De lo masivo a lo exclusivo

Tras el telón de la pandemia y la cuarentena, en el salto tecnológico que ha implicado la realización de una versión virtual del festival Cosquín Rock, lo que se resigna no es poco: la modalidad online no contempla la transmisión, porque la transmisión en sí misma es el espectáculo.

Por J.C. Maraddón
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CosquínDesde hace mucho tiempo, la realización de grandes espectáculos (deportivos, culturales y de cualquier otra índole) conlleva un negocio paralelo: el de la transmisión. En un principio, se trataba de la cobertura radiofónica, que permitía seguir en directo lo que estaba ocurriendo, aunque sólo fuera a través del sonido. El recuerdo que se conserva de aquellos primeros festivales folklóricos y de muchos combates boxísticos por títulos mundiales tiene que ver con la radio, de la misma manera que los relatos de los partidos de fútbol fueron alguna vez la única manera de simular que se estaba presente en un clásico sin haber ido a la cancha.

La llegada de la TV y de los primeros acontecimientos televisados, cambió de forma radical la percepción del público, porque ya no debía usar su imaginación para figurarse cómo era aquello que estaba escuchando, sino que ya podía observar en vivo lo que sucedía en el mismo lugar de los hechos. El arribo del hombre a la luna debe haber sido una de las transmisiones más emblemáticas de esa época inicial, cuando la televisión abierta ocupaba un lugar fundamental en los hogares, como una especie de altar alrededor del cual se reunía la familia para compartir esa mágica combinación de imagen y sonido.

Más de treinta años se prolongó el reinado del imperio televisivo, que desarrolló una industria millonaria dentro del área del entretenimiento, con grandes marcas dispuestas a pagar una fortuna por el auspicio de esas emisiones especiales. Y, sobre todo, con audiencias enormes cautivas de la programación de la TV abierta, cuyas señales se disputaban (y a veces compartían) durante los mundiales de fútbol los derechos para pasar los partidos más importantes, sobre todo los que jugaba la Selección Argentina. Así vimos el gol de Diego Maradona a Inglaterra en México, en otro hecho que marcó generaciones de espectadores.

Con la variedad de la oferta de la TV por cable y, luego, con el inicio de las transmisiones online, se diversificó la manera de acceder en directo a esas propuestas espectaculares, pero eso no fue en desmedro de los ingresos por patrocinio. Y gracias al streaming, los propios organizadores pudieron manejar la emisión en vivo de sus producciones, desde los sitios oficiales de los eventos, donde se lucían los anunciantes que podían así promocionar sus marcas tanto in situ como a través de la web y las redes sociales.

Ese panorama, que empezó a asentarse durante la pasada década y que posibilitaba a muchísimas personas seguir desde su casa lo que acontecía sobre, por ejemplo, el escenario de un festival, también empieza a modificarse a partir de la pandemia y su consecuente cuarentena. En eso, al igual que en otros aspectos de la nueva normalidad, la edición virtual del Cosquín Rock que se realizó el pasado fin de semana sirve para evaluar hasta qué punto el aislamiento social ha alterado el curso de las cosas, en especial las que tienen que ver con convocatorias multitudinarias y con la interacción de artistas en escena.

Hasta marzo de 2020, quienes compraban su entrada tenían derecho a ingresar en un predio donde se sucedían las actuaciones de intérpretes que se distribuían en varios escenarios. En el reciente Cosquín Rock virtual, el ticket daba derecho a loguearse para asistir a shows remotos, entre otras actividades que remedaban lo que antes ocurría en el predio de Santa María de Punilla. En este salto tecnológico, lo que se resigna no es poco: la modalidad online no contempla la transmisión, porque en realidad la transmisión en sí misma es el espectáculo. Al convertirse en un contenido premium, ese formato deja de ser masivo, para ser exclusivo.