Bailar el himno

Que la Mona Jiménez haya cuarteteado la canción patria y la haya transformado en una pieza bailable, representa un desafío que excede incluso aquel atrevimiento que tuvo Charly García hace 30 años, cuando con su versión clausuró la etapa en que el rock era considerado “extranjerizante”.

Por J.C. Maraddón

Desde sus comienzos en la segunda mitad de los años sesenta, el rock hecho en Argentina fue resistido por los seguidores de géneros como el folklore o el tango, que eran considerados como auténticamente nacionales. Lo que hacían esos jóvenes pelilargos, como reflejo de las tendencias de moda en el hemisferio norte, fue catalogado de “extranjerizante” y rebajado a la categoría de un híbrido cuya versión local sólo merecía rechazo. Tanto en la dictadura de Onganía como en el breve periodo democrático bajo el gobierno peronista, los rockeros eran sospechados de adherir a ideas foráneas y, por lo tanto, ajenas al nunca del todo definido “ser nacional”.

A partir del golpe de 1976, las cosas empeoraron porque los militares perseguían todo aquello a lo que se intuyera subversivo, tanto en el terreno de la política como en el de la cultura. El exilio externo e interno fue el camino que siguieron varios de los referentes del género, acosados por las tijeras de la censura y temerosos de que el público de sus conciertos terminara en la cárcel después de las razzias que eran tan comunes a la salida de los shows. Fue un periodo marginal e introspectivo que se prolongó hasta 1982.

El rescate del rock nacional durante la Guerra de Malvinas, cuando el régimen apeló a esas canciones para no emitir música en inglés, marcó el quiebre de aquel estigma que soportaba el género y que lo sindicaba como adversario del acervo argentino. De allí en adelante, esos músicos ganaron un lugar en el centro de la escena y trascendieron en todo el continente, como abanderados de un movimiento que ahora pasaba a representar al país en el exterior. Fueron años de gloria para esa camada que venía peleando un espacio desde más de una década atrás, y para los herederos de esa estirpe que se sumaban a la marcha triunfal.

Que Charly García grabara su propia versión del Himno Nacional Argentino en su disco “Filosofía barata y zapatos de goma” de 1990, puede ser tomado como un eslabón más en ese proceso que lleva desde el rechazo al rock local por ser algo así como un “intruso”, hasta su asimilación popular y su mixtura con tangueros y folkloristas en una hermandad antes impensada. Aunque la audacia de García causó polémica y hasta derivó en una causa judicial, significó más una reconciliación rockera con la argentinidad que una burla de Charly hacia la canción patria.

Por eso, aparte de otras consideraciones vinculadas a la Mona Jiménez como personaje, que él haya cuarteteado el himno representa un desafío que excede incluso aquel atrevimiento rockero de hace 30 años. Porque así como lo de Charly García ofreció una prenda de paz para acabar con ese recorrido de dos décadas de desencuentros entre un estilo y una tradición, lo de Jiménez aporta una “blasfemia” que muchos no parecen dispuestos a perdonarle: ha transformado una pieza que se canta con solemnidad en una que también se baila, y eso es lo que discuten quienes expresan que esa adaptación constituye una falta de respeto.

Otros cuarteteros ya habían interpretado esa obra, pero siempre conservando la cadencia original. Los arreglos de esta grabación conocida la semana pasada, por el contrario, procuran una apropiación cuartetera que, como tal, motiva al baile, porque esa es la característica que distingue a esa manifestación cultural cordobesa, cuyos orígenes se remontan a comienzos de los años cuarenta. Así como es imposible imaginar el cuarteto sin los bailarines, tampoco es fácil asimilar la idea de bailar el himno. Sobre todo, para quienes siguen sosteniendo que el amor a un país pasa más por lo simbólico que por las acciones concretas.