El infierno y sus vísperas

Contra la melancolía de pensar que el mundo anterior a la pandemia era una especie de jardín de rosas, un buen antídoto es darle play a la película “The Hater”, de origen polaco, que se cuenta entre las más vistas por estos días en Netflix y que relata la consagración de un cínico.

Por J.C. Maraddón
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HaterAtravesamos un momento tan desgastante de la historia universal, que de sólo recordar la manera en que transcurrían nuestros días antes de marzo, no podemos dejar de experimentar un sentimiento de nostalgia. La libertad de movimientos de la que gozábamos entonces se nos hace imposible en la actualidad, ante la amenaza de que si no respetamos las precauciones sanitarias seremos presas fáciles de una pandemia que se ha ensañado con la humanidad. Aquel universo del pasado se afirma en nuestra memoria como un tiempo soñado, en el que nuestras preocupaciones no incluían la acechanza de un virus altamente contagioso y letal.

Quizás este cuadro se ajuste bastante a esas definiciones de la felicidad que aparecen en las tarjetas postales, donde suele decirse que no nos damos cuenta de que hemos sido felices hasta que dejamos de serlo. Pero lo más grave es que esta vez no hay mensaje voluntarista o motivador que pueda sacarnos del paso, porque se trata de algo que está fuera de nuestro control y que no podremos cambiar de forma individual, por mucho entusiasmo que le pongamos. Al mismo tiempo, se nos plantea el desafío de una lucha colectiva… que obliga a aislarse, una paradoja bastante difícil de asimilar.

Mientras tratamos de adaptarnos de la mejor forma posible a las nuevas circunstancias, resulta arduo no caer en un pozo de melancolía y rememorar las (no tan) viejas épocas, en las que las reuniones familiares y sociales no constituían un peligro sino un refugio para escapar a la rutina y para renovar los tan necesarios vínculos afectivos. Días en que una protesta callejera no ponía en riesgo la salud de nadie, en que la realización de comicios no requería la aprobación de un comité sanitario y en que la práctica deportiva era sinónimo de salud y no de enfermedad.

Las películas y las series que se siguen estrenando en el streaming y que han sido filmadas antes de la cuarentena, nos traen a la realidad y nos proponen una postal menos idealizada de la prepandemia, porque fueron concebidas cuando todavía no estaba en los planes de nadie lo que está sucediendo hoy. En ese sentido, sirven como referencia para que tengamos presente que tampoco aquello era un lecho de rosas y que cuestiones como el egoísmo y la ambición sin límite, por ejemplo, estaban por demás extendidas entre la población y la clase dirigente, con las consecuencias lógicas que tales actitudes acarrean.

Para frenar la desmemoria y para no creer que lo que sucede en Argentina es único en el mundo, un buen antídoto es darle play a la película “The Hater”, de origen polaco, que se cuenta entre las más vistas por estos días en Netflix. Un muchacho que, a partir del resentimiento y de un don notable para la mentira, trepa hasta las altas esferas del poder político en Varsovia, es el protagonista de esta historia que transparenta lo bajo que puede caer el sistema democrático, cuando confluyen el discurso del odio, el espionaje, la falta de escrúpulos y la manipulación de datos y fake news a través de la web.

Esos recursos, de cuya utilización se han valido referentes de todas las ideologías, diluyen la distancia que debería separar la política de la guerra y convierten una compulsa electoral en una cuestión de vida o muerte. Como en una versión europea de la serie “The Politician”, en “The Hater” vemos el ascenso y apogeo de un prototipo de triunfador propio del siglo veintiuno, que ante la caída de las grandes utopías puede hacer gala de su cinismo sin que nadie tenga la estatura moral para reclamárselo. Es verdad, vivimos una etapa crítica, pero eso no quiere decir que ayer estuviéramos retozando en el paraíso.