La República no precisa de bufones

El papelón del diputado cordobés deja en claro que, para que funcione la República, hay que abocarse a trabajar, no a actuar para las medios.

Por Javier Boher
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“-¿Diputado Juez?

(Silencio.)

– Se fue.

-¿Adónde está el diputado? Abrile el micrófono.”

***

A partir de allí, un nuevo papelón para el ex intendente de la ciudad de Córdoba. Se ve que no tiene ningún interés en ayudar a que los cordobeses nos saquemos de encima el mote de chantas con el que nos conocen nuestros compatriotas.

Claramente preferimos engañarnos con otras características, pero para el resto del país el correlato del humor y la fiesta de nuestra idiosincrasia es el de la falta de seriedad para la vida en general. Gracias Luis por darles la razón.

El diálogo que abre la nota se viralizó ayer, cuando en medio de dos votaciones fundamentales del martes el legislador cordobés eligió quedar bien ante la opinión pública a través de los medios, sin imaginarse que en las redes sociales la misma opinión pública se iba a hacer un festín con su irresponsabilidad. Si hasta el mismo presidente de la Cámara, Sergio Massa, pareció ofuscarse por la chantada, podemos hacernos una idea acabada de la magnitud del papelón.

En Córdoba ya conocemos de estas cosas; sabemos qué esperar cuando al experonista le toca hablar. Los sorprendidos fueron, al parecer, los que desde los medios porteños lo llaman para amenizar programas alicaídos por las pálidas del coronavirus. Vieron, por primera vez, lo que acá ya sabemos hace tiempo.

Aunque sea un papelón, seguramente no impactará absolutamente en nada en su carrera política ni mediática. Es como el ferretero de un barrio alejado del centro, que vende cosas caras y malas. Sin embargo, sobrevive y prospera, porque siempre hay algún incauto dispuesto a comprarle las ilusiones que vende. Oportunismo por saber estar siempre bien ubicado.

La virtualidad y el multitasking le jugaron una mala pasada al ex intendente, que por tratar de sacar a pasear por los medios su lengua filosa le dio de comer a los que dicen que en las filas de la oposición solo hay improvisados.

La República, la división de poderes, la democracia, las libertades, todas son consignas vacías si no se las acompaña con una actitud consecuente. ¿Para qué querer un poder legislativo autónomo, si después no va a votar por estar haciendo monerías para que cronistas porteños se medio pelo le tiren algunos maníes para ver sus gracias?. Los bufones están para divertir al Rey; en una República seria serían desempleados.

La regla antes que la excepción

Aunque el desastre del diputado cordobés sea un papelón de magnitud considerable, no es algo extraño al funcionamiento de la cámara, copada por militantes y defensores de lo indefendible a los que les pagan su lealtad con sueldos muy superiores al promedio del sector privado.

Si en el Senado hay dirigentes de algo más de trayectoria política -y un poco más preocupados por las formas y apariencias- la Cámara de Diputados es territorio del vulgo, la verdadera cámara del pueblo, donde esté se muestra con sus imperfecciones.

El nivel de nuestros diputados es paupérrimo. Incapaces para el debate, ignorantes sobre la mayoría de las cosas y alejados del sentimiento de la gente, saben aprovechar el mandato que les dio el pueblo para vender su voto a la causa que los puso ahí. Pequeños fedatarios.

Su falta de clase se nota todo el tiempo. Hemos visto gritos, cacerolas, banderas extranjeras, enojes, abrazos de gol, canciones como barrabravas, papel picado y manotazos de micrófonos. De hecho, hace tan solo unos días la diputada Cerruti se cepilló los dientes durante la sesión. Entronizar el mal gusto y la indolencia parece ser un rasgo típico de nuestra era.

Juez -aunque sea por exagerar su personaje- no es ajeno a esa mediocridad. Es, simplemente, un payaso más en una cámara muy por debajo del nivel que se necesita para que un país en terapia intensiva funcione, en su estéril lucha por no perecer.