Cuando Florian Paucke anduvo por acá (Segunda Parte)

El jesuita misionero austríaco llegado en 1749 transcurrió los primeros años de su estadía en Córdoba y relata, con disciplinada y detallada escritura, su vida de estudiante de Teología en el Colegio y las primeras lecciones de música que tuvo que dar.

Por Vïctor Ramés
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Diversas categorías y vestimentas de estudiantes de la Universidad y el Monserrat. Ilustración de Florian Paucke (S. XVIII).

A comienzos de abril de 1749, Florian Paucke y sus compañeros recién llegados se encontraban comenzando sus años de estudio en Córdoba, luego de los cuales serían destinados a diferentes responsabilidades como misioneros, o a cargos en la administración de la Provincia Jesuítica del Paraguay. Su primera descripción de Córdoba se parece a un tour religioso:

La ciudad de Córdoba en Tucumán no es una ciudad demasiado grande pero tampoco demasiado chica; posee calles ordenadas y parejas, una espaciosa plaza cuadrada, vistosos pero bajos edificios; está habitada por muchos respetables y ricos españoles. Tiene un obispo que habita allí en su residencia, cuenta con ocho canónicos; tiene una linda y grande iglesia catedral. Fuera de ésta se cuentan aun otras ocho iglesias, tres conventos de órdenes, dos conventos de vírgenes y un collegium que en esta provincia es denominado collegium maximum.”

Paucke se dedica luego a detallar la belleza interior de la iglesia de la Compañía y su boato, sobre la que dice: “no es un milagro que esta iglesia [sea] tan magnífica; pues cada procurator que viaja a Roma y trae consigo una misión a América se esfuerza en traer consigo algo elegido para esta iglesia.” También describe la biblioteca del colegio en el que junto a sus compañeros debe cursar los estudios de Teología que, una vez completados, incluían el terciorado o tercer año de prueba. En su descripción dedica unas líneas al Colegio de Monserrat donde “al igual a un convictorio vivían setenta y aún más alumnos mantenidos en buen orden de costumbres y estudios por un rector, un ministro, dos correpetidores o pasantes como se les llama allá y son atendidos por un procurator y auxiliares”. Respecto a la estricta disciplina de estudio y de proceder de esos estudiantes, aporta lo siguiente:

En cuanto alguno no quiere someterse al orden de la casa, puede pronto comenzar la partida, aunque ésta se efectúa en todo honor. El infractor es primero amonestado, castigado y obligado en lo posible a la observación de sus deberes; si las amonestaciones y medios son infructuosos, los padres del joven son advertidos para que determinen lo más conveniente sobre sus hijos porque la puerta ya estaría abierta para su hijo. Si entonces no es de esperar una enmienda se previene al alumno de proveerse de su correspondiente vestimenta para la partida; cuando ella está lista, se reúnen todos sus convictores, le acompañan junto con el P. Rector hasta la puerta de la casa y lo despiden. Esta despedida aunque es tan cortés se considera asimismo tan denigrante por los externos que parece que llevaran quemadas sobre la espalda la horca y la rueda. En este convictorio hay hijos de los padres más distinguidos y más ricos. Si bien algunos son becados, los más habitan esta casa en virtud de sus propios medios.”

Uno de los aportes de Paucke a la historia de la educación jesuítica en Córdoba en el siglo XVIII es su descripción de las vestimentas de los estudiantes, cuyo traje “es negro y consiste en una capa de vuelo entero pero cerrado a costura, tiene una sola abertura desde el cuello hasta la mitad del pecho que se cierra por cuatro o seis botoncitos. A ambos lados tienen arriba las aberturas correspondientes por donde pasan sus brazos que son revestidos con negras mangas postizas iguales a las que suelen llevar en Bohemia los señores clerici o sacerdotes seglares. Su vestimenta es toda de paño.” Incluyó también en su escrito una ilustración sobre este modelo y otros de que también habla.

Una faceta muy rica de Paucke en Córdoba, fueron sus lecciones de música a los esclavizados africanos que servían en el Colegio. Para esto debió meterse a compositor y enseñarle a tocar diversos instrumentos para una festividad cercana.

Durante este tiempo de mis estudios me fue ofrecido que yo reformara allá la música de la iglesia y ejercitara mejor en ella a los moros negros de los cuales había muchísimos in Collegio para la servidumbre. Yo tuve veinte de ellos como aprendices sobre diversos instrumentos los que ya servían en la iglesia, pero sin el conocimiento de notas algunas; lo que ellos cantaban y tocaban lo habían aprendido sólo de oído y por el ejercicio continuo; pocos de los cantores sabían leer; yo no supe todo esto desde un principio hasta que por propia experiencia noté que ellos cantaban y tocaban todo de memoria aunque tenían en las manos y ante sus ojos sus escritos musicales. Aún quedaban cuatro meses hasta la fiesta del Santo Padre Ignatij en cuyo día el obispo debía de pontificar en nuestra iglesia.”

Paucke, un tanto forzado, compone una misa para la ocasión de la fiesta de San Ignacio. Y entonces debe lograr que sus alumnos la toquen. En esto, el jesuita va del abatimiento inicial a un sorprendente logro.
“Cuando yo averigué en el primer llegado de qué modo había de ser tocada o denominada esta o aquella nota, no supo contestarme nada, tampoco podía tocar ni el primer tacto [compás]. Tuve miedo entonces y quise desistir pero asimismo el ruego de los jesuitas me indujo a usar de toda diligencia en enseñarles siquiera algo nuevo aunque ellos no fueran capaces de aprender todo. Compuse pues las vísperas y la misa; ambas eran bastante armoniosas y largas; ensayé durante una semana y encontré en los morenos una gran habilidad de modo que creí no perder mi trabajo en ellos. Yo tenía entre ellos un moreno chico que tocaba el arpa, no sabía leer ni escribir y menos conocía las cifras musicales pero al poco tiempo tocaba el bajo sólo por el oído y con la otra mano el acompañamiento de tan linda manera que no erraba ni una nota ni pausa; lo mismo ocurría con todos los demás; sólo el organista entendía algo de las notas. Su habilidad les ayudó tanto que un mes antes de la fiesta habían aprendido todo y pudieron aparecer en el coro público.”
Una buen escena para cierre la da el obispo, quien celebró él mismo “la misa mayor, tras la cual cruzó la iglesia exclamando en alta voz hacia el coro: vivan los ángeles que hoy he oído.”