Dellarossa, el flexibilizador amarillo

Por naturaleza, ni el COE ni el gobierno -aunque se trate de uno decididamente moderado como el de Schiaretti- están preparados para aceptar que la gente decida cuidarse por sí misma y desoír las instrucciones de las autoridades. Es un problema tanto cultural como político.

Por Pablo Esteban Dávila

Mauricio Macri supo definir a Marcos Juárez como “el lugar en donde comenzó todo”. Se refería al triunfo del actual intendente Pedro Dellarossa en 2014, embanderado decididamente en los colores amarillos del PRO. Encaramado sobre aquel símbolo, el expresidente comenzaría su camino a la Casa Rosada, propósito que lograría a finales del siguiente año.

¿Podría homologarse aquella expresión a lo sucedido ayer con relación a la cuarentena? Los acontecimientos que tuvieron lugar en aquella ciudad fueron, en buena medida, extraordinarios. Un grupo de comerciantes decidió abrir sus negocios pese a una expresa prohibición del COE regional. Dellarossa, lejos de amonestarlos, decretó que la actividad económica estaba nuevamente permitida a partir de la fecha. A las pocas horas, la justicia lo imputó por abuso de autoridad.

Marcos Juárez había retrocedido de fase por un brote de coronavirus surgido el 12 de julio. Debido a que la ciudad es una referente regional, este brote se expandió a localidades vecinas, totalizando unos 300 casos y dos fallecimientos en el área de influencia. Las autoridades provinciales, siguiendo con la estrategia tantas veces comentada desde esta columna, utilizaron el foquismo sanitario para contenerlo. Aislaron la zona y recluyeron a sus habitantes en sus hogares, exactamente igual como las primeras jornadas del aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Aunque no se tenga información de primera mano, es lógico suponer que aquel retroceso causó un particular desasosiego. La ciudad depende casi exclusivamente de la actividad privada y esta se encuentra vinculada indisolublemente con el sector agropecuario. Si las empresas y los comercios se ven impedidos de trabajar, pues entonces la compleja urdimbre que conecta a los productores con sus proveedores se desbarata irremediablemente. El quebranto se adivinaba a la vuelta de la esquina.

Es difícil imponer la parálisis a una sociedad acostumbrada al trabajo duro, especialmente cuando otras localidades, de similar estructura socioeconómica, se encuentran liberadas de este tipo de restricciones. Tampoco ayuda el comprobar que los casos de Covid-19 son relativamente pocos (300 infectados no parecen el apocalipsis) y que, como se observa en todas partes, su tasa de letalidad es muy baja. Esto explica la rebeldía de sus comerciantes y la solidaridad demostrada por el Dellarossa ante sus reclamos. Simplemente, prefieren armarse de los protocolos correspondientes y gestionar el riesgo por su propia cuenta.

Por naturaleza, ni el COE ni el gobierno -aunque se trate de uno decididamente moderado como el de Schiaretti- están preparados para aceptar que la gente decida cuidarse por sí misma y desoír las instrucciones de las autoridades. Es un problema tanto cultural como político. Y, si a esto se le suma la desobediencia institucional de un intendente, el asunto se vuelve todavía más revulsivo.

Esto explica las declaraciones del Ministro de Gobierno, Facundo Torres. “Todos queremos retornar a la normalidad y reactivar la economía, pero esto es una actitud insensata, imprudente e irresponsable”, sostuvo al conocer la decisión de Dellarossa, criticándolo porque fue el único intendente que se tomó vacaciones en medio de la pandemia. Son palabras fuertes, del tipo de las que el Panal, habitualmente, se cuida en proferir. Es una respuesta destemplada a un desafío político lanzado bajo el ropaje de la resistencia anti – cuarentena.

La política es, precisamente, otra de las invitadas a la trama desatada por la insurgencia en el sudeste cordobés. Muchos en Marcos Juárez sindicaban las restricciones dispuestas por el COE como un tema de esta naturaleza, destacando la estirpe macrista de Dellarossa como la auténtica causa del cerco sanitario dispuesto en torno de la ciudad.

¿Habría dispuesto otra cosa el gobierno con una intendencia del palo? Los antecedentes de regreso de Fase indican que las localidades gobernadas por otros partidos son más susceptibles de regresar al aislamiento que las peronistas. Así, Villa Dolores y Oliva -la primera, administrada por una alianza cercana a Juntos por el Cambio y, la segunda, por la UCR- han sido aisladas de la misma manera que Marcos Juárez pero, en rigor, tampoco son tantos los ejemplos como para hacer una generalización científica.

Probablemente sea el caso de la ciudad de Córdoba el que más aprensión genere en Dellarossa y en sus conciudadanos. Pese a que los contagios avanzan, nadie se atreve a sugerir aquí un retorno al aislamiento. El mensaje implícito es que hay que convivir con el virus y seguir los protocolos, un razonamiento perfectamente razonable pero que, sin embargo, no es homologado a otras latitudes con idéntico vigor.

Este doble rasero se explica, indudablemente, por el peso que tiene la Capital, tanto en la provincia como con relación al resto del país. Un regreso a las restricciones sería un golpe para la imagen de flexibilizador de la que goza el gobernador, amén de una fuente de sonoras protestas. Para el COE es mucho más simple cancelar la vida social y económica en el interior que hacerlo en el centro de gravedad de la política cordobesa.

Tal certeza legitima la posición de Dellarossa y el enojo de sus administrados, no obstante que resulta forzoso preguntarse cuál es el real alcance de la algarada que el intendente acaba de protagonizar. ¿Se propone generar rebeldías simétricas en otras ciudades también afectadas por las decisiones de los epidemiólogos? ¿Querrá empoderarse con un discurso basado en la defensa de los derechos constitucionales, metódicamente avasallados por el ASPO? Son temas fuertes, interesantes, que podrían posicionarlo rápida y decisivamente como el flexibilizador amarillo, mucho más allá de los estrechos límites de su ciudad.

Es lógico suponer que, si optase por esta línea de acción, muchas puertas le serían abiertas, especialmente las candidaturas nacionales que se disputarán el próximo año. Pero para esto hace falta convicción y deseos de jugar en ligas mayores. Promesas semejantes desde el interior hubo muchas en el pasado, mas muy pocas se hicieron realidad. Una cosa es defender a un comerciante indignado y otra muy diferente es convertirse en un paladín de las libertades. Llegado a este punto, es preciso contar con un discurso sólido y la voluntad de polemizar abiertamente con ministros, expertos y, aun, con el propio gobernador. ¿Se animará a tanto? ¿O la suya no será otra que una reacción localista, completamente desacoplada de la gran reflexión que el país se debe sobre esta cuarentena interminable?