Una partida complicada, pero con un jugador con fecha de vencimiento

Las herramientas para detener al Covid-19 requieren, a medida que pasa el tiempo, mayor refinamiento. Es un hecho que la contención basada en la cuarentena estricta ya ha dado todo lo que podía dar. La sociedad no está dispuesta a seguir en confinamiento.

Por Pablo Esteban Dávila

La humanidad parece, en su lucha contra el coronavirus, recrear la película “El Séptimo Sello” (Ingmar Bergman, 1957) que, ambientada en la Europa medieval durante la peste negra, relata el viaje de un caballero cruzado y de una partida de ajedrez que él juega con la Muerte, la cual ha venido a tomar su alma. La alegoría se antoja adecuada, toda vez que se percibe que el virus es un experto en poner en jaque a las autoridades sanitarias todo el tiempo, sin importar países o continentes. Esto también es cierto para Córdoba, en donde las noticias del COE intentando doblegarlo a lo largo de la provincia son elocuentes.

Las herramientas para detener al Covid-19 requieren, a medida que pasa el tiempo, mayor refinamiento. Es un hecho que la contención basada en la cuarentena estricta ya ha dado todo lo que podía dar. La sociedad no está dispuesta a seguir en confinamiento. A las autoridades no le queda otra que jugar la partida con cada vez más gente en la calle y con buena parte de las actividades económicas nuevamente habilitadas. Esto significa mayores posibilidades de contagios y dolores de cabeza para los responsables de controlarlos.

El COE ha optado por desplegar una estrategia foquista. Allí donde aparecen infectados se descarga todo el arsenal sanitario, el que incluye el retorno a fase 1, hisopados masivos y aislamiento de los casos positivos. Debido a la preocupación del gobernador por las consecuencias económicas derivadas la pandemia, desde hace ya varias semanas ningún responsable insinúa volver para atrás indiscriminadamente con las flexibilizaciones.

Por ahora, el Panal viene evitando el jaque mate, si se entiende por tal cosa regresar a la cuarentena rígida. El espejo del AMBA que, pese al incremento de los contagios y de las muertes, ha retomado la flexibilización, presenta una imagen clara: no es posible seguir contando con el acatamiento social a más de 100 días de decretada. Aun si Juan Schiaretti dispusiera algo parecido, el nivel de obediencia que encontraría sería bajo.

Como jugador, el virus parece imponente. En apenas seis meses ha puesto al mundo patas para arriba. La crisis económica que ha generado no tiene parangón en la historia moderna y hay actividades que tardarán mucho en recuperarse del todo. Ni siquiera en los países en donde la plaga ha cedido se sabe exactamente como continuar manejándola ante la aparición de más contagios y nuevos decesos.

Sin embargo, debe decirse que su imagen se agiganta por los temores de sus propios contrincantes más que por los datos duros. Si se considera el total de muertos en el mundo desde que se conociera de su existencia (hasta la fecha, 608.463), el Covid-19 es más benévolo, por lejos, que la gripe española o la peste negra, cuyas víctimas se contaron por decenas de millones. Su índice de letalidad a nivel mundial (4%) es también bajo y la cantidad de recuperados resulta significativa. Muchos de los infectados no tienen noticias de padecerlo y la mayoría que tienen algún síntoma son tratados con medicamentos comunes. Sólo una baja tasa de pacientes con coronavirus necesita de tratamientos especiales y una cantidad todavía menor requiere asistencia respiratoria mecánica.

Los números en Córdoba son, asimismo, alentadores. La provincia cuenta con 38 decesos y un total de 1200 infectados. Apenas el 5% de las camas destinadas a los pacientes seropositivos están ocupadas. El promedio de edad de los fallecidos es de 72 años (a nivel nacional es de 76) y, entre ellos, los más jóvenes tenían patologías previas que el coronavirus agravó. Para situar el problema en su real dimensión téngase presente que, a nivel país, todos los años mueren más de 30 mil personas por neumonía e influenza y que, en su gran mayoría, son adultos mayores y quienes padecen comorbilidades, exactamente los mismos grupos que elige el nuevo villano.

¿Se justifica, entonces, cancelar la vida social y económicas del planeta por un virus que, a priori, no parece ser peor que el de la gripe? Con las lecciones aprendidas la respuesta parecería ser negativa, pero esto es hablar un poco con el diario del lunes. La humanidad reaccionó con el instinto de proteger a los suyos por sobre cualquier otra consideración ante una amenaza de la que poco se sabía, lo cual es una manifestación de progreso moral. En otros tiempos no se podría haber contado con tal cosa. Además, no puede soslayarse que el Covid-19 es altamente contagioso y que esta característica puede hacer colapsar la disponibilidad de camas críticas por mayor previsión que se haya puesto al respecto.

Sin embargo, esta prevención no aconseja adoptar una misma vara para todos. Aislar a los grupos de riesgo es casi una obligación pero hacerlo con quienes, aun enfermándose, no pasarían demasiados sobresaltos, se imagina contraproducente. Por otra parte, tampoco debe olvidarse que este jugador tiene fecha de vencimiento: tan pronto esté disponible una vacuna pasará a la historia. Ya existen al menos dos en fases adelantadas de experimentación y es seguro que, antes de fin de año, están disponibles comercialmente. Bergman no podía utilizar esta variable en su aclamada película.

Por lo tanto, el asunto se trata de aguantar lo mejor que se pueda hasta que llegue el momento de la genuina liberación. Y de hacerlo racionalmente. Uno de los aspectos que ya debería dejar de pensarse es la reimplantación de cualquier clase de restricción. Con las pruebas en la mano, este remedio es peor que la enfermedad. La secuela de pobreza, destrucción de puestos de trabajo y de empresas que dejará la pandemia es demasiado elocuente como para insistir en el tipo de recetas como las prescriptas a finales de marzo. Es posible asumir el riesgo calculado de contagiarnos antes de continuar enfermos, con certeza, de la letal crisis económica.

Se asume que ciertas molestias individuales deberán continuar, asaz las flexibilizaciones en curso. El uso de tapabocas, lavado de manos y prudencia en las reuniones sociales no podrán ser obviadas hasta que se encuentre disponible una vacuna efectiva. Son contrariedades menores si de lo que se trata es de recuperar las libertades perdidas.

Pero lo central es abandonar la convicción determinista de que el contagio es igual a una muerte segura. Esto no es así y las estadísticas desmienten esta prevención. Es tan malo buscar deliberadamente la infección como querer evitarla mediante aislamientos con consecuencias peores a las del virus. En adelante, y si se quiere ganar la partida, será menester avanzar para recuperar el terreno perdido, protegiendo a quienes realmente necesitan ser protegidos e invitando al resto a retomar, con responsabilidad y las precauciones del caso, en control de sus destinos.