La Argentina realmente existente del siglo XXI

La Argentina actual necesita nuevas categorías o denominaciones para poder ser entendida en profundidad.

Por Javier Boher
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El título es una de esas genialidades que emergen desde Twitter, donde las fake news compiten con el conocimiento probado y la agudeza humorística. Esa denominación tiene toda la belleza de lo simple, como le gustaba a René Lavand.

Por supuesto que hay que remontarse a algunas definiciones previas, de esas piruetas que han hecho tantas personas para decir que algo que es como es, en realidad no es lo que es.

El socialismo realmente existente fue la forma que buscaron los que consideran al socialismo como un futuro deseable para despegarse del socialismo que efectivamente existía en la Unión Soviética, Cuba, China o Corea del Norte, regímenes autoritarios de igualdad fingida y desigualdades instaladas a la fuerza.

Esos personajes no podían abandonar sus creencias (su fe política) por algunos desviados en el camino. La misma lógica de los religiosos que se despegan de los extremistas.

La otra parte es la de esos mismos idealistas que creyeron ver en la experiencia venezolana un socialismo exitoso para el siglo XXI, promocionado hasta el hartazgo por el mismísimo Hugo Chávez. Si no lo hicieron andar los meticulosos alemanes del este, quién podría creer que en el paraíso caribeño lo iban a poder hacer mejor.

La fusión de ambas expresiones con este territorio que damos en llamar Argentina da una combinación que excede largamente la suma de sus partes. La Argentina realmente existente del siglo XXI es algo que todos saben cómo es, aunque muchos prefieren evitar analizarla en exceso.

Por un lado, las desigualdades entre gobernantes, burócratas y ciudadanos (que tan bien desarrolló Jorge Fernández Díaz en su artículo del domingo). Una clase política que dirige a un país pobre (y empobrecido doblemente en estos tiempos de pandemia) desde su posición de absoluta comodidad económica, pero bajando línea sobre moralidad y buenas costumbres.

A su vez, la sensación de una condena futura a todo lo que sea progreso, bienestar y crecimiento económico, fundamentado en promesas de difícil concreción. Parece ser el modelo de las milagrosas tasas chinas el que finalmente se convierta en un modelo de crecimiento de la pobreza a tasas de la salida de la convertibilidad.

La Argentina realmente existente del siglo XXI es una ilusión de normalidad en la que la más mínima de las discusiones cae en la grieta. Es una Argentina en la que oficialismo y oposición no dialogan, porque el primero convoca por obligación o por conveniencia y la segunda lo rechaza para no ser funcional a las necesidades de un gobierno languideciente.

Es el país en el que se promete un ingreso universal a los que menos tienen, sostenido por impuestos regresivos a la clase media que trabaja en las empresas de los amigos del poder (que no saben lo que es perder).

Es el país que promete ciencia y desarrollo, mientras no puede evitar que más chicos se alimenten en comedores que el estado terceriza a organizaciones sociales porque no sabe cómo hacer llegar la ayuda.

La Argentina realmente existente del siglo XXI es un maravilloso relato de prosperidad en los medios oficialistas, que se cae a pedazos en la inseguridad de los barrios o los hospitales y dispensarios que no pueden atender a los vecinos.

Es el país de los sindicatos que se asocian al empresario, extorsionándolo para no comerle el escas moargen que le deja un estado cada vez más voraz. Es el de los intelectuales que avalan que se pase sobre los derechos de los que piensan distinto, montados en la supuesta superioridad que les dan unos libros que lo habrían convertidos en agudos intérpretes de la realidad (aunque estén muy lejos de no poder poner un plato de comida en la mesa, a la que se sientan cada noche sin mayores preocupaciones).

Hace pocos días apareció una encuesta (con las salvedades que se deben hacer respecto a esos instrumentos que muchas veces son usados para hacer el mal) en la que ocho de cada diez encuestados reconoció haber pensado -o estar pensando- en irse del país. Un país que expulsa gente no puede ser el paraíso, por más que los cronistas de turno digan lo contrario.

Esas pocas palabras con las que definieron al país alcanzan para entender todo. Argentina es lo que es, sin mayores expectativas de que la cosa cambie. A fin de cuentas, terminó generalizándose al colectivo nacional aquella observación que Jorge Luis Borges hizo particularmente para el peronismo. Parafraseándolo, la Argentina realmente existente del siglo XXI tiene todo el pasado por delante.