Los deportistas, esos genocidas silenciosos

Por Javier Boher
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¡Buen día, amigo lector! ¿Cómo se siente? ¿Ya se ha amigado con el moho que le está creciendo en el cuerpo de tanto estar encerrado? Aproveche para abrir las ventanas ahora que llegó agosto, que el mes del viento lo va a ayudar a sacarse ese verdín de encima.

Qué locura cómo están las cosas con esta cuareterna. El pico parece de novela, porque se está haciendo esperar como el primer chape de los protagonistas de los viejos culebrones de la siesta. Entiendo que hay que cuidar la salud de la gente, pero medio que ya estaríamos con este temita del encierro. Si seguimos así, varios van a tener que encargar que les pongan acolchado en las paredes. Menuda locura les está agarrando.

Igual, usted entiende que es importante quedarse en casa y encontrar un chivo expiatorio para ponerle el mote de enemigo de la salud pública. Los porteños tienen a esos degenerados corredores amantes de lo foráneo, que por tal cipayismo intrínseco han dado en llamarse “runners”. Desagradable.

Como acá las distancias son un poco más largas, las sierras están cerca y los cordobeses somos un poco más tímidos para el esfuerzo, los terroristas deportivos han mutado en una versión mecánica, sobre dos ruedas: los ciclistas. ¡Qué terrible!.

Este fin de semana fueron noticia. Camino a ese bastión porteño que es Charles Peace (porque comparten hasta la tonada napolitana con esos malandras del puerto) fueron interceptados por la seguridad ciudadana de Malagueño, que privilegió la salud de los habitantes de su ciudad. Las malas lenguas dirán que estaban allí para recaudar. Nada más alejado de la realidad.

Estos valerosos servidores públicos decidieron arriesgar su vida para proteger a sus vecinos de la nube covideana que esos desaprensivos ciclistas capitalinos pretendían llevar a las puertas del Valle de Punilla. Les secuestraron sus bicicletas, demostrándoles que la ley y el orden siempre triunfan sobre los sembradores de caos sanitario.

Humillados, como corresponde a seres tan egoístas respecto a la masa informe amenazada por el virus, debieron peregrinar de regreso a sus palacios, expiando las culpas por tratar de romper la armonía de un pueblo libre del bicho asiático.

¿Hacer dedo? No se compara a viajar en ambulancia. ¿Dolor de pies por las zapatillas de ciclista? Ni de cerca al dolor de pecho del coronabicho. Les cabe por terroristas biológicos.

 

Ahora algo más en serio

 

La verdad, amigo lector, qué pedazo de papelón que hicieron los muchachos de una ciudad serrana menos atractiva que salame de comadreja. Ni la idea de pasar por Malagueño sabiendo que no vas a entrar suena linda.

Eso de secuestrarles las bicicletas es de botón con pedigree, de esos que cuando los encontraban jugando a las escondidas salían a decir adónde estaban escondidos los otros.

La decisión es arbitraria y payasesca. Si vas en auto o en moto, ¿te los sacan o te mandan de vuelta? Si un runner cruza el límite departamental, ¿le sacan las zapatillas, lo mandan de vuelta o va preso?. Entonces si fuese corriendo y de traje, ¿tendría que dejar los zapatos para que no me metan adentro?. Las burradas que trajo el corona, papito…

A esta altura, la cuarentena es una especie de 1 a 1 sanitario: te la militan los oficialistas, no se dispara porque está atado a la fuerza, ya se nota que no funciona y cuando se libere va a venir un repunte vertiginoso. Ojalá no termine como con el Zabeca de Banfield, que largó la devaluación y multiplicó el valor del peso por cuatro. Te la regalo si se te disparan así los contagiados, presidente ojos de enfisema.

Qué se le va a hacer, estimado. No se puede hacer deporte, no se puede pasear, no sabemos si no nos quedamos sin ver a la familia. La gente que te dice que el pueblo puede elegir a su gobierno después te dice que los adultos no se saben lavar las manos cuando vuelven de la calle. En esas manos estamos. Ojalá después no se las laven.