Rigidizar la cuarentena (o cómo tratar de disimular la inoperancia)

La cuarentena desgastante suma un nuevo capítulo, que abona el hartazgo y la crispación de una sociedad que quiere recuperar su libertad.

Por Javier Boher
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“Habla al país, el presidente de 17 millones de argentinos y argentinas del AMBA, Alberto Fernández”. Algo así deberían empezar las cadenas nacionales con el presidente de Buenos Aires.

Casi como una mala copia de la experiencia rosista, todo el país quedó sometido a una decisión hecha a la medida de un gobierno que -a esta altura- frena al virus como lo hacía Caballero con los embates de Croacia en el mundial de Rusia 2018. Sin ideas, la estrategia es prohibir, incluso donde ya está prohibido o donde no hace falta.

Por supuesto que la decisión alivia a gobernadores e intendentes de los colores políticos más diversos, que licúan su responsabilidad “acatando” las disposiciones nacionales, pese a que hace un par de semanas elegían enarbolar la bandera federal de la Liga de los Pueblos Libres. Al final, siempre hay tiempo para arriar el pabellón que protege al interior de los unitarios del puerto.

La medida es un atropello que solo se explica como una vía de salida a una inoperancia alarmante. La estrategia resultará, seguramente, en un alegato de que la cuarentena fracasó por nuestra incapacidad de respetar una norma pomposamente fundamentada en el bien común -aunque haya sido pensada y ejecutada desde el interés más partidista posible-.

Según el decreto, todos quedamos expuestos a ser sancionados con dos años de prisión por ir a visitar (sin truchear un permiso) a nuestros padres. Quizás extrañamos la intimidad carnal con nuestra pareja, situación que -de ser delatada por nuestros vecinos- nos significaría una temporada en la cárcel, seguramente recibiendo algo de ese tipo de amor físico.

A una sociedad que se caracteriza por intentar de evadir las normas pretenden ponerle una norma que es imposible de controlar, dejando como único camino la clandestinidad. ¿No es mejor tratar de controlar y ordenar lo existente, en lugar de empujar todo a las sombras? ¿Cómo puede ser que haya gente dispuesta a aceptar que visitar a la familia -para conocer a un nieto, para saludar a un hermano, para comer un asado con un primo- sea un acto ilegal que pueda significar perder la libertad y terminar tras las rejas?¿Hasta qué punto valoramos la libertad?.

No tienen empacho en destruir los lazos sociales, fomentando la delación. Hoy es por juntarse a celebrar una recibidabde un amigo o que se le cayó el primer diente a un sobrino. Mañana puede ser por juntarse con los compañeros del partido o por profesar otra religión. Cuando el mecanismo es malo, los contenidos son indistintos.

No sé puede pasar por alto, además, que ya hace cuatro meses que el Estado cercena sistemáticamente nuestras libertades. Siendo la intromisión en la vida privada y la interferencia con las libertades la norma en este periodo, ¿de quién es la culpa? ¿Nuestra por no cumplir, o de los prohibidores por no saber gestionar?. El estado que te cuida dejó en claro que no puede hacer nada más que justificar su existencia entorpeciendo la vida de los demás, empujando a la ilegalidad a millones de argentinos que sólo pretenden hacer más llevadera la peor crisis de salud en un siglo.

La decisión (además de ser contraria al artículo 99 de la Constitución Nacional, que dice que no se puede legislar por decreto en materia penal) es de una falta de timing político alarmante.

Allá por 2003, y ante la irrupción del kirchnerismo como supuesta centroizquierda, un famoso periodista dijo que el peronismo sabe leer muy bien los tiempos sociales y de la historia, para ponerse por delante y recibir su impulso. Hoy está siendo arrollado, sin saber cómo hacer pie para no sucumbir ante la ola de la pandemia, arrastrado por el lastre de su autoritarismo e inoperancia.

Henry David Thoreau fue un pionero del anarcoindividualismo en su versión norteamericana. Tiene una frase que puede rescatarse en este momento, por ilustrar perfectamente la exageración de la medida: “en un Estado que encarcela gente injustamente, el único lugar para un hombre justo es la cárcel”.

La gente está agotada y abatida. Para pasar de la depresión a la ira hace falta muy poco, sobre todo en una sociedad apasionada como la nuestra. Quizás un DNU que te aleja de tu familia y afectos sea suficiente para estallar.