La nobleza rockera

Surgido de las batallas de gallos donde se lució como freestyler, el rapero argentino Trueno ha conseguido instalarse en la escena nacional de la música gracias a un álbum muy potente y a una estrategia que dentro del rock ya no debería sorprender a nadie: la provocación.

Por J.C. Maraddón

Si el rock ha sobrevivido hasta el presente, seguramente no es por haber realizado un pacto con el diablo como reza el mito ni por esa fibra existencialista que tocó Neil Young al cantar: “Rock and roll can never die” (el rocanrol no puede morir). Lo más probable es que se haya establecido un vínculo virtuoso entre este género y la industria musical, que le garantiza una vida eterna en tanto sirva para seguir vendiendo discos y llenando shows, por más que sus fanáticos estén convencidos de que escuchando esos intérpretes se sitúan en una posición de inconformismo perpetuo.

Pero, más allá de los teóricos de la cultura que han analizado esta particular alianza, la leyenda de la rebeldía indomable del rock, que supuestamente se planta frente a la sociedad y le canta las cuarenta, todavía desata la fe de millones de creyentes que se aferran a ese relato y piensan que ese estilo continúa ejerciendo una misión justiciera. Una épica con trasfondo romántico que podía ajustarse en cierta medida a la realidad en los años sesenta, pero que no resiste el menor análisis hoy, cuando es tan fácil comprobar que muchos de los ídolos globales de ese movimiento no se preocupan más que por su cuenta bancaria.

La única vez que ese credo sufrió un cuestionamiento serio fue a mediados de la década del setenta, cuando los punks denunciaron el aburguesamiento de las utopías hippies y argumentaron que el rock había traicionado sus raíces y, por lo tanto, merecía ser desechado por las nuevas generaciones. Frente a la complejidad de la música progresiva, pregonaron un retorno a la simpleza y desbancaron la pericia instrumental y vocal como requisito para ingresar en la elite de los exitosos. Fue un violento sacudón que parecía dispuesto a arrasar con todo.

Pero ni siquiera ese nihilismo extremo consiguió derrumbar las sólidas estructuras de un emprendimiento que, por debajo de sus consignas bienintencionadas y conmovedoras, tejía acuerdos con el poder y satisfacía desmesuradas ambiciones. Así, los seguidores de las bandas aplaudían los lujos y placeres que se daban los músicos como algo típico de las rock stars, cuando en realidad se trataba de una abducción que introducía a los rockeros en un estatus del que ya no querrían salir. En esa caja negra, en la que los punks también iban a ser ingresados, se entraba como incendiario y se salía como bombero.

A esta altura del siglo veintiuno, seguir tomándose en serio esa quijotada del rock como agente revolucionario es entrar en un juego perverso cada vez menos creíble. Y por eso se festejan chistes como los de Capusotto, que exponen los lugares comunes de la liturgia rockera y los viran hacia el ridículo. O se escuchan frases como las de Trueno, la nueva estrella del hip hop argentino, que en su disco debut tira versos como “te guste o no te guste somos el nuevo rock and roll” y “si te vas, voy a morir más famoso que Lennon”.

Surgido de las batallas de gallos donde se lució como freestyler, Trueno ha conseguido instalarse en la escena nacional de la música gracias a un álbum muy potente y a una estrategia que ya no debería sorprender a nadie: la provocación. Sin embargo, muchos de la vieja y no tan vieja guardia cayeron en la trampa y se indignaron ante la irrespetuosidad de esta joven promesa que ha osado sentarse en el trono de la realeza rockera y se ha adjudicado un linaje que otros dicen detentar. Parecen haber olvidado los tiempos en que aplaudían el desparpajo y detestaban los títulos de nobleza.