacuna. Las consecuencias del accionar del Estado en educación exceden ampliamente lo que no es más que una situación pasajera. Pocos parecen detenerse a pensar en cómo condicionarán estas decisiones presentes el futuro de millones de argentinos que sólo desean volver a la escuela. Si muchas veces los adultos añoramos aquellos años felices que pasamos con nuestros amigos tras los muros del colegio, ¿qué le queda a los que, por su edad, deberían estar viviéndolo ahora?.