Cuando Florian Paucke anduvo por acá (Primera Parte)

La estadía del jesuita Florian Paucke durante cuatro años en Córdoba ocupa un par de capítulos de su rica crónica “Hacia allá y para acá”, donde narra su estadía en este continente de 1749 a 1768, en que la Compañía de Jesús fue expulsada.

Por Vïctor Ramés
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Ilustración de Florian Paucke describiendo una carreta de bueyes.

Cuando el jesuita misionero austríaco Florian Paucke llegó al puerto de Buenos Aires, el año 1749 era una página en blanco de 364 días por llenar. Y el futuro, del que es fácil hablar cuando ya dejó de serlo, le depararía dieciocho años afincado en esta parte del continente, la mayoría en el Gran Chaco, entre los mocovíes. Qué otra cosa sino aventuras por vivir, maravillas por descubrir, un continente por evangelizar y también, por supuesto, el temor a lo desconocido, podían convivir en las sensaciones de ese hombre de 29 años en curso de comenzar una nueva vida. Lo mismo les ocurría a sus compañeros de viaje, otros decididos jesuitas que llegaban con él en aquel segundo siglo de iniciada la conquista española. Ya el solo hecho de cruzar el océano era épico y, si lo épico exige un relato, Paucke ha contado a todo detalle ese viaje por barco y luego sus años en América, en un tremendo libro titulado Hacía allá y para acá, que contiene inolvidables textos e ilustraciones. Un genuino libro épico del siglo XVIII.

Paucke acababa de ser ordenado sacerdote cuando emprendió su itinerario europeo, de Ollmütz hasta Málaga, de allí a Portugal para, cruzar el Atlántico y venir a la Colonia de Sacramento, en Uruguay, de donde pasó a Buenos Aires. Un par de meses después los jesuitas eran conducidos a Córdoba en carretas de bueyes -que ha descripto y dibujado Paucke al detalle-. En esa ciudad viviría los siguientes cuatro años para concluir sus estudios de teología.

Florian Paucke escribió su crónica mientras se hallaba exiliado en Austria, reponiéndose del traumático regreso a Europa tras la expulsión de los jesuitas en 1768. Así relata el inicio de su escritura, un modo de no volver a perder aquel lugar y esa historia que había quedado trágicamente trunca.

Hasta ahora no había tenido ningún impulso para tomar la pluma y dar a conocer a alguien mi viaje a la lejana América; pero después, a causa de las múltiples solicitaciones de mis muy estimados y apreciados favorecedores, me he dejado animar a acceder a su pedido dentro de mis posibles y darles a conocer tanto mi viaje hecho por el Mar Mediterráneo y el Mar Grande [Océano Atlántico] como también por tierra en América Occidental hacia las provincias de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay, pero principalmente para relatarles mi actitud durante diez y ocho años en las reducciones recién establecidas hacia el norte, junto con el retorno desde estos países a España [y] desde ahí por el Mar del Norte hacia Holanda.”

Traducida por primera vez del alemán al español y en su primera versión completa, la crónica Hacia allá y para acá. Una estadía entre los indios Mocobíes, 1749-1767 fue editada por la Universidad Nacional de Tucumán en cuatro volúmenes, entre 1942 y 1944, con traducción de Edmundo Wernicke. Las citas que hacemos corresponden a esa edición y de allí extraemos el inicio de las experiencias de Paucke, narrando su acercamiento y llegada a la ciudad de Córdoba.

Ya habíamos cruzado una campaña de ciento veinte leguas cuando encontramos de vez en cuando unas chozas en que vivían españoles para cuidar su ganado de asta, caballos y ovejas sobre el campo; una señal que no estábamos lejos de Córdoba. Vimos también unos pequeños boscajes y desde lejos una sierra alta que distaba de Córdoba unas cuatro leguas más allá. Encontramos ya pequeños arroyuelos y agua para beber; también pudimos comprar una carne mejor. Más allá tuvimos que pasar otra vez el Río Segundo en cuya banda opuesta nos bajamos. Ahí encontramos una vivienda a cuyo lado se había erigido una gran enramada donde nos esperaba con su linda música el reverendo Pater Rector de Córdoba y nos saludó ahí mismo. Ya estaba preparado el almuerzo al que todos fuimos invitados y obsequiados en lo más posible. Este P. Rector era el susodicho P. Pedro de los Arroyos, un hombre amable y muy agradable a cuyo lado permanecimos este día y pasamos también la siguiente noche. Aún distábamos dos cortas leguas de Córdoba; al día siguiente marchamos pues bien temprano en compañía de nuestro P. Rector y de toda su sociedad acercándonos a Córdoba y llegamos a esa ciudad a la novena hora de la mañana.”

Como había ocurrido desde su llegada, los misioneros eran bien recibidos, lo que suponía un gran aliento para el tamaño de su labor. En una ciudad tan afín a la vida religiosa, un centro vital de la intensa producción jesuítica repartida en las estancias de esta provincia, los habitantes de Córdoba acudieron a ver llegar a los fatigados religiosos, que participaron entusiastas de una cálida recepción y del Tedeum, mientras saludaban todos los campanarios de la ciudad. Por suerte, luego vendría un buen descanso.

Todos descendimos de nuestros carros a cerca de dos mil pasos ante la ciudad, tomamos nuestras capas y sombreros y terminamos en buen orden a pie nuestro ulterior camino a la ciudad. La gente estaba parada a ambos lados para observar esta entrada; los más notables, junto con el Concejo vinieron a nuestro encuentro y nos acompañaron hasta la iglesia del Collegio donde el Tedeum laudamus fue cantado musicalmente en presencia de toda la gente que nos había recibido en la calle. También sonaron las campanas en todas las iglesias de la ciudad. Después de esto tuvimos otra vez ocho días para descansar durante los cuales fuimos tratados espléndidamente como en Buenos Aires y regocijados con música durante el almuerzo. El referectorium o comedor estaba ocupado por completo con árboles verdes; a la hora de la mesa uno de los jesuitas aún estudiante tenía diariamente un ejercicio de escuela: una Oratio latina o un poema o alguna otra ficción poética que fue pronunciada también en lengua castellana; todo era amoldado a las circunstancias de nuestra llegada. Con asistencia de muchos jesuitas del Collegio y de muchos otros señores de la ciudad paseamos diariamente por los campos en derredor de la ciudad; otra vez fuimos obsequiados en el campo con una buena merienda tras la cual volvimos al Collegium a la hora de la campana de la queda.”