La vida como obra de arte (pop)

Un interesante documental que está en la grilla de Netflix, recorre el ascenso, el apogeo y la caída de Walter Mercado, un astrólogo puertorriqueño que durante décadas fue idolatrado por las audiencias latinas de Estados Unidos, donde recibió el beneplácito de los famosos.

Por J.C. Maraddón

Mucho tiempo ha pasado desde la época en que resultaba muy sencillo distinguir a quien era artista de quien no lo era. Y eso ocurría porque se consideraba el arte como una expresión sublime que estaba más allá de las cuestiones vulgares y que surgía de una inspiración a la que muchas veces se le adjudicaba connotaciones divinas. No cualquiera poseía ese don que le permitía volcar su talento en una obra que provocara la admiración de los simples mortales, quienes en presencia de un cuadro o de una ópera experimentaban una sensación espiritual a la que sólo se accedía por esa vía.

Sobre todo a partir del siglo veinte, cuando algunas producciones artísticas tomaron un rumbo industrial y empezaron a confundirse con el negocio del entretenimiento, lo que antes quedaba fuera de cualquier duda comenzó a ser cuestionado. De hecho, al calificar al cine como el “séptimo arte”, se buscó despejar las sospechas que existían acerca del cinematógrafo, que en sus orígenes había sido poco menos que una atracción circense. Ya en ese entonces se volvía difusa la verdadera trascendencia cultural que podía tener una película, en especial aquellas que habían sido concebidas para que las consumiera el gran público.

La televisión, con su masiva llegada a los hogares, constituyó la piedra del escándalo, porque su contenido se proponía claramente divertir e informar a la audiencia, sin ningún otro objetivo de mayor vuelo que ese. Sin embargo, la difusión de joyas cinematográficas en la pantalla chica, además de otras piezas audiovisuales de gran calidad, ampliaron la confusión y desaconsejaron las opiniones absolutas al respecto. En simultáneo, el arte pop rompía los antiguos cánones y establecía nuevos parámetros creativos, que cuestionaban la supuesta incongruencia entre la alta cultura y las manifestaciones populares o industriales que trascendían a través de los medios masivos.

Fue también la televisión, ayudada más recientemente por las redes sociales, la que dio lugar a la intromisión de celebridades que no cantaban, ni bailaban ni desempeñaban ninguna función específica, más allá de haber cobrado fama por su figuración en la tele. Por alguna extraña razón, que tenía que ver a veces con su carisma o con su afición al ridículo, el público terminaba identificándose con estos personajes, a los que mucho después se dio en llamar “mediáticos”. Quizás Ricardo Fort haya sido en la Argentina uno de los ejemplos más concretos de esta raza, aunque su trágico final haya impedido saber cuán lejos podrían haberlo llevado sus ansias de trascender.

Un interesante documental que está en la grilla de Netflix, recorre el ascenso, el apogeo y la caída de Walter Mercado, un astrólogo puertorriqueño que durante décadas fue idolatrado por las audiencias latinas de Estados Unidos, donde recibió el beneplácito de los famosos hasta transformarse él mismo en uno de ellos. Aunque su inclinación hacia la astrología fue más accidental que vocacional y por más que su aspecto era por demás estrafalario, Walter Mercado estaba dotado de un don especial que congregaba a multitudes ante el televisor cada vez que se emitían sus programas.

“Mucho, mucho amor: la Leyenda de Walter Mercado”, es el título de este filme de 2020 que sitúa al hombre fallecido a fines del año pasado en una categoría que bien podría ser homologable a la de un artista. Una especie de pop star que, además, se había instalado como ícono gay por sus modales en cámara, su maquillaje y su bizarro vestuario, si bien nunca confesó abiertamente su orientación sexual. La película de Cristina Costantini y Kareem Tabsch, con su concatenación de testimonios y de material de archivo, nos revela los detalles de una vida desopilante que, sin duda, es la obra legada por Walter Mercado.