La conducción política, no siempre popular

El acercamiento de posiciones entre los gobiernos nacional y provincial dejan en claro que conducir es más que tratar de ser popular.

Por Javier Boher
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La conducción política no es algo sencillo. No se trata tanto sobre llevar a la gente a un lugar feliz, sino más bien sobre dirigirla al mejor lugar posible. Entre uno y destino puede haber una distancia considerable, que quien conduce debe saber presentar como lo más corta posible a los ojos de los votantes.

El gobernador cordobés está hoy en terreno resbaladizo. Sabe bien cuáles son las demandas de los que le concedieron un triunfo amplio en las últimas elecciones, pero entiende también que la gestión del día a día implica transgredir el mandato otorgado: mejor llegar a un destino posible que hundir el barco por no querer modificar un poco el rumbo.

Los tiempos de pandemia han representado una prueba más que considerable para los gobiernos de todo tipo. Algunas provincias han sabido mantenerse a flote mejor que otras, quizás por la experiencia acumulada de sus cuadros técnicos y políticos a lo largo de los años. Sin embargo, la cosa se hace cada vez más cuesta arriba, incluso para los más acostumbrados a administrar recursos escasos.

Esa situación le plantea al gobernador la obligación de acercar posiciones con el gobierno nacional, el único con la capacidad de inventar plata, aunque eso signifique destruir progresivamente el valor de la moneda.

El riesgo de un juego como ese, es que se pone en el tablero todo el capital político conseguido, que puede esgumarse rápidamente cuando los números no acompañan. Sin embargo, la conducción política implica -necesariamente- tomar ese riesgo, porque no hacerlo sólo significaría postergar ese desenlace, mas nunca evitarlo.

La gestión nacional se encuentra en una situación en las antípodas a la que marcó los inicios del kirchnerismo, con commodities por las nubes y un tipo de cambio competitivo. Hoy tiene un cepo que intenta contener la fuga de divisas por el atraso cambiario, mientras los commodities están en su nivel más bajo en años. Ese es el marco en el que se desarrolla un discurso político que siempre fue resistido por los cordobeses.

En época de vacas flacas, aumentan las tensiones internas, que son debidamente explotadas por los que pretenden el colapso de la coalición de gobierno. Allí, los fundamentalistas reclaman por avanzar más rápido con la agenda chavista, mientras los moderados saben que eso solo erosionaría aún más las débiles bases de sustentación sobre las que se asienta el gobierno.

El caso de Vicentin, la reforma de la justicia, los ataques a los silobolsas, el aumento de las retenciones, el cambio de la ley de economía del conocimiento y el proyecto a las grandes fortunas son todas cosas que pasan muy de lejos a los feudos del NOA o al desierto patagónico, pero son centrales en el corazón productivo del país.

Acercar posiciones con un gobierno nacional que tiene una conducción clara -pero tras bambalinas- desde un bastión refractario al kirchnerismo (como es Córdoba) es un difícil equilibrio para un experimentado dirigente como Schiaretti, que privilegia no sólo la gobernabilidad de la provincia, sino también la gobernabilidad hacia dentro del peronismo cordobés (donde ya empiezan a querer asomar la cabeza los que pretenden ser los bendecidos para la contienda de 2023).

Así las cosas, Schiaretti se encuentra en un escenario complicado. Debe hacer equilibrio con las finanzas provinciales, en el frente interno y con un gobierno nacional resistido en la provincia que gobierna, pero con el poder sobre las instituciones que regulan la vida en el estado del que forma parte.

La apuesta no es segura, ni están tan claros los costos ni los beneficios. Sin embargo, el éxito no radica en conducir para ser popular, sino en hacerse popular por ser quien conduce.