Incluyendo al soberano

En medio de una pelea contra el coronavirus y una economía que se acaba de salvar del default para poder enfrentar otros problemas, vuelve la agenda de los inclusivos de siempre.

Por Javier Boher
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inclusivosEl mundo ha cambiado en los últimos 200 años mucho más que en los anteriores 5000. Los seres humanos hemos abrazado la ciencia, abandonado el temor a la ira de los dioses e incorporando progresivamente las ideas de libertad e igualdad, que en mayor o menor medida an ido ocupando las reflexiones de millones de personas alrededor del globo.

Sin embargo, todos esos progresos pueden ser echados por la borda cuando aparecen en escena los enamorados de las ideas, que prefieren ir a fondo a por ellas en lugar de entender que para hacer política efectiva hay que saber cuándo ceder, como el Fangio que respondió que para andar rápido hay que saber cuándo levantar el pie del acelerador. No está mal tener ideas. Está mal tratarlas como un dogma.

Si está fe ciega en un conjunto de premisas más o menos ordenadas y coherentes entre sí es un error, defenderlas a rajatabla cuando se ven que hacia adelante vienen tiempos convulsionados es doblemente arriesgado. 

Así como el presidente mostró mesura al rechazar el tratamiento del aborto en un año atípico como este por entender que es el momento de evitar conflictos innecesarios (y porque el Papa empezaría a salir serio en las fotos en medio de una catástrofe económica de dimensiones aún incalculables) hay otros espacios dentro del mismo gobierno que juegan a ver quién es más progre (bajo la acepción que indica que progresista es a progreso lo que carterista a cartera).

A poco de empezar a rodar el nuevo gobierno, la titular del PAMI decidió adoptar el le guaje inclusivo para el organismo, en el que el más joven de los beneficiarios habla de “asaltos” como sinónimo de fiesta y los más viejos recuerdan aún los efectos de la gripe española. Una provocación innecesaria.

Esta última semana -en línea con esa política de tomar decisiones irrelevantes para la vida social y política, pero riesgosas en época de vacas flacas- aparecieron otros ejemplos de pésimas decisiones estratégicas desde el punto de vista de la comunicación. Seguramente a la mayoría no le importe, pero habrá muchos que entiendan que acá hay algo del Nadsat de “La naranja mecánica” o de la Neolengua de “1984”, lenguas artificiales que buscan redefinir la sociedad.

La primera de estas noticias fue sobre un nuevo protocolo de reuniones con el presidente en el que se estaría trabajando para terminar de pulir detalles. Según lo que se conoce hasta ahora, al menos el 30% de los asistentes a reuniones con el Jefe de Estado deben ser de otro género, entendiendo que las fotos de hombres solos son una cosa que remite al pasado patriarcal.

Siempre según trascendidos, no cumplir con ese cupo habilitaría a tener que hacer un curso sobre temas vinculados a esta disparidad, dictado por el ministerio de la mujer. Parece ser una buena forma de justificar su existencia, dijo nadie nunca.

A poco de eso, salió la Inspección General de Justicia a decretar que el 50% de los órganos de fiscalización y administración de las entidades civiles y sociedades comerciales deben estar integrados por mujeres. 

La norma parece -como todas las de paridad de género- un tanto exageradas. ¿Cómo va a hacer el colectivo de actrices argentinas a cumplir con la resolución? Seguramente sean alcanzadas por la excepción de la regla, que va a aplicar a religiones, sindicatos y demás instituciones en las que la desigualdad es la norma (aunque haya normas que digan que tiene que ser distinto).

Finalmente, en el Banco Central -relajados porque debe regular el precio de una moneda fuerte y pujante como el peso- adoptaron el uso del lenguaje inclusivo para sus comunicaciones. Aunque moderado frente a las variantes impronunciables propias de las facultades de humanidades, va en línea con lo que ya han empezado a implementar en otros organismos del sector público. ¿Cómo se dirá “hiperinflación” en lenguaje inclusivo con perspectiva de género?. Ya tendremos tiempo de enterarnos.

El lenguaje inclusivo no tiene nada de malo desde la idea de igualar a los miembros de la sociedad. Como elemento vivo, el lenguaje cambiará si la sociedad así lo decide a través de la práctica. Si no fuese así, el latín no hubiese devenido en español, italiano, francés y el resto de las lenguas romances.

Lo que parece exagerado es tratar de imponerlo desde arriba, en un contexto en el que hay muchas cosas más preocupantes que la forma en la que vamos a hablar de los que salen en la foto. Para incluir, quizás primero deberían tratar de que todos coman, todos se eduquen y todos tengan trabajo. Ahí vamos a poder ver cómo actúa la verdadera inclusión.