El último en su tipo

Si algo le faltaba al compact disc para desvanecerse en la niebla del olvido era un aislamiento como el que vivimos, que confina a las personas en sus hogares y que transforma en peligrosa cualquier loca idea de aventurarse a un desplazamiento hasta llegar a la disquería más próxima.

Por J.C. Maraddón

De forma cotidiana, advertimos cómo la pandemia termina de derrumbar áreas de negocios, formatos y soportes que ya venían en picada y que, tras largos meses de cuarentena, empiezan a carecer de fuerza para resistir los embates de la crisis. La necesidad de privilegiar los modos de consumo remotos ha tornado obsoletos algunos hábitos antiguos, que a duras penas se la venían arreglando antes de que se mandara a todo el mundo a quedarse en casa. Así, mientras las tecnologías virtuales se han fortalecido, algunos resabios de la era analógica empiezan a desvanecerse sin que se pueda hacer nada para evitarlo.

Las disquerías, que estaban subsistiendo a duras penas, también entraron en la lista de los comercios que vieron restringida su apertura y que, por más que diseñaron protocolos y nuevas estrategias, tal vez atraviesen una etapa de extinción más temprano que tarde. Reconvertidas algunas, especializadas otras, han caído en un cono de sombras desde que su principal producto, el disco, fue desplazado como objeto físico por una versión en streaming que, una vez afianzada, se convirtió en la favorita de los consumidores, quienes tienen acceso al disfrute gratuito de la música, aunque deban soportar la intromisión de las publicidades.

Algunos formatos, como el long play o el casete, han disfrutado de un regreso en su carácter de objetos de colección, colgados de la moda de lo vintage. SI bien su venta dista mucho de ser masiva, la comercialización que los recupera, ahora más bien como artículos decorativos, ha reimpulsado su vigencia y su valor como resistencia ante la digitalización compulsiva. Entre los defensores de su calidad sonora y los fetichistas que mueren por un vinilo de su intérprete preferido, se impulsó una reactivación de ese mercado que un par de décadas atrás parecía imposible de remontar en este tercer milenio.

Y, por supuesto, a mitad de camino entre lo nuevo y lo viejo, el disco compacto sufrió una debacle estrepitosa de la que hoy no tiene expectativas de retorno. Demasiado moderno para ser una antigüedad y con una existencia real que no se condice con la virtualidad reinante, el CD se aproxima a cumplir cuarenta años desde su aparición, sin que nadie se atreva a apostar por su supervivencia. La década del noventa marcó el apogeo de su reinado, hasta que el tráfico de archivos a través de la web debilitó sus ínfulas y lo sumergió en una decadencia imparable.

Si algo le faltaba al compact disc para desvanecerse en la niebla del olvido era un aislamiento que confinara a las personas en sus hogares y que transformara en peligrosa la idea de aventurarse a un desplazamiento hasta la disquería más próxima. En caso de que quedara alguien que mantuviera en buen estado un dispositivo para la reproducción de ese formato, las dificultades que se presentan hoy para quien quiere adquirir un CD nuevo han puesto a los melómanos a los pies de los servicios de streaming, que en general ofrecen una calidad de sonido que deja que desear, pero que tampoco es demasiado inferior a la del disco compacto.

Habrá que ver si algunos compacts siguen de pie en el paisaje después de la batalla, en el caso de que finalmente la pandemia se disipe y deje paso a la era de los sobrevivientes. Como uno de los últimos eslabones en la cadena de soportes materiales para la música, los CDs se han ganado un espacio en la historia de la evolución de la industria discográfica. Algunos optimistas los conservan a la espera de que le llegue su reivindicación, como sucedió con los vinilos. Sólo el tiempo dirá si han estado en lo cierto.