Achicar el estado para que sobreviva la nación

El estado crece y los privados se achican. ¿Se puede sobrevivir así mucho más?.

Por Javier Boher
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¡Buen día, amigo lector! ¿Me extrañó? Quédese tranquilo, que no estuve secuestrado por los muchachos de Berninaro, que están haciendo estragos en PBA. En una semanita desaparecieron a uno y se cargaron a otro. Menos mal que el estado te cuida.

Estos días de inactividad, de ostracismo meditante, me han ayudado a mirar las cosas con otros ojos. No es que me haya afanado unos tucos o me haya puesto anteojos; simplemente me saqué la pilcha de periodista por un rato.

La verdad… qué difícil estar montado en la vorágine del periodismo político argentino. Si no te decapitan con un carpetazo de los servicios, te desnucás girando para ver las piruetas discursivas de los justificadores seriales.

Más allá de todo eso, creo que llegó el momento de ponerse filosófico (porque si hay gente que para entender la realidad escucha las disquisiciones filosóficas del tipo de apellido impronunciable, quiere decir que hay mercado para tirar fruta).

Ya nos conocemos, estimado. Usted sabe de mi preferencia por buscar procesos históricos o recurrencias políticas para tratar de entender cómo viene la mano; me gustan más que a Maradona las mujeres tipo taxi.

Casualmente, mientras escuchaba los análisis forenses y criminalísticos del asesinato pasional-extorsivo de la semana pasada (que aparentemente no tiene nada que ver con el mayor robo de nuestra historia desde que nos quisieron hacer creer que Divina Gloria era la Madonna argentina) se me ocurrió pensar en cuánto más la gente puede aguantar este rumbo… ¿incierto?.

La economía se está cayendo peor que Ricky Maravilla, el desempleo y la pobreza crecen más rápido que las despegadas de Julio Bárbaro a cada gobierno que apoyó y la grieta se sigue expendido porque los adoradores de la cuarentena perpetua insisten en que los que quieren salir a laburar tienen un Falcon verde tatuado en el pecho. Todos pobres y enojados en un país psiquiátrico.

Al frente se ve que viene una piña épica, como la que se comió la Mole contra el ucraniano. Algunos la esperan antes, otros después. Algunos creen que la van a poder esquivar, aunque es más un deseo que una posibilidad. Lo cierto es que de acá no vamos a salir ilesos (si salimos).

Hace un tiempo, mi tío me decía que los milicos tuvieron que tener todo el poder (cochinamente ilimitado) para que la gente diga “basta”. Chocaron la economía, mataron gente, llevaron al país a una guerra estúpida y se encargaron de destruir a la institución responsable de la defensa. Todavía hoy no se recuperan de aquello

Hoy el peronismo está así. Tiene todo el poder y se va quemando el capital político con más velocidad que con la que arde el telgopor en el fuego. Si no pueden hacer las cosas bien es por propia impericia, no porque el congreso o la justicia le hagan de freno (porque están de vacaciones permanentes, básicamente).

Pensé más o menos en estos quiebres, toda una selección caprichosa con la que puede no estar de acuerdo (sólo le pido que si se ofende no me escriba, porque no me gusta hablar con llorones).

El gobierno de Alfonso el Bueno fue un quiebre democrático. Ahí la gente compró eso de “con la democracia se come, se cura y se educa”. Obvio que hace cuarenta años que venimos comiendo fideos y arroz, porque en esa lista no estaba “florece la economía”. Cada vez el estado cura menos (y por eso van a los privados) o educa peor (idem anterior), pero en democracia, que es importante.

El 2001 la gente dijo “hasta acá llegamos”, y decidió ponerle un límite al mercado y los proyectos de nuestros Cavallo boys (que pueden hacer tenido algo de razón en lo económico, pero pagaron por hacerle la segunda a políticos que son capaces de vender a la madre a un frigorífico clandestino, para después asociarse con el carnicero y quedarse hasta con la embutidora).

A partir de entonces, “el Estado te cuida”. Tanto nos ha cuidado y arropado, que hay un montón que se están asfixiando abajo de toda esa pila de impuestos y burocracias innecesarias.

De a poquito, y sin que se note tanto, la gente se va cansando de todo ese gigantesco curro por el cual un montón de políticos y empleados improductivos le dicen a los que producen riqueza que tienen que ser más solidarios con los que menos tienen.

Quieren ir contra en campo, contra las tecnológicas, contra los que exportan servicios e incluso ahora hasta contra los influencers. Para estos muchachos, si no producís heladeras o teles no existís.

Puedan por alto que si los que producen dejan de hacerlo (y por ende, de pagar impuestos) es como si el caballo dejara de tirar del carro: hay que mimarlo para que arranque de vuelta, porque a fustazos solo se consigue que un día se deje de parar.

No se la voy a seguir haciendo larga, amigo lector. Pero como el optimista incurable que soy, quiero creer que nos vamos acercando a poner un límite a todas las formas malas del Estado, que por sí solo no sirve para nada. Quizás deberíamos apurarnos, antes de que logren instalar la necesidad de que nos gobierne Berninaro. Porque lo están intentando. Buena semana.