La estrella de la independencia

A menos de un año de la salida de su disco anterior, Taylor Swift soprendió a todos con la publicación de un nuevo álbum, “Folklore”, en el que además tiene la osadía de abrazar la causa “indie”, a pesar de que es una de las pop stars más exitosas en lo que va del milenio.

Por J.C. Maraddón

El denominado rock independiente fue una consecuencia natural del punk, que en su momento cuestionó a los artistas instalados por la industria y predicó un “hágalo usted mismo” que cambió de raíz el panorama musical de mediados de los años setenta. Aunque los intérpretes más conocidos de ese género rupturista terminaron grabando para sellos multinacionales, su prédica no cayó en saco roto y antes de finalizar esa década ya existían en Inglaterra algunas compañías que empezaban a conformar un circuito alternativo del que emergerían algunas de las bandas clave de los ochenta, como New Order, The Cure, Depeche Mode o The Smiths.

Esos emprendimientos de bajo presupuesto, generalmente liderados por melómanos dispuestos a fichar solo aquello que les gustaba sin pensar en sucesos comerciales, adquirieron una importancia fundamental para la evolución rockera. Por su propia naturaleza, promovían iniciativas que no se acoplaban a lo establecido y que en muchos casos abrían nuevos caminos sonoros por los que después iba a transitar un tropel de figuras. Nombres como Factory, Beggars Banquet, 4AD, Mute o Creation nunca llegaron a hacerle sombra a las firmas globales, pero fue gracias a su empeño que el panorama se diversificó y que se dieron a conocer voces diferentes.

Por lo menos hasta el primer decenio del nuevo siglo se extendió el predicamento de estos sellos divergentes que a lo largo de unas tres décadas brindaron soporte discográfico a la escena “indie”, no sólo la limitada a Inglaterra sino a la que pudiese provenir de cualquier otro lugar. Una mística especial rodeaba a estas particulares empresas que, a pequeña escala, funcionaban de acuerdo a un criterio que no desdeñaba la lógica del mercado, pero que en vez de apuntar al público en general, se concentraba en nichos muy específicos y les proponía una oferta que los cautivaba.

La crisis que afectó a la industria del disco hace unos veinte años, con el avance de la piratería y del intercambio de archivos digitales, también asestó a un duro golpe a estos proyectos independientes, en un quiebre que se pronunció aún más cuando aparecieron las plataformas de streaming como principal vía de distribución para los álbumes y las canciones. Sin embargo, aquel espíritu indomable que animó a estos sellos desde su surgimiento, pervive en los artistas que se enorgullecen de sostener la corriente y que aún hoy luchan por defender su derecho a tocar lo que sienten, en vez de plegarse a las tendencias de moda.

Por definición, al ser una de las estrellas pop más famosas en lo que va del milenio, Taylor Swift no debería tener ninguna vinculación con ese segmento “indie” que evita la dictadura de los rankings de ventas a la hora de evaluar qué tan trascendente es un músico. Ella, acostumbrada a habitar la cima de los charts y a arrasar con los premios de las categorías en las que está nominada, más bien parecería pertenecer a la raza de las celebridades que han construido su reputación en base a hits que le han proporcionado la adoración de fanáticos en todo el mundo.

Sin embargo, a menos de un año de la salida de su disco anterior, Taylor Swift sorprendió a todos con la publicación de un nuevo álbum, “Folklore”, en el que además tiene la osadía de abrazar la causa “indie”. Ya sea que lo haya hecho como homenaje o como un simple remedo, la cantante consigue un excelente resultado, acompañada de cerca por Aaron Dessner del grupo (independiente) The Nacional. Quizás sus seguidores se hayan desorientado al escuchar esas piezas más melancólicas que pegadizas, pero es innegable que se trata de una jugada de gran riesgo, valorable en una cantautora que bien podría haberse mantenido a resguardo en su zona de confort.