Peronismo, élite y renovación

El caso de Blas Correas desató una serie de cálculos de los que creen ver fisuras en el relato político del gobierno.

Por Javier Boher
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Gaetano Mosca no es uno más de tantos italianos que se han dedicado a escribir sobre política. Es uno de los pioneros de la ciencia política, aunque condicionado por la histórica tradición realista de sus coterráneos.

Exponente del elitismo clásico, partía del supuesto -compartido con el marxismo- de que una minoría gobernaba sobre una mayoría, imponiendo su voluntad. La diferencia estaba en que -aunque cambiara la élite gobernante- el mecanismo en sí sobreviviría a las transformaciones.

Aunque no hace falta explayarse en detalles sobre la autonomía del Estado y la primacía de la política, sí vamos a echar mano a uno de sus conceptos centrales, la fórmula política. Según él, cada élite legitima su gobierno con un relato que lo sostiene en el ejercicio de la conducción.

Ese conjunto de enunciados, sin embargo, no es eterno. Hay ciertos momentos en los que las fisuras se convierten en grietas, dando lugar a un posterior derrumbe. Sin exagerar los alcances del caso de Blas Correas, no son pocos los que creen ver un agotamiento de la fórmula política que ha mantenido al peronismo en el gobierno de la provincia por más de dos décadas.

Aunque eso exprese más un deseo de renovación por parte de las líneas inferiores de Hacemos por Córdoba y la oposición antiperonista, la realidad indica que podríamos llegar a estar en un punto de inflexión respecto a una fórmula política exitosa.

Con las elecciones de 2023 aún muy lejos, Juan Schiaretti trazó un plan (más o menos visible) para controlar su sucesión, que -de no mediar ninguna chanchada institucional- llegará cuando venza el actual mandato, su segundo consecutivo.

Para enfrentar las elecciones que lo vieron arrasar en mayo del año pasado decidió convocar a todos los sectores del partido, que se unieron tras su liderazgo bajo la premisa de que primero está el movimiento antes que las líneas internas (algo que los radicales nunca aprendieron).

Con todos adentro (formal o informalmente) coordinar la transición podría ser más fácil. Las fórmulas políticas sobreviven en la medida en la que el líder del espacio puede designar a su sucesor. Cuando esto no funciona (caso Cristina-Scioli en 2015) el cambio de élites es un hecho.

Sin embargo, está situación puede ser la excusa perfecta para tensar la cuerda en una interna que todavía está contenida bajo la ilusión de que a todos les va a tocar un lugar (aunque esos mecanismos elitistas que existen en la sociedad se repliquen hacia dentro de las organizaciones sociales más simples).

Aunque suene duro, la mayoría de los políticos sólo entiende del dolor ajeno como dato para hacer cálculos que los ayuden a posicionarse de mejor manera en la carrera por el poder. ¿Cuantos casos hemos visto de gente que ha aprovechado la tragedia ajena para montar sus pequeños emprendimientos politicos?.

Difícilmente esto sea lo que derrumbe el edificio que tan pacientemente ha construido el peronismo a lo largo de estos años, independientemente del dolor y la bronca que pueda destapar en la sociedad y la rendijas que abra para que intenten colarse los que corren con la intención de voltear a la élite gobernante. Porque aunque la vieja guardia esté cansada, el zorro pierde el pelo pero no las mañas.