La enseñanza de los fans

Desde una cuenta de Twitter que idolatra al grupo estadounidense Paramore, se criticó en buenos términos algo que la banda había usado como motivo de un afiche: una intervención que alguien había hecho de la tapa de su disco “Riot!”, en apoyo al Black Lives Matter.

Por J.C. Maraddón

Cuando la cultura pop encontró en la proliferación de los fans una veta comercial que facilitaba las ventas de discos y de entradas para shows, incentivó ese tipo de admiración ciega que tan redituable se mostraba. Aquellos fieles seguidores tenían la pasiva misión de adorar a las estrellas de su preferencia y de defenderlas a toda costa, porque entre sus creencias ocupaban un lugar equiparable al de las deidades religiosas. Los gritos histéricos y la caza de autógrafos eran dos de las actividades más habituales entre las que desplegaban estas comunidades que se organizaban en clubes para confraternizar y compartir inquietudes.

Los músicos tuvieron actitudes muy diversas con respecto a esta fe ciega que desataban. Algunos consideraban a estos admiradores como sus esclavos y los sometían a todo tipo de humillaciones sin remilgos, en tanto que otros se cuidaban de conservarlos porque sabían que había allí un caldo de cultivo para que sus lanzamientos discográficos fuesen un suceso y para que los tickets de sus conciertos se agotaran en cuestión de horas. Entre estos dos extremos, un sinfín de matices se presentó a lo largo de las décadas, aunque casi siempre se trató de una relación desigual entre un semidiós y sus creyentes.

De a poco, los fanáticos se organizaron para realizar campañas y eventos solidarios en nombre de sus ídolos, y de esa manera abrieron un camino insospechado que cambió su imagen ante la sociedad: quienes los veían como unas cabezas huecas que perdían el tiempo enceguecidos por perseguir a un famoso, empezaron a considerarlos como jóvenes con sanas intenciones que canalizaban de la mejor manera su pasión por la música. De aquella postura meramente contemplativa de un principio habían pasado a la acción, pero jamás se apartaban de lo que era su razón de ser: rendir culto a su artista favorito.

Con la dinámica de la web y los intercambios que posibilitan las redes sociales, esas asociaciones que se conformaban en torno a los fans de un músico fueron tomando una dimensión mayor y engendraron fenómenos globales dignos de análisis. Quizás el más reciente ejemplo de ese crecimiento sea la participación de los seguidores del pop coreano en la lucha del Black Lives Matter, con un boicot contra una aplicación policial a la que consideraban racista, algo que ya comentamos en esta columna y que exhibe una faceta de activismo social como nueva instancia en la evolución de estos clubes.

Sin embargo, estos cambios nunca habían llevado hasta ahora a que los fanáticos cruzaran la raya y cuestionaran a aquellos astros a los que idolatran. Hasta que, hace pocos días, desde una cuenta de Twitter que respalda a ultranza al grupo estadounidense Paramore, se criticó en buenos términos algo que la banda había retuiteado y luego usado como motivo de un afiche: una intervención que alguien había hecho de la tapa de su disco “Riot!”, en la que en vez de la palabra que allí se repetía en distintas tipografías sobre un fondo blanco, se podían leer los nombres de los afroamericanos que habían caído víctimas de la violencia policial.

Paramore consideró ese gesto como una lógica continuidad de su apoyo explícito a las protestas en contra del racismo en Estados Unidos, pero alguien que los admira les hizo ver que estaban equivocados, porque más allá de sus loables propósitos estaban sublimando como arte y usando como póster de promoción una lista de personas reales que habían sido asesinadas por el color de su piel. El grupo no sólo quitó de todas partes la obra, sino que además aceptó las sugerencias sobre otras maneras de aportar a la causa. Aprender de los fans parece ser la próxima estación en este viaje.