Los indios bravos de la frontera sur (Tercera Parte)

Tras su duro enfrentamiento con una partida de originarios entre Fraile Muerto y Río Cuarto, W. S. Pafitt y Monsieur Moustier logran huir, ambos heridos, y salvar sus vidas. Perdidos en la pampa, lograrán finalmente llegar a Ballesteros.

Por Víctor Ramés
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“Enlazando caballos salvajes” litografía contenida en la crónica de W. S. Parfitt.

Parfitt y Moustier tuvieron un duro encuentro nocturno con una partida de indígenas, en el que ambos recibieron heridas y también mataron e hirieron a varios de sus atacantes, tal como cuenta el primero en su crónica titulada Aventuras en las fronteras de la República Argentina, en 1868. Ambos viajeros atravesaban territorio sometido a frecuentes incursiones de originarios, posiblemente ranqueles -aunque se les informó equivocadamente que se trataba de calchaquíes-. Comenta Parfitt que, de haber decidido sus atacantes proseguir la persecución, con mejores caballos y habiendo quedado ambos europeos sin municiones, habría sido el fin para estos. Parfitt había recibido lanzazos en las piernas, en tanto Moustier tenía una herida profunda en el cuello.

Tras galopar por algún tiempo si aflojar la velocidad, llegó el amanecer y pudimos ver que no había señales de los indios, por lo que decidimos parar junto a una laguna que no estaba muy a la vista, para lavarnos las heridas que dolían bastante, y también a beber agua ya que estábamos muy sedientos debido a la pérdida de sangre. Al desmontar vi que me era imposible permanecer en pie debido a la herida en mis piernas. La lanza, tras lastimar los músculos había quebrado huesos pequeños, y mis botas de montar estaban llenas de sangre. La herida del Sr. Moustier en el cuello se veía mal, el lanzazo había abierto dos pulgadas en la carne y habían quedado expuestos venas y nervios. La vendé con jirones de su propia camisa y luego nos echamos a descansar.”

Habían galopado toda la noche, sin saber en qué dirección, hasta el amanecer y se hallaban exhaustos tras el choque. Si bien las heridas no eran gravísimas, ambos se sentían debilitados. Descansaron por algunas horas para reponerse.

Tras un tiempo, intenté volver a montar, pero estaba muy dolorido y débil para hacerlo. Mi compañero sugirió entonces que me quedase donde estaba, mientras él iba hasta un bosque cercano a ver si lograba cazar algún animal para comer, ya que solo nos quedaban unos cuantos bizcochos. Regresó pronto, trayendo un pequeño ciervo rojo al que había capturado entre la vegetación tomándolo por los cuernos y atando una soga alrededor de su cuello para llevarlo consigo. Pronto fue muerto y cocinado, brindándonos una cena de primera clase, más tarde un almuerzo y el desayuno de la mañana siguiente. La porción restante la llevaríamos para comer al día siguiente. Permanecimos allí por la noche, pero a la mañana, sabiendo lo difícil que sería llegar a Río Cuarto en nuestras condiciones, decidimos regresar en dirección al noreste y, si lo lográbamos, volver a la estancia de nuestro amigo (Mr. Ball). Aunque, desconociendo la dirección que habíamos tomado en la oscuridad al huir de los indios, yo no era muy optimista. Anduvimos durante tres días, tan rápido como nos lo permitían nuestras heridas, sin hallar la estancia de Mr. Ball. A la cuarta mañana divisamos el rancho de un nativo y galopamos hacia allí con el propósito de averiguar dónde nos hallábamos.”

La hospitalidad del dueño de aquel ranchito perdido en la pampa representa una señal positiva para los viajeros en situación casi desesperada, y su única oportunidad de regresar a un centro poblado.

Nos invitó a desmontar, cocinó un cordero para nosotros, nos convidó mate y tras haber permanecido un tiempo más descansando, montó su caballo para mostrarnos el camino hacia un pueblo pequeño, a unas cuatro leguas de distancia, llamado Ballesteros, o Esquina, donde hallaríamos una estación del Central Argentino.”

Acompañados por el diligente paisano, Parfitt y Moustier toman el camino indicado y arriban a aquel punto mucho más próximo a Fraile Muerto que a Río Cuarto.

Llegamos poco antes del atardecer a un pequeño poblado que consistía solo en unos ranchos de barro; pero tan pronto como nuestro amable guía mencionó nuestras heridas y nuestro encuentro con los indios, todos los habitantes parecieron disputar en gentilezas para con nosotros y nos vimos pronto instalados en una de las mejores viviendas, e inmejorablemente atendidos. Permanecimos allí, tratados con gran cordialidad por varios días, durante los cuales mis heridas sanaron. Mi pierna, sin embargo, me causó agudos dolores por bastante tiempo, cada vez que intentaba caminar.

El cuello de Moustier cicatrizaba lentamente, y no ayudaba en su curación su hábito de consumir bebidas fuertes que irritaron de tal modo su herida que a pocos días debió partir hacia Rosario, para recibir atención médica. Yo debiera haberlo acompañado, pero mi pierna lo impidió y decidí que solo quedándome un tiempo más allí podía mejorar, por lo que me quedé y acordamos encontrarnos de nuevo en unas pocas semanas en Buenos Aires, pero pasaron varias hasta que un pedacito de hueso suelto de mi pie ser las arregló para salir y esto aceleró mi cura.”

Ambos viajeros se separaron en aquel lugar de la pampa cordobesa y ya no volverían a encontrarse, como lo explica Parfitt en los párrafos finales de su crónica. Por otro lado, Moustier, que no había querido oír razones para renunciar a aquel viaje en que Pafitt lo acompañó, se convenció eventualmente de que su tierra próxima a Río Cuarto había sido una pésima inversión.

Antes de abandonar aquellos pagos, pasé a visitar a los colonos escoceses en Fraile Muerto, donde me recibieron con tal hospitalidad que me costó volver a partir. Al pasar por Rosario en mi camino a Buenos Aires, pregunté por M. Moustier y me dijeron que, tras permanecer unos pocos días, al no mejorar su herida se había ido en vapor a Buenos Aires, para hacerse atender en un hospital. Cuando llegué a Buenos Aires me acerqué al hospital, pero se me dijo que mi amigo había sido curado y decidió volverse a Europa, manifestando que ya había visto lo suficiente de Sudamérica.

Así acabó mi experiencia de viaje por la frontera. Aunque luego debí escapar por poco en otras ocasiones, en Paraguay y en Brasil, nunca me sentí tan en peligro como cuando nos tenían rodeados los indios Calchaquíes.”