CRÓNICA DE LA PESTE: Panchillo y Aurora, una pareja marcada por la timba

La peste nos afecta a todos. Por algo es una pandemia el Covid.19. Nos toca lo más íntimo, lo más profundo, nuestros usos y costumbres. Nos aleja de los seres queridos, de hábitos, de lugares.

Por Cirilo de Pinto

timbaLa peste nos afecta a todos. Por algo es una pandemia el Covid.19. Nos toca lo más íntimo, lo más profundo, nuestros usos y costumbres. Nos aleja de los seres queridos, de hábitos, de lugares.

Nos quedamos en los hábitos. Llamó la atención en los últimos días cómo se fueron registrando denuncias o cómo se desbarataron espacios de apuestas clandestinas. Los casinos están cerrados y por eso no hay ruletas, dados, cartas ni otros juegos. Pero, sobre todo, se desenchufaron los tragamonedas. Esas maquinitas son la que generan la máxima recaudación de juego legal, al menos en Argentina. Y por ese motivo, adelgazó significativamente la recaudación que, para mal de estos tiempos, no puede ir directamente a programas sociales. Tampoco están abiertos los bingos que entretienen en especial al público mayor de edad.

Entonces, quien quiera jugar legalmente, qué puede hacer… Ir a las agencias de quiniela. Los propios agencieros aseguran que jamás en la historia se recaudó tanto por este juego. Pero, aunque se recaude más por ese concepto, no compensa lo que generan los tragamonedas, que por largo tiempo brillarán por su ausencia.

Este momento especial que vive el juego legal, me hizo recordar una experiencia de niño. Muchos de los que tenemos más de 50 años de edad hemos vivido historias similares: apenas terminaban las clases, nos enviaban a la casa de los abuelos, quienes nos aguantaban los tres meses de verano hasta devolvernos apenas pasado los carnavales, para regresar a la escuela.

Los días de verano me tocaban en lo de mis abuelos maternos, que tenían un almacén de ramos generales. Eran entretenidos los días porque siempre había gente en la casa y sobre todo en el negocio, que estaban ubicados en el mismo lugar. Dos veces a la semana, por la noche, se reunían una docena de personas grandes, para mí, por esos días de niño, me parecían demasiados viejos todos, pero ahora que pasó el tiempo y sacó la cuenta, eran abuelos, pero no tan longevos.

Jugaban al chinchón, obviamente por plata. Cortaban con cinco, no había enchufe ni se utilizaban las cartas números 8 y 9, y menos los comodines. Eso sí, el que pasaba los 100 puntos podía engancharse.

La gran mayoría eran mujeres y una de las más jóvenes se llamaba Aurora. Alta, robusta, que siempre usaba pullovers o remeras con escote en ´V´. Hablaba lo justo y necesario. Ni se reía ni gritaba demasiado. Y tenía cara de buena. Me caía bien.

Una particularidad, había algo en común que unía a Aurora con su pareja, a quien se lo conocía como ´Panchillo´. Lo que los unía era la timba.

Ya contamos la afición de Aurora al juego con cartas españolas. Pero la timba para ´Panchillo´ era algo más que un hobbie: era su manera de ganarse la vida. Su trabajo, pese a la ilegalidad. ´Panchillo´, a falta de agencias oficiales de juego por esos días, era el levantador de apuestas clandestinas que había en el pueblo.

Así como a Aurora la veía prácticamente todas las noches de martes y jueves en lo de mis abuelos, a ´Panchillo´ recuerdo haberlo visto una sola vez.

No les conté que también pasaba las dos semanas de vacaciones de invierno con los padres de mi mamá. Y precisamente fue una mañana, casi mediodía, frío, ventoso, húmedo y nublado, que lo vi. No sé porque lo recuerdo, como si fuera hoy. Seguramente me llamó la atención su postura, su vestimenta y las historias que se contaban de él. ´Panchillo´ estaba parado en la esquina que cruza en diagonal con la plaza principal del pueblo, que era muy especial porque su principal arbolado eran naranjos guachos que daban en invierno unos frutos muy grandes pero que se caían y se pudrían en el suelo sin que nadie los comiera. Ocurría que esas naranjas más que amargas, eran agrias. Incomibles. Pero volvamos a ´Panchillo´. Tenía un sobretodo cortito de paño bataraz, y a tono lucía un funyi con ala cortita que permitía abrigar su cabeza, pero además simular unos centímetros más de altura. ´Panchillo´ era petizo, más bajo y de cuerpo más pequeño que su robusta pareja. Y como buen petizo, inflaba su pecho y era un tipo muy agrandado, con un toque de suficiencia, como si su condición de cajero de juego clandestino le diera hándicap de banquero con buena recaudación siempre a disposición.

¡La pucha! La pandemía y su interminable cuarentena nos hacer revisar hasta las historias mínimas de nuestra infancia.

Les cuento cómo murió ´Panchillo´. Dicen en el pueblo que fue por una dolencia en el estómago, no recuerdo si se trataba de un cáncer o de una úlcera, pero sí recuerdo la razón de ese mal que terminó con su vida. Todo el pueblo y obviamente la policía, sabían que él hacía una tarea ilegal, sin embargo vivió desarrollando ese trabajo hasta que se fue de este mundo. Pero, cada tanto, como para justificar que hacía algo, la policía lo iba a buscar y alguna vez lo detuvo, pero pocas veces lo agarró con las manos en la masa. Ocurre que ´Panchillo´ era muy hábil y antes de que llegaran los efectivos él hacía un bollo y se tragaba el papel con la lista de números apostados, que esperaban el sorteo de la Tómbola de Montevideo. Cuentan las malas lenguas que ´Panchillo´ se comió tanto papel, que terminó rompiendo todo su estómago hasta terminar con su vida.

El día que murió muchos vecinos quisieron jugarle al 47, cuyo significado es ´el muerto´, pero ya no había nadie que levantara apuestas en el pueblo. En definitiva, ´Panchillo´ murió por los gajes del oficio, dejando sola y sin hijos a Aurora, que igual siguió yendo a los de mis abuelos, los martes y jueves por la noche, para jugar al chinchón.