El inútil ejercicio de advertir a los acreedores externos

La intransigencia del mandatario es típica del populismo, que requiere siempre la presencia de un enemigo que conspire contra los salvadores del pueblo.

Por Pablo Esteban Dávila

Alberto Fernández advirtió ayer a los bonistas que “deben saber que no vamos a postergar a ningún argentino para pagar una deuda que no podemos pagar” en el marco de un acto virtual destinado a inaugurar hospitales modulares destinados a pacientes de Covid-19. Insistió sobre que “somos muy conscientes de los que nos pasa, de cuál es nuestra prioridad y cuál es nuestro interés primero, que es cuidar la salud de los argentinos” señalando, a mayor abundamiento, que “nadie nos va a doblegar en eso”.

Sus declaraciones fueron una respuesta a la posición de un grupo de acreedores que insisten en que el gobierno debe aceptar la contrapropuesta presentada ante Martín Guzmán el lunes de la semana pasada. Si bien la diferencia entre las partes no es grande (el ministro propone una valuación de los bonos soberanos de 53,5 dólares y, la contraparte, de 56,5 dólares por lámina), el presidente parece no querer dar el brazo a torcer, al tiempo que se aleja la posibilidad de una salida negociada.

La intransigencia del mandatario es típica del populismo, que requiere siempre la presencia de un enemigo que conspire contra los salvadores del pueblo. Los bonistas, en el contexto de la pandemia, son el blanco perfecto: desalmados personajes que pretenden cobrar cuando el sufrimiento de la Argentina es palpable.

El problema es que el país ya sufría -económicamente hablando- sin que los acreedores hicieran gran cosa. ¿O a alguien se le ocurre que, sin la amenaza de la deuda externa, las cosas por aquí andarían mejor? Las inconsistencias macro son tan fuertes, tan estructurales, que el tema que obsesiona al presidente es, si se quiere, menor.

Es cierto que la deuda ha crecido mucho durante la administración anterior, pero no es menos real que los sucesivos ministros de economía de Mauricio Macri tomaron dólares del mercado para pagar los que Cristina pidió prestados en su hora y pateó para adelante. Y, tampoco, que los sucesivos gobiernos nacionales han debido endeudarse porque el nivel del gasto público interno es, sencillamente, imposible de sufragar con los recursos que genera el sistema tributario.

Fernández, en lugar de amonestar a los acreedores externos con una retórica inútil, que ya no conmueve a nadie, debería explicar a los ciudadanos que la deuda existe porque el Estado nacional es incapaz de la moderación financiera. De tanto luchar, supuestamente, contra la pobreza, los gobiernos nos han hecho cada vez más miserables y dependientes de fondos de inversión que deben ser tentados periódicamente con intereses inverosímiles, que, por ejemplo, ni Bolivia ni Paraguay siquiera considerarían.

Nadie obligó nunca a la Argentina a endeudarse. Lo hizo por una decisión soberana, fruto de su fetichismo del Estado, que lo impulsa a gastar en las aventuras más disparatadas en búsqueda de justicia social e independencia económica, históricos clichés para encubrir colosales dispendios. ¡Y ahora quienes le prestaron son los insensibles! El presidente ofende, una vez más, a la inteligencia y al sentido común.

También lo hace cuando supedita al arreglo de la deuda el presentar, formalmente, las medidas para reactivar la economía que, aparentemente, guarda bajo siete llaves. Cualquier acreedor, por infame que sea, tiene derecho a preguntar cómo hará el gobierno, sea el argentino o el ucraniano, para pagarle una vez que hayan sido acordados los términos del arreglo. Fernández, con lógica indescifrable, pone el carro delante del caballo: “primero firmen, que luego les diremos como lo vamos a hacer”. Para colmo de males, acaba de afirmar, nada menos que ante el Financial Times, que él “no cree en los planes económicos”. No es algo que se vea todos los días.

La reticencia de los acreedores no tiene nada de misterioso ni de gorila; simplemente, les cuesta aceptar la palabra de un pródigo incurable. En números fríos, la Argentina dista de ser el país más endeudado del mundo. Grandes potencias deben más que su PBI y, sin embargo, el mercado les presta todo el dinero que requieren a tasas bajísimas. También lo hace en estas épocas tan difíciles, con sus economías cayendo abruptamente y con las expectativas generales por el suelo. ¿Discriminación hacia Buenos Aires? En absoluto. Sólo confían en sus sistemas políticos y productivos. Un país ordenado, previsible e integrado al mundo es la mejor garantía de reducidos tipos de interés y abundancia de capitales, todo lo contrario del que conduce Fernández.

No obstante, es entendible que el presidente quiera renegociar la deuda. Aunque sinceramente deseara pagarla, no tiene como hacerlo. Pero una cosa es confundir una instancia técnica, de tome y daca, con una epopeya nacional y popular. Hace rato que la deuda no influye sobre nuestros descalabros; de hecho, estuvimos más de 10 años en default sin que las cosas mejoraran sustantivamente. Aún más, la presión impositiva no hizo otra cosa que incrementarse, sin que el mayor esfuerzo fiscal tuviera por destino, que se sepa, calmar a ningún fondo buitre. Si la Casa Rosada no entiende esto, corre el riesgo de confundir sus filípicas hacia los bonistas con una causa berreta que, de exagerarse, no logrará otra cosa que profundizar los complejos problemas por los que atraviesa el país.