No todos los británicos fueron gerentes (Segunda parte)

Prosigue aquí el relato de un joven que llegó a buscar trabajo en la Argentina, a fines del siglo XIX. Conchabado en una estancia cordobesa, el autor de origen galés -cuyo nombre no se revela- narra su aprendizaje de la vida y el trabajo en el establecimiento en medio de la pampa.

Por Víctor Ramés
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“Cruzando el Salado”, fotografía del libro de Patrick C. Ogilvie, “Argentina from a british point of view”, 1910.

El relato que transcribimos está tomado del libro Argentina desde un punto de vista británico y notas sobre la vida argentina, y es uno de los aportes reunidos por el editor de esa publicación aparecida en 1910 en Londres, Patrick Campbell Ogilvie. Escocés, Ogilvie era el máximo accionista de una compañía que explotaba al norte de la provincia de Santa Fe las tierras fiscales con que el gobierno pagó a la banca británica un empréstito destinado a la creación del Banco de la Provincia de Santa Fe. La Compañía de Tierras de Santa Fe, creada en 1881, llegaría a fusionarse en 1913 con otra empresa: The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, de triste memoria en el Chaco Santafecino como La Forestal, compañía que desertificó la región talando un extenso quebrachal para extraer tanino. No solo se explotaron inmensas plantaciones naturales, sino también a los trabajadores de esa industria, dejando una marca trágica en la historia rural.

El contexto del libro remarca la presencia del imperio británico en el país, franqueada por los gerentes locales de esas compañías, miembros a su vez del gobierno local. El relato central de nuestra nota, sin embargo, no es el gerente Ogilvie, sino el protagonista de una de las historia contenidas en su libro: un británico pobre llegado junto a su hermano en busca de un futuro en Sudamérica, y cuyo primer destino fue como mensual en una estancia de la provincia de Córdoba.

El joven protagonista del relato autobiográfico dedicaba un párrafo al cambio de sus hábitos alimentarios impuesto por la vida en el establecimiento.

La comida era diferente de la que acostumbraba a ingerir, lo que me tuvo enfermo un tiempo. En el verano me levantaba entre las tres y las cuatro de la mañana y tomaba mate cocido (la bebida nativa) con un bizcocho duro; a las once, un desayuno de puchero (grandes piezas de carne hervidas en una olla), luego maíz con leche y un bizcocho. En ocasiones, un té a las cuatro, muy de vez en cuando. El almuerzo consistía en un asado y mate como a las siete o a las ocho.”

El joven de origen galés refiere también que tuvieron que hacerse de comer cuando la cocinera fue despedida:

Nuestra cocinera comenzó a robar provisiones del almacén. Cambiamos las cerraduras tres veces y cada vez ella conseguía una nueva llave. Una noche le pedí que preparara café y me dijo que no había. Yo podía ver que ella tenía un poco en una gran bolsa y fui a tomarlo. Entonces agarró un cuchillo y me amenazó, pero logré quitárselo de la mano. Nuestra comida era mala, mi compañero era descuidado y tenía miedo de ella. Un día hubo una discusión y ella fue despedida, a lo que respondió con gruesos insultos. Tuvimos que cocinarnos nosotros mismos por los siguientes ocho meses. (…) La carne que nos daban estaba frecuentemente verdosa y amarga. Todo el tiempo comíamos puchero y asado y ocasionalmente un huevo de ñandú. Había ñandúes por todas partes y era un entretenimiento enlazarlos. Encontré un día un nido con cincuenta huevos puestos por diversas aves. Mi papel de cocinero era un fracaso al comienzo, el humo era tan denso que no podíamos vernos uno a otro. Me indicaron que prepare maíz para la cena. Hice un gran fuego y lo cociné por tres horas. Luego me enteré que había usado el maíz para los caballos. Otra vez estaba muy oscuro y nuestras velas, hechas de telas viejas y grasa se habían apagado. Yo había preparado una buena sopa y puse la olla cerca de la mesa. En un momento, al caminar en la oscuridad metí el pie en la olla y la grasa caliente me hizo saltar y me despellejó el pie. Nuestra mesa era una vieja caja grasienta; no teníamos plato, ni tenedores, solo un gran cuchillo. A veces, al volver muy cansados de un duro día de trabajo, no teníamos fuerza para juntar leña y hacer un fuego, así que nos íbamos a acostar. Muchos días solo comimos asado y mate. Me gustaba mucho el mate, un refrescante y buen sustento.”

El peón galés se habituó a la vida de campo e incluso le tomó cariño al trabajo duro. Su hermano vivía a unos trece kilómetros, en la sección dedicada a recoger y cargar alfalfa, en una casa confortable. Volviendo a casa de visitarlo, en una noche sin luna, nuestro trabajador rural montó y anduvo paralelo a un cerco para orientarse, hasta que llegó a otro cerco cruzado y, para peor, su caballo súbitamente lo lanzó a tierra y huyó, dejándolo ocho km a pie en medio de la nada. Y relata otra anécdota sobre perderse en el campo:

Nuestra población más cercana estaba a casi treinta km, allí me hice amigo de unos ingleses y jugábamos tenis o nos divertíamos de otras formas. Por lo general me volvía a las 2.30 para estar a tiempo de trabajar. Una noche tenía que cruzar un campo extenso, sin huella, ni cerco para guiarme. Estaba oscuro y relampagueaba fuerte. Caminé en dirección a una luz que creí era la de la casa. Tras andar un rato llegué a una cerca: estaba perdido. Desmonté y me eché a dormir, la lluvia comenzó a arreciar cuando oí a un burro rebuznar, así que me levanté y di un grito. Me respondió un hombre que era puestero. La luz que vi era una población a más de treinta km.”

Luego fue trasladado al casco principal de la estancia, donde domó potros para cabalgadura. Lamentaba haber dejado el trabajo de antes. El capataz, cuya mujer cocinaba para los trabajadores, ganaba 15 pesos mensuales -informa el autor- “y hoy es uno de los hombres más ricos del campo”.

Por falta de tareas, el capataz lo envió a un neozelandés que poseía “una legua de campo, buen ganado, buena alfalfa y agua espléndida”. Allí le tocó un trabajo duro: “cavar para levantar huevos de langosta durante una semana, a pleno sol, en una tierra muy dura”. Le costó adaptarse a las nuevas condiciones.

El capataz era un hombre de cuarenta y dos años, de cara muy roja y extremadamente rico, pero muy mezquino. Nuestra comida duraba de seis a ocho minutos, comiendo rápido; él cuidaba cada bocado. Al tomar té, se servía mucha leche y me daba un chorrito. Él terminaba rápido, mientras yo me quemaba la garganta.”