Guzmán, tras acuerdo con bonistas: otra vez sopa

Si el pensamiento político del presidente es algo parecido a un misterio, sus concepciones económicas se emparentan con la parapsicología. “Yo no soy un dogmático. Van a ver en mí soluciones ortodoxas y heterodoxas”, sostuvo al calor de los debates presidenciales en 2019, antes de los estragos del coronavirus.

Por Pablo Esteban Dávila

guzmanMartín Guzmán está exultante. Acaba de cerrar la negociación con la mayor parte de los bonistas para reestructurar la deuda soberana de la Argentina. Tras muchas bravuconadas del presidente Alberto Fernández, el ministro de economía, al final, terminó haciendo de fenicio: el gobierno tuvo que arriar sus banderas tantas veces como necesitó hacerlo hasta dar con el punto de equilibrio que permitió el acuerdo que hoy se celebra.

Esto, por supuesto, estuvo bien lejos de la épica nestoriana, cuando el expresidente Kirchner, allá por 2005, impuso una quita del 75% a los tenedores de papeles argentinos, en default desde 2001. Si Fernández pretendía emular a su antiguo jefe en el arte de apretar a los acreedores externos, justo es decir que lejos estuvo de lograrlo. El actual resultado es tanto el producto de la paciencia de Guzmán como de la buena voluntad de aquellos.

El ministro, de quien hasta ahora no hay mayores noticias respecto de sus habilidades para reencauzar la maltrecha economía doméstica, se ha anotado un poroto importante. El pasado miércoles fue aplaudido por el gabinete en pleno y se las arreglado para interactuar con alguna familiaridad con Alberto (su jefe nominal) y con Cristina Fernández, dueña de poder veto sobre las decisiones presidenciales. En el imaginario de la Casa Rosada, no había futuro sin el arreglo de la deuda; ahora se abre una nueva etapa o, al menos, eso es lo que se promete desde sus despachos.

Sin embargo, todavía no hay noticias exactas de las novedades por venir, salvo algunas ideas imprecisas desgranadas por el propio Guzmán. Estas consistirían, siempre según sus propias palabras, sobre que en “el 2021 va a haber un rol central del Estado en la recuperación, acompañado de la mano del sector privado”. En buen castizo, otra vez sopa.

Si este es el plan, la novedad brilla por su ausencia. Salvo en el interregno macrista -aunque esto también deba ser relativizado- el kirchnerismo ha hecho de la intervención estatal la nave nodriza de sus conceptos económicos, con los resultados a la vista. La Argentina, a despecho de las ideas del ministro para el futuro inmediato, ha tenido exceso de Estado en la última década, no lo contrario. No se advierte de cómo, en adelante, este defecto pudiera transformarse en virtud.

Basta repasar algunas realidades que la pandemia ha escondido bajo la alfombra pero que están allí, listas para dar el zarpazo. El déficit fiscal superará este año el 7% del PBI, las tarifas de los servicios públicos han vuelto a ser subsidiadas por el tesoro nacional y las empresas estatales son un modelo de ineficiencia. La educación, la salud y la seguridad -funciones indelegables del gobierno- se encuentran en crisis, mientras que la presión impositiva se sitúa en niveles siderales. ¿En serio cree Guzmán, teniendo en cuenta estas variables, que la recuperación puede venir las acciones de la burocracia?

Parece una mala broma, pero nada indica que efectivamente lo sea. Si el pensamiento político del presidente es algo parecido a un misterio, sus concepciones económicas se emparentan con la parapsicología. “Yo no soy un dogmático. Van a ver en mí soluciones ortodoxas y heterodoxas”, sostuvo al calor de los debates presidenciales en 2019, antes de los estragos del coronavirus. Por ahora, y concediéndosele el beneficio de la duda sobre si hubiera sido posible hacer algo diferente de lo que se encuentra haciendo dadas las actuales circunstancias, las primeras predominan largamente sobre las segundas. De momento, y lejos de generar el clima para el desarrollo de inversiones privadas, su gobierno ha hecho todo lo posible para desalentarlas, así como para continuar en la senda de la irrelevancia internacional.

Viniendo de una administración kirchnerista esto no debería ser una sorpresa, excepto porque, de insistir en el tipo de recetas inspiradas por Cristina, el horizonte no es otro que el precipicio. Una mayor actividad estatal sobre la economía requiere de recursos, un supuesto que ya no existe. La emisión monetaria está en las nubes, incrementar los impuestos se antoja quimérico y tomar deuda no es una alternativa posible, especialmente cuando se ha prometido a los acreedores cumplir con la que ya estaba al borde del default. Hacer keynesianismo con plata es fácil; intentarlo con los bolsillos vacíos es un suicidio.

Así las cosas, Guzmán continúa en la senda de las frases vacías, que tanto ilusionan a los que creen que se pueden esquivar las decisiones difíciles para siempre. Su estadía en la universidad de Columbia no parece haberlo informado sobre porqué tienen éxito las naciones que crecen en forma sostenida. Por ahora, continúa la zaga iniciada por los exministros Felisa Micheli, Amado Boudou y Axel Kiciloff. Si a esto se le añade la confesión del presidente al Financial Times respecto a que, “francamente, no creo en los planes económicos” el panorama es todo menos alentador, con prescindencia de los acuerdos recientemente alcanzados por el niño mimado de Joseph Stiglitz quien, dicho sea al pasar, ni se le ocurre vivir en la Argentina.