Transporte: Un sistema enfermo antes del Coronavirus

Hay que aceptarlo: el sistema está al borde del nocaut y el Covid-19 es, apenas, un agravante pasajero.

Por Pablo Esteban Dávila

Han transcurrido 115 días desde el comienzo de la cuarentena -en sus diferentes fases- y el transporte urbano en la ciudad de Córdoba sólo ha funcionado durante 75 jornadas. Demasiado poco para un servicio supuestamente esencial.

La razón formal de la parálisis es la huelga decretada por la UTA por la falta de pago en los salarios. Pero, a diferencia de otros paros en el pasado, esta vez no pareciera existir urgencia por resolverlo, como si las autoridades quisieran darle la extremaunción al asunto.

El problema es bastante simple de presentar: en tiempos “normales”, el sistema no funciona sin subsidios; con pandemia, ni siquiera con estos alcanza para mantenerlo activo. Con un corte de boletos reducido ahora a 90 mil viajes diarios (un 15% de lo que debería producir) y con una perspectiva de recuperación muy modesta -al menos hasta que se implemente una vacuna eficaz contra el Covid-19- su pronóstico es extremadamente sombrío.

La sensación generalizada es que cualquier solución a la que se arribe sólo tendrá el efecto de continuar desperdiciando recursos en un barril sin fondo. El sistema acumula parche sobre parche y nadie, en los últimos tiempos, ha presentado una propuesta integral para rescatarlo.

Debe tenerse presente que aun si el coronavirus no hubiera asentado sus reales sobre el mundo, tampoco así el transporte urbano hubiera sobrevivido sin penurias. Hay, al menos, tres causas que conspiran para su viabilidad: 1) tarifas muy por debajo de sus costos de operación; 2) baja velocidad de circulación; y 3) un convenio laboral del otro siglo.

El tema tarifario es particularmente grave. En 1998, el precio del boleto equivalía a 80 centavos de dólar mientras que, en la actualidad, apenas roza los 32 centavos, muy lejos de los valores de ciudades similares en otros países de la región. El origen de este desfasaje debe buscarse tan lejos como en la crisis de 2001, en la que las circunstancias obligaron al gobierno nacional a congelar las tarifas de los servicios públicos y, a cambio de ello, subsidiar a los colectivos y al combustible que se les suministraba.

No obstante que, hacia 2004, la economía había vuelto a crecer vigorosamente, el entonces intendente Luis Juez decidió no aumentar el boleto en contra de las evidencias, tornándolo estructuralmente dependiente de los subsidios. En lo sucesivo, ninguno de sus sucesores pudo sincerar el valor del viaje a niveles de equilibrio. Aunque la actual coyuntura aconseja no innovar en la materia, el asunto no podrá ser soslayado indefinidamente.

La velocidad de circulación es el otro factor de la decadencia. En los últimos estudios conocidos, alcanzaba los 11 kilómetros por hora. En una performance insuficiente. Cuanto menor es la velocidad, mayor es la cantidad de unidades que se necesitan, incrementando los costos y generando más externalidades negativas (contaminación y congestión del tránsito, entre otras).

¿Como acelerarla? No hay misterios: racionalizando los recorridos y espaciando las paradas. Pero esto tiene un problema: los usuarios deben caminar más y acostumbrarse a que el colectivo no los recogerá al frente de sus domicilios, lo cual exigirá una pedagogía adecuada. Quien proponga esta revolución, en apariencia modesta, habrá hecho mucho por salvar el servicio.

Finalmente, el convenio colectivo. Los choferes cordobeses trabajan una hora menos que sus colegas del resto del país. Nadie es capaz de explicar la sensatez de esta asimetría. Esto significa mayor cantidad de conductores que los teóricamente necesarios. Va de suyo que, si estos trabajasen 8 horas en lugar de las actuales 7 (un empleado de comercio lo hace durante 9 horas), el sistema tendría una apreciable mejora en su ecuación económica financiera. No parece ser un sacrificio exorbitante para quienes ahora protestan por no percibir sus salarios.

Hay que aceptarlo: el sistema está al borde del nocaut y el Covid-19 es, apenas, un agravante pasajero. Martín Llaryora ha demostrado valentía en otros frentes sensibles; ¿la tendrá también en este campo? Ha llegado el momento de ponerle el cascabel al gato, antes de que el transporte urbano colapse sin remedio y sin que ningún subsidio pueda ya disimular su agonía.