Dislates duhaldistas

Los dichos del ex presidente Duhalde han sido repudiados por todos. Sin embargo, son un síntoma de que algo no funciona.

Por Javier Boher
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Tiempos raros propician actitudes raras. Es como si en la locura del encierro, la crisis económica y el desorden social, algunos perdieran los frenos inhibitorios para decir abiertamente lo que piensan. Todos podemos sufrir algún episodio en el que aflojemos la lengua de más, pero claro, no todos tenemos la misma exposición ni la misma responsabilidad.

El lunes a la noche, en diálogo con el periodista Luis Novaresio, el ex presidente Eduardo Duhalde aseguró que el año que viene no habría elecciones, sin sonrojarse ni sentirse incómodo. Planteó que la democracia está en riesgo en los mismos términos que hace 40, 70 o 90 años.

Experimentado en el juego de extorsionar a la democracia, supo llegar a presidente especulando y conspirando contra Fernando De la Rúa, que lo había vencido en las urnas dos años antes. Por supuesto que no estuvo solo. Se valió del internismo radical y del ahogo financiero de los gobernadores, que aprovecharon la debilidad de un presidente incapaz para desempeñar el cargo. Burló la maldición de Rocha llegando a la presidencia por la ventana.

Según la óptica de Duhalde, los militares están otra vez codiciando el poder en toda la región, aunque la realidad indique que sólo en Venezuela y algún otro socio menor son el verdadero factor de poder. Ciertamente influyen en Brasil, Chile o Bolivia, pero no intentaron hacerse con el poder como en el país caribeño.

Afortunadamente no pasó desapercibido. Azuzando fantasmas del pasado, despertó el rechazo casi unánime de todo el espectro político, que parece haber aprendido que -aunque no siempre en democracia se coma, se cure o se eduque- los autoritarismos están lejos de ser la solución.

Ahora bien,¿es tan descabellado pensar en acciones poco democráticas bajo excusas supuestamente democráticas? A fin de cuentas, cinco meses de cuarentena han transcurrido con dos poderes virtualmente parados y varios derechos vapuleados, so pretexto sanitario.

Hace un tiempo cronicábamos sobre las dudas respecto a las elecciones del año que viene por un planteo de la justicia (“¿Cuarentena para las elecciones 2021?” del 26/6/2020). Aunque la organización siga en marcha, vale la pena no perderla de vista.

A eso se suma, además, el historial poco democrático de los que hoy están en el gobierno. El peronismo nació tras el golpe de 1943. Conspiró abiertamente contra el gobierno de Illia en 1966. Dio origen al primer grupo terrorista de derecha, Tacuara, que fue germen para todas las organizaciones guerrilleras de los ’70, pero especialmente Montoneros y el ERP, aunque también dotó de mano de obra a la AAA. El peronismo nos dio la masacre de Ezeiza y el caos político por sus enfrentamientos internos, que generaron las condiciones para el nefasto golpe del 24 de marzo de 1976, poco más de seis meses antes de las elecciones convocadas para octubre de ese año. Cuando en aprietos, siempre supieron jugar una carta de victimización que les pagó bien con el tiempo.

Los dichos de Duhalde son extemporáneos, pero no por eso hay que desecharlos. No hay una amenaza real al sistema democrático, pero se siente el malestar en el aire. No parece tan difícil agitar a las masas en ese sentido, con un Sergio Berni en modo precandidato tácito que juega a ser el hombre de la mano dura en provincia de Buenos Aires (acaso la jugada más brillante y peligrosa de Cristina Fernández de Kirchner).

La sociedad argentina está dividida en una grieta profunda, en la que caen y se pierden todos los intentos de mesura, institucionalismo y republicanismo. Pese a ello, estos últimos son los medios para cortar de cuajo con expresiones como las del ex presidente, que son muy dañinas para una democracia que hace un esfuerzo por consolidarse, aunque algunos -con sus dislates- se resistan a dar el ejemplo.