El arte del streaming

A diferencia de aquellas películas italianas o francesas que desafiaban la linealidad del relato para acentuar en otros aspectos que tenían relación con las formas y las ideas, el fuerte de “la serie Dark” está en una estructura narrativa que funciona como un mecanismo de relojería.

Por J.C. Maraddón

Con el arribo del llamado “cine arte” surgió una manera distinta de concebir y de apreciar las producciones audiovisuales, porque ese género ponía énfasis en cuestiones estéticas, en tanto que el cine industrial se esmeraba en entretener al público masivo. Por eso, también surgió una categoría distinta de espectadores, que se percibía por encima del gusto del común de los mortales y que disfrutaba de esas obras con embeleso, sabiendo que a través de ellas ingresaba en el paraíso de la alta cultura y se alejaba de esas pasiones “vulgares” que se apoderaban de las salas cuando proyectaban alguno de los tanques de taquilla.

Formaba parte de la formación del buen cinéfilo regodearse con esos manjares, que en aquellos tiempos eran el material favorito de los cineclubes, donde los ciclos de los grandes directores constituían el atractivo principal de la programación. Muchas veces, las funciones arrancaban con una disertación de algún crítico que introducía el filme que se iba a exhibir, y terminaban con un debate que versaba sobre las diversas interpretaciones que dejaba la película. Así como un largometraje hollywoodense se leía de una sola manera y listo, uno elaborado desde una perspectiva artística daba pie a infinitos significados.

La muletilla, en aquel momento, era que a esa clase de producciones no había que entenderlas sino disfrutarlas, porque en el afán de comprenderlas de cabo a rabo nos estábamos perdiendo su mayor encanto, que era la impresión que causaban en nuestro “sensible” espíritu. Pero aun así había toda una biblioteca dedicada a develar qué había querido decir el realizador con su obra, así como había expertos que decodificaban ese mensaje y lo traducían a los iniciados como si fuesen profetas que tenían la posibilidad de comunicarse con un ser divino, para luego transmitir sus enseñanzas a quienes no poseíamos ese don.

Mucho tiempo ha transcurrido desde esa época de maniqueísmo explícito y las cosas han cambiado bastante. El purismo que tanto se valoraba en ese entonces casi no existe y, así como los cultores del cine arte han sabido justipreciar las bondades que muchas veces subyacen detrás de un título taquillero, también la industria ha tomado ejemplos de esa vertiente artística para dotar a sus realizaciones de una belleza que vaya más allá de la producción en serie. Y, por supuesto, lo que abunda en la actualidad es la hibridez, no sólo en la pantalla grande, sino también en las series del streaming.

Uno de los grandes lanzamientos durante la cuarentena ha sido la tercera temporada de “Dark”, la serie alemana sobre viajes en el tiempo que se convirtió en uno de los best sellers de Netflix y que tuvo la virtud de capturar la atención tanto de la audiencia masiva como de los usuarios más exquisitos. Y es que no sólo posee una trama más que ocurrente, sino que complementa ese hallazgo con actuaciones descollantes y con un despliegue fotográfico que deslumbra a los paladares más exigentes. Su éxito remite entonces a varias razones que confluyen en un producto soberbio.

Sin embargo, a diferencia de aquellas películas del cine italiano o francés de los años sesenta y setenta, que desafiaban la linealidad del relato para acentuar en otros aspectos que tenían relación con las formas y las ideas, el fuerte de “Dark” está en una estructura narrativa que funciona como un mecanismo de relojería. Piezas que a primera vista no parecen pertenecer al mismo rompecabezas, van encajando unas con otras con el correr de los capítulos, hasta conformar un cuadro sinóptico perfecto, que va siendo armado junto a los espectadores por algunos de los personajes de la historia, en un juego de espejos magistral.