No todos los británicos fueron gerentes (Tercera parte)

Por Víctor Ramés
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Extrendiendo el alfalfa, fotografía de “Argentina from a British poin of view”, de Ogilvie.

El nombre del autor del capítulo titulado Algunas experiencias de trabajo en las estancias, no aparece en créditos en el libro firmado por Patrick Campbell Ogilvie. Era un joven galés que había llegado junto a su hermano a la Argentina, y refiere sus días de trabajo rural en estancias cordobesas.

El joven trabajador británico se había trasladado al establecimiento de un neozelandés, a quien caracteriza como sumamente avaro.

El capataz estaba muy orgulloso porque sus gastos mensuales ascendían a 12 pesos por cada uno de los cuatro que allí trabajábamos: bizcochos, azúcar, té y otras cosas. Enviaba su ropa a lavar cada tres meses. Tenía pocos amigos, ninguno de los cuales venía a visitarlo, y los domingos se encerraba en su cuarto. Un frío invierno dejó que 500 vacas muriesen de hambre, en lugar de venderlas a bajo precio. Lo último que oímos de él fue que se iba a Nueva Zelanda a casarse con ‘una mujer fea, pero que tiene muchísimo dinero’. Un paisano suyo dijo que era ‘una vergüenza para sus compatriotas y el más mezquino de la Argentina’.”

He aquí un panorama de las diversas tareas que debía realizar.

Solíamos atrapar langostas en una gran caja de zinc arrastrada por dos caballos, luego llenábamos unos sacos que se dejaban apartados por cuatro días, tras los cuales los llevábamos en carro hasta la ciudad, donde pagaban diez centavos el kilo. El olor en el carro de las langostas muertas era simplemente repulsivo. Luego ayudé a recoger diez metros cuadrados de maíz y me quedaron las manos peladas. A la hora de marcar ganado, enlazábamos terneros uno por uno para descornarlos. Tenía que sentarme sobre sus cuellos y acababa con la cara bañada en sangre caliente.”

La siguiente estancia cordobesa en la que trabajó era de unos irlandeses. Allí compartía las comidas con los peones, a quienes llegó a conocer bastante bien durante diez meses. El autor refiere sus ocupaciones en este nuevo establecimiento:

El trabajo principal era cargar ganado y ovejas para las grandes fábricas de alimentos congelados. Los camiones estaban en muy malas condiciones. Una noche terminamos a las 11, tras un arduo día de trabajo en que tres de nosotros cargamos 300 postes de quebracho en menos de tres horas. (…)

El capataz me enseñó a esquilar. Tenía que esquilar, juntar la lana, clasificarla y enfardarla. Cada hombre recibía cinco centavos por oveja, pero el trabajo era duro, todo manual. Luego corté alfalfa por una quincena, un trabajo fácil y agradable.”

La venida de un sacerdote católico a pasar unos días en la estancia cambió un rato la rutina cotidiana de trabajo.

Había misa todos los días a las 7 de la mañana y a las 8 de la tarde, a veces tres al día. No se trabajaba. Todos debían asistir. El tenedor de libros no fue, por lo que perdió su trabajo. Yo, como protestante, concurría a los sermones, que eran muy buenos. Era maravilloso cómo estos rudos campesinos salían mansos por un tiempo. La última noche el capataz se casó a las doce y media con una dama nativa. Otra vez, mientras estábamos en misa, alguien entró y dijo que el jardinero agonizaba. Corrimos todos, el cura adelante para oír la confesión del moribundo, y encontramos al jardinero fumando tranquilamente su pipa y muy sorprendido.”

Otros visitantes llegaron a la estancia, como un “inspector de langostas que se alojó en la estancia todo el verano. No hacía más que comer, dormir y beber whisky”. Cuenta también:

Los días que yo más disfrutaba era cuando comenzábamos temprano a separar algunos animales de un rebaño de más de mil. A las once comíamos asado con mate, dábamos de beber a los caballos, completábamos el trabajo y volvíamos a la casa a las siete y media.”

En el relato se entrevé una diversión de los paisanos en el campo:

Las carreras producían gran entusiasmo. El capataz era muy aficionado y no hablaba de otra cosa durante días. Todos los domingos había carreras. Una vez monté mi caballo en pelo, participando de tres carreras de 200 metros, y me gané una botella de cerveza, un paquete de tabaco y un cuchillo.”

El trabajador galés también se convirtió en un experto domador, según cuenta en su escrito.

Un día en que el capataz estaba fuera, los hombres domaban algunos potros salvajes en el corral. Me eché un faltazo a mis tareas y fui con ellos. Domé a cinco. Ninguno había sentido encima una montura antes, ni siquiera había sido manipulado. Los enlazábamos, los hacíamos agachar y les poníamos las bridas. Luego cinco hombres los tenían sujetos con largas sogas y uno les colocaba la montura y unos estribos para apoyar los dedos del pie. Entonces me ataron un pañuelo rojo en la cabeza y monté cuidadosa pero rápidamente. Se quitó la cuerda y el potro partió lo más rápido posible, con dos hombres flanqueándolo para contenerlo de cada lado, corcoveando y cabeceando. No me caí, pero uno de los estribos se rompió. Uno de los potros se echó al suelo y no se movió. Trataba de morder a todos. Cuando van rápido y corcovean al mismo tiempo es muy difícil mantenerse montado.”

En los párrafos finales se cuenta un accidente sufrido por el autor. Tras cruzar un río en un carro, una rueda se trabó y el galés fue arrojado al suelo, donde perdió el conocimiento. Un grupo de mujeres lo trasladó a un médico: se había quebrado la clavícula, lo que lo tuvo en reposo por tres semanas.

Tras un regreso a Inglaterra por algunas semanas, el joven volvió a la Argentina y con su hermano se fueron al sur donde aprendieron a arar y a sembrar alfalfa. Cerca había un campo donde se hacían carreras todos los días y se juntaban jinetes de varias estancias. Durante el día se corría y por la noche se bailaba. El autor concluye su escrito como sigue:

A menudo recuerdo aquellos tiempos felices. El trabajo no era liviano, pero la vida era simple y muy saludable, y siempre me gusta conversar sobre aquellos recuerdos cuando nos juntamos con otros en torno al fuego, antes de dormir, con nada más que un cráneo de buey como almohada y el recado como sábana, bajo un cielo glorioso y estrellado.”