El capitalismo liberal vacuna al mundo

El Covid-19 tiene fecha de vencimiento. Está a punto de ser derrotado. Y su verdugo será el capitalismo.

Pablo Esteban Dávila

El Covid-19 tiene fecha de vencimiento. Está a punto de ser derrotado. Y su verdugo será el capitalismo.

La humanidad lucha contra las pestes desde que el hombre existe sobre la tierra y, especialmente, desde que, alrededor de cinco milenios antes de Cristo, comenzó a convivir con sus prójimos en ciudades y grandes aglomeraciones urbanas. Antes de los formidables progresos de la ciencia -un alarde del ser humano que no tiene más de 350 años- nuestra especie tenía que resistir los embates de los virus hasta adquirir la denominada inmunidad de rebaño. Pero era un remedio que tenía sus costos: millones de personas debían morir para que otros tantos pudieran sobrevivir.

Esta era una lotería biológica que no respetaba ni cultos, ni riqueza ni clases sociales. Recuerda el brillante filósofo israelí Yuval Noah Harari que la peste negra mató entre 75 y 200 millones de personas, más de la cuarta parte de la población de Eurasia en la edad Media, y que en 1520 la viruela, que había llegado junto con los españoles de Hernán Cortez a México, liquidó en dos meses un tercio de la magnífica ciudad de Tenochtitlan, con 250.000 almas, incluido el emperador Cuitlahuac. Los nobles tenían las mismas chances de sobrevida el más humilde campesino del reino ante la aparición de una plaga. Y aunque, en siglos recientes, las medidas de profilaxis y prevención comenzaron a aplanar las curvas (usando una figura de moda), la mortandad seguía siendo inmensa.

La última gran epidemia que recuerda la humanidad fue la peste española que, en rigor, fue una de origen estadounidense. Se propagó desde comienzos de 1918 en Europa a mediada que las tropas de los Estados Unidos desembarcaban en el frente occidental en el marco de la Primera Guerra Mundial. Se la bautizó de tal manera porque España, que no era beligerante, no censuraba las muertes producidas por esta causa, como sí lo hacía el resto de los países europeos. En total, esta variante de la influenza mató a entre 50 y 100 millones de personas en menos de un año. Por su parte, la Primera Guerra Mundial les costó la vida a 40 millones entre 1914 y 1918

A 100 años exactos de aquella catástrofe sanitaria, el Coronavirus se abatió sobre el mundo inesperadamente a finales de 2019, propagado a velocidades del moderno jet comercial de pasajeros. Se sabe que apareció en Wuhan, China, probablemente por la transmisión de una zoonosis a través de un ejemplar de pangolín y que, desde allí, alcanzó todos los rincones del planeta.

Pero, esta vez, la humanidad estaba preparada. Los epidemiólogos establecieron de inmediato medidas paliativas (tapabocas, distanciamiento social y cuarentenas) para retardar los contagios y los gobiernos volcaron miles de millones de dólares para fortalecer los tratamientos destinados a preservar a los pacientes críticos. Y la estrategia de contención funcionó. A pesar de los 750 mil muertos a la fecha, siempre dejando en claro que toda vida es irreemplazable, puede decirse que el impacto del Covid-19 sobre la población mundial es marginal, al menos desde una perspectiva histórica. Cuando se escriba la memoria y balance de esta calamidad y se la compare con las de la peste negra y otras plagas, podrá convenirse que el Coronavirus fue una amenaza detenida a tiempo y eficazmente.

En forma paralela a la profilaxis desplegada a escala global, la formidable industria farmacéutica y la cultura de la investigación y desarrollo presente en el mundo capitalista se pusieron a trabajar en una solución de fondo para erradicar al intruso mediante una vacuna. Y, a menos de diez meses de identificado el virus, existen por lo menos una decena de proyectos que ya se encuentran en fase de pruebas clínicas en miles de voluntarios alrededor del mundo.

Esto es emocionante. Jamás la humanidad había logrado un portento semejante. Antes habíamos erradicado enfermedades mortales mediante la cooperación internacional y la paciente aplicación de vacunas a lo largo de décadas (la viruela fue declarada extinta oficialmente en 1979) pero ahora lo haremos en poco más de un año y medio contra un patógeno de cuya existencia no había noticias hasta diciembre pasado. Es un producto de la ciencia aplicada que, como se sabe, se siente cómoda en sociedades libres, con grandes incentivos económicos y fuerte respeto a los derechos de propiedad, tanto los reales como los intelectuales.

Porque, debe decirse, las vacunas más próximas a ser comercializadas no provienen de China (que probablemente pueda producirlas, pero sobre cuyo nivel de seguridad nadie dará garantías en lo inmediato), sino de Europa y Estados Unidos. Y no sólo porque sus estándares de investigación, convenientemente potenciados por el afán de lucro, son de los mejores del mundo sino porque, además, sus laboratorios y científicos se encuentran incondicionalmente identificados con las los protocolos y estándares necesarios para certificar un producto que habrá de inocularse a la mayor parte de la población mundial. Esto da garantías sobre que, una vez que se encuentre disponible en el mercado, el remedio no será peor que la enfermedad.

Quizá la prueba más palpable de que el capitalismo se encuentra listo para vacunar al mundo se encuentra en la conferencia de prensa de ayer del presidente Alberto Fernández. Horas después de haber felicitado a Vladimir Putin por el anuncio de la primera vacuna contra el coronavirus (pero de cuya inocuidad nadie se hace cargo fuera de la Federación Rusa), el argentino anunció que se producirá en el país, en un laboratorio privado, la fórmula desarrollada por la universidad de Oxford y el gigante farmacéutico sueco – británico AstraZeneca. Esta es una excelente noticia, aunque su origen se encuentre alejado de las epopeyas emancipadoras del Frente de Todos.

Este es un ejemplo de que el presidente, pese a su subordinación a Cristina Fernández, no come vidrio. Podría, a los efectos de no arriar ninguna bandera, a haber corrido presuroso a Moscú a señar los primeros lotes del fármaco ruso, pero prefirió al producto surgido en entornos políticos que privilegian el mercado y la iniciativa privada, sea esta empresaria o de casas de altos estudios. Una maravilla de pragmatismo justo cuando, en días más, Fernández debe decidir si continúa con una cuarentena de fantasía o apuesta al retorno de la normalidad.

La otra gran noticia que dejó la jornada de ayer fue el costo de la cura que se proyecta: 4 o 5 dólares. Esto es mucho menos que las primeras estimaciones de la estadounidense Moderna, la que había establecido el corte de venta en unos 40 dólares la dosis. Aquí también la competencia funciona: dados los miles de millones de divisas que se volcarán a la adquisición de estas vacunas, ningún laboratorio querrá quedar al margen por pretender tasas de retornos por fuera del mercado. El precio lo fijará quién haya hecho mejor sus cálculos de costos y el que decida ganar mucho dinero con una sutil combinación de precios y solidaridad, un aspecto en el que la sensibilidad internacional se encuentra dispuesta a invertir.

Probablemente a mediados de 2021 podrá advertirse la magnitud de los cambios en marcha. Menos de 12 meses después de decretarse la pandemia, y tras lamentar un millón de muertos -una cifra irrelevante dentro del contexto histórico para este tipo de afecciones- el Covid 19 pasará al distrito de los patólogos. Políticamente surgió en un régimen comunista, que lo ocultó deliberadamente y, al final, terminará erradicado por el capitalismo liberal tantas veces dado por muerto. Toda una lección para el mundo que viene, en el que deberá valorarse, mucho más que antes, las fuerzas creativas del ingenio y la libertad humanas, la auténtica solución de los males que aquejan al hombre.