No todos los británicos fueron gerentes (Primera parte)

En un relato escrito por un joven escocés que vino a la Argentina a fines del siglo XIX, se puede seguir su aprendizaje de la tareas rurales como trabajador en una estancia cordobesa.

Por Víctor Ramés
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Foto del libro de Ogilvie: Cargando alfalfa para su transporte. 1909.

El próspero capitalista escocés Campbell Patrick Ogilvie, visitó un emprendimiento del que era gerente y principal accionista en la Argentina, la Compañía de Tierras de Santa Fe, en 1909. A su regreso a Londres, dio forma a un libro editado en 1910: Argentina from a british point of view and notes on argentine life (Argentina desde un punto de vista británico y notas sobre la vida argentina). Escrito para lectores ingleses, presentaba capítulos no del todo integrados sobre la realidad argentina, en un momento de gran auge de este país periférico como proveedor de un mundo capitalista. Contenía un informe de Campbell Patrick Ogilvie, quien no residió en la Argentina, lleno de cuadros, tablas y números que demostraban la potencialidad productiva de este país, siempre en la mira de los intereses británicos. Narraba también la historia de la Santa Fe Land Company, Limited, un interesante aporte histórico; analizaba el valor de la tierra en la Argentina, hacía apuntes sobre el clima. Y luego, el libro se internaba en crónicas y testimonios en primera persona sobre el trabajo en las estancias y otros establecimientos productivos, sobre el carnaval, las carreras de caballos, el problema del servicio doméstico, o escenas campestres referidas a tormentas, langostas u otros temas próximos al cotidiano. Se trataba de aportes escritos por otros británicos que también fueron parte de la Compañía y que tenían experiencias para narrar sobre su residencia en la Argentina.

La empresa británica de tierras que Ogilvie visitó en 1909 en Santa Fe precedió al comienzo de la explotación maderera por la compañía también británica La Forestal, que endureció sus metodologías y llevó la expoliación y la represión hasta límites trágicos en esa provincia. La historia de la compañía de tierras se inició en 1881 y el relato del autor y accionista mayor se prolonga hasta 1900, aunque la empresa funcionaría hasta 1911.

Campbell P. Ogilvie relata en el prólogo que el libro tuvo origen en una ponencia sobre Argentina leída en la Royal Society of Arts en noviembre de 1910, la que lo impulsó a recuperar documentación, a lo que sumó notas escritas especialmente por otros miembros británicos de la compañía, sobre la vida de criollos y colonos en la campaña pampeana.

Del capítulo 5, titulado Algunas experiencias de trabajo en las estancias, recogemos el siguiente relato de un joven británico que llegó junto a un hermano a Buenos Aires “con una mano atrás y otra adelante” como se suele decir, y de allí vino a trabajar a una estancia en la provincia de Córdoba. El autor, que no es mencionado en el libro firmado por Ogilvie, no tenía la menor experiencia en el trabajo rural.
“Vine con mi hermano en un vapor vagabundo desde Penarth. Nos tomó treinta y un días de viaje. Sin embargo, el tiempo pasó rápido, rascando la herrumbre y pintando la cubierta, luego de superar los mareos por el ‘mal del mar’. Una fuerte lluvia castigaba el puerto cuando desembarcamos en Buenos Aires, dos típicos ‘gringos’ que no sabían una palabra de español. Fui a un hotel de primera clase, a cuyo propietario había conocido en Inglaterra. Mi primer intento por hablar español fue en un tranvía. Le pedí al conductor que se detuviera y, al bajar, le dije ‘mucha grasa’, oyendo sus risotadas que me parecieron las de un loco.
Permanecimos en Buenos Aires una semana en la que nuestra cuenta ascendió a cientos de dólares, lo que representaba una buena porción de nuestros escasos medios.
Nos trasladamos a una estancia en la Provincia de Córdoba. La estancia tenía más de 140 km cuadrados y pertenecía a una familia argentina. La administraba un norteamericano, muy conocedor de la vida campestre.
La estancia se dividía en tres secciones, una en la que me instalé yo, otra adonde fue mi hermano, y la tercera era la sede central. Yo estaba a las órdenes de un joven escocés. El campo tenía cerca de cuarenta km cuadrados, donde había 3.000 vacas, 2.000 novillos y 500 yeguas. Éramos mi compañero, un peón, un muchacho y yo. Mi casa tenia paredes y piso de barro, un techo de cinc con un poco de paja. Era fría en invierno, pero muy fresca en verano. Había una habitación para nosotros, donde comíamos y dormíamos, una para el cocinero (cuando había uno) y una cocina.”

El anónimo autor del relato, si -como dice Ogilvie- era un miembro del staff de la compañía que él gerenciaba, refería sus humildes comienzos como trabajador y, aunque desconocemos los detalles de su trayectoria, sin duda contó con la posibilidad de progresar, sobre todo por ser un extranjero vinculado de un modo u otro a una red de súbditos británicos y que contaban con relaciones que brindaban muchas oportunidades para el ascenso social. Tras su descripción inicial, el narrador aporta al relato jirones de su vida cotidiana, detalles que aproximan más la lente, como el episodio siguiente que provoca aversión.
“Bajo mi cama tenía la cueva de una serpiente; una larga serpiente negra salió de allí por la noche y, al oír un sonido, volvió a entrar. Hice de todo para intentar matarla, pero sin éxito. También tuve dos gatos que dormían en mi cama. Una noche sentí algo suave sobre mi pie. Creí que se trataba de los gatos, pero al tocarme con la mano el pie estaba lleno de sangre. Salté de la cama y encontré una liebre a medio comer y mis sábanas cubiertas de sangre.”

No es menos claroscuro su relato del trabajo en la estancia:
“Lo primero que tuve que hacer fue cuerear una vaca, lo que me hizo sentir bastante mal pues era un espectáculo impresionante. Al día siguiente me mandaron a traer el sebo de una vaca muerta. Cuando llegué no podía encontrarlo y me preguntaba qué sería. Vi un gran trozo de las vísceras de la vaca y lo cargué trabajosamente sobre mi nuevo recado. El caballo se espantó y llegué molido a mi destino. Le dije a mi compañero que ahí estaba el sebo que me había pedido, pero este rompió a reír diciéndome que lo que había traído era el intestino. No hace falta decir que mi recado quedó en estado deplorable.”