La paradoja del boomer

Hoy, que Ringo Starr cumple 80 años, podemos hacer extensiva la efeméride para abarcar a toda esa generación de los que fueron jóvenes en los sesenta y que están entrando en la ancianidad, después de haber protagonizado algunos de los momentos más significativos del siglo veinte.

Por J.C. Maraddón

Durante los años sesenta, el impulso juvenil era el espíritu dominante en los países centrales y, por extensión, también en la periferia. Los primeros representantes del baby boom atravesaban sus años mozos y alentaban los cambios sociales y políticos que muy pronto iban proponerse la nada simple tarea de transformar al mundo, para sacarlo del belicismo y la pacatería. La música, a la que muchos tildaron de pasatista, fue en definitiva el motor de esa energía, que tomaba la fuerza y el desparpajo del rocanrol para robustecer su poderío y para seducir nuevos adeptos a través del magnetismo de las canciones.

Ese reclamo se generalizó, entre otras cosas, porque quienes habían nacido durante la Segunda Guerra Mundial e y en los años inmediatamente posteriores a ese conflicto, constituían una porción cada vez más importante de la población. La contienda bélica había provocado un incremento en la tasa de natalidad y, a la vez, había causado estragos en el segmento de edad adulta, lo que derivó en que hubiese un alto porcentaje de chicas y muchachos que, además, disfrutaban del momento más esplendoroso de la economía occidental, con la financiación estadounidense que se proponía mitigar los peligros de un avance comunista.

En ese contexto, el rock encontró la fórmula para canalizar ese ímpetu rebelde, ofreciendo a los consumidores no sólo una banda sonora, sino además una forma de vestirse, de peinarse y de actuar en sociedad, muy diferente de las anteriores generaciones. A los primeros ídolos roncaroleros, que predicaban el “sacudirse, zarandearse y rodar”, le siguió una segunda tanda que llevó el asunto más allá de lo que los pioneros podrían haber imaginado. Ya no se contentaban con invitar al baile, porque se daban cuenta de que ese estilo tenía potencial suficiente para poner todo patas para arriba.

Como abanderados de una etapa gloriosa de la cultura universal, los Beatles reflejaron en su propia carrera la magnitud de ese vendaval renovador, que los arrastró al centro de la escena ni bien arrancó la beatlemanía. Aunque cada uno de los integrantes del cuarteto de Liverpool lo hizo a su modo, ellos fueron una referencia directa para millones de jóvenes de todo el planeta que, bajo su advocación, adhirieron a esa corriente emancipatoria, tanto en el arte como en la militancia política. Desde el pacifismo de John Lennon hasta el orientalismo de George Harrison, sus manifestaciones públicas inspiraron a multitudes.

Y aunque Ringo Starr fuera siempre el más terrenal de los cuatro, también él aportó desparpajo y espontaneidad a ese tiempo que tan lejano parece. Hoy, que el baterista beatle cumple 80 años, podemos hacer extensiva la efeméride para abarcar a toda esa generación de boomers que está entrando en la ancianidad, después de haber protagonizado algunos de los momentos más significativos del siglo veinte. Las circunstancias vuelven a hacer que esa franja poblacional sea hoy mayoritaria: los nacimientos decrecen, aumenta la expectativa de vida y asistimos a una especie de restablecimiento de la autoridad de los mayores.

No en vano, a pesar de ser octogenario, a Ringo se lo ve siempre jovial y dicharachero, en tanto que muchos adolescentes se debaten por estos días entre la abulia y la falta de expectativas. La humanidad, que tan juvenil se sentía en la época de los Beatles, parece haber envejecido envuelta en problemas que no hacen sino agravarse y sumirla en un estado de absoluta desprotección. Mientras tanto, en un símil de Dorian Gray, Ringo Starr sigue haciendo gala del buen humor y la bonhomía de siempre, como si la década del sesenta hubiese terminado ayer y no hace medio siglo.