Que la cuarentena no borre los pactos

El caso del remero solitario vuelve a poner en el centro del debate la vigencia de la Constitución y aquello que protege.

Por Javier Boher
[email protected]

A esta altura del partido, ya no sabemos de qué deporte estamos hablando. Mientras son esenciales algunas actividades como comer o cantar por televisión, el deporte, el arte o la educación siguen sin volver.

El caso del operativo para multar al remero que decidió violar la cuarentena para entrenar demuestra hasta qué límites insospechados puede llegar la estupidez humana.

Mientras el mandato político parece ser el de gobernar para ver a la gente infeliz, las decisiones son cada vez más resistidas por los ciudadanos. ¿Existe autoridad cuando no hay un mando efectivo sobre la sociedad?.

La rebeldía individual del atleta en cuestión deja a la vista que ya no hace falta un plantel de River negándose a jugar (como pasó al principio de la cuarentena, exactamente por lo opuesto a lo que se reclama ahora) ni un grupo de runners llenando las calles porteñas. Un individuo, solitario y remando contra la corriente, puede despertar la simpatía de los que ya están hartos de haber perdido su vida por el miedo a algo con lo que la humanidad ha debido convivir toda su existencia.

La situación recuerda a la frase de Utah Phillips, un cantante de música country que abrazó las luchas sociales después de haber visto el accionar del ejército norteamericano durante la Guerra de Corea: “la libertad es algo que damos por sentado, mientras esperamos a que alguien intente arrebatárnosla. El grado al que resistimos es el grado en el que somos libres”.

Sin caer en una perorata sobre utopías libertarias de realidad impracticable, la decisión del remero es simbólica por cuanto entiende que no hay nada más sagrado que su propia causa. Entregarse a los deseos del colectivo (o peor, a los deseos de la primera minoría) es ceder en todo aquello que nos distingue y nos diferencia.

La negativa a volver a las escuelas en todos los niveles es otra decisión en la que se configura una triste realidad para niños y adolescentes que no pueden decidir unilateralmente el violar las normativas vigentes para volver a ser felices. Como padre de hijos en los que el juego simbólico ocupa gran parte del día, verlos jugar a la escuela -preparando la mochila o la merienda- toma una dimensión radicalmente diferente (y considerablemente más angustiante) que la que habitualmente le damos.

Las pequeñas rebeldías (como llevarlos a la plaza, a lo de sus compañeros o a lo de sus parientes) configuran también la sociedad del futuro en la que deberán desarrollarse. ¿Hacemos bien en transgredir las normas con menores que deben aprender a respetarlas para hacer que el pacto social se mantenga en el tiempo?. Otra vez, la conciencia individual nos dirá qué hacer.

Todas esas pequeñas contravenciones van formando la sociedad en la que deberemos vivir en unos años, pero también aquella en la que nos desempeñamos hoy. No se trata de romper la sociedad, sino de reafirmar aquel pacto que protege a la ciudadanía y establece límites que los gobiernos de todos los niveles y colores deben respetar, evitando inmiscuirse en cuestiones que hacen a los proyectos de vida de todas las personas que habitan el suelo argentino.